Muerte por etiquetitis

Sonando: Madness (Muse)

Sepan ustedes que me he ataviado de la siguiente manera para comenzar a escribir estas líneas:

  • En el pelo, un tupé amarrado con horquillas, y una cola de caballo.
  • Maquillaje: ojos de gata, cat-eyes o lo que viene siendo un eye-liner nivel Amy Winehouse. Y labios color cereza.
  • En el cuello, una gargantilla de perlas.
  • Una camiseta ancha, tanto, que podría decirse que es de estar por casa (pero no).
  • Unos pantalones vaqueros pitillo con rotos y dobleces en los bajos, sí, de esos que tu madre te pregunta por qué pagas por algo que viene roto de la tienda.
  • Una chupa de cuero del mismo rojo que los labios.
  • Y los zapatos que os enseñé en Mujeres luchando con la vida.

Algunos pensaréis que vaya cuadro, otros que qué pintan las perlas con los cueros y los labios con las cerezas, las camisetas anchas con los tacones y con los pantalones rotos… Otros, los menos, me diréis: ¡los pitillo ya no se llevan! Y otros, directamente, que me he vuelto loca y no tengo claro qué estilo seguir, que mi vida está abocada a un fracaso estrepitoso y que el evangelio según Santa Vogue, obviamente, nunca ha figurado entre mis lecturas de mesilla de noche (vale, esto es verdad). Si no me conoces, es posible que intentaras ubicarme dentro de alguna tribu urbana, en el colectivo pijo, dentro de los modernos o ¡dentro del Bershka! Y supongo que algunas de vuestras neuronas sufrieron un calambre fuerte al no quedar claro, según el aspecto descrito, dónde colocarme, cómo definirme y en qué grupo clasificarme, ya que, a priori, las perlas de mi cuello denotan todo lo contrario a lo que los rotos de mis pantalones expresan, y es que… ¡¿Quién osa mezclar conceptos extremadamente opuestos?! Pues yo.

Lo que ocurre aquí es que sufrimos de etiquetitis. Y me explico, camaradas.

Partimos de un concepto muy básico: comunicamos la propia esencia no solo con nuestras palabras, sino también con nuestros hechos y con elementos perceptibles por todo ojo humano, como la forma de vestir, el peinado, maquillaje, barba, bigote o las famosas perillas sobre las que ya os hablé; más allá del aspecto físico seguimos comunicándonos a través de la música que escuchamos, el tipo de cine o televisión que vemos, las lecturas que acometemos, nuestras actividades de ocio y tiempo libre o incluso la dieta que decidimos seguir; nuestros gustos generales y también los particulares, los sexuales y, en definitiva, todo aquello con lo que, de alguna manera, nos dirigimos al mundo.

La imagen que proyectamos no deja de ser eso, una imagen al fin y al cabo, y como tal, dependerá siempre de los ojos con los que sea mirada. Influirán en el veredicto los estereotipos, prejuicios, tendencias sociales, la personalidad de cada uno… Sin embargo, si algo nos ha enseñado esta nuestra sociedad, es a entender los conceptos personales que percibimos, como excluyentes entre ellos cuando no pertenecen al mismo ámbito. Así pues, y volviendo a mis pintas iniciales, si consideramos que llevar una gargantilla de perlas “es de pijas” y llevar pantalones rotos “de macarras”, algo falla ahí porque una cosa no puede ser con la otra, y viceversa. Porque si te defines dentro de un colectivo, debes permanecer en él, impertérrito, para siempre, siendo consecuente con lo que suponga la pertenencia al mismo, y por supuesto, demostrando una fidelidad que será cuestionada ante el más mínimo síntoma de evasión.

Hace poco escuché decir al gran José Antonio Abellán que en España sucede algo que, en otros países (como Estados Unidos) no sucede, o al menos con la misma intensidad, y es que tenemos tan adquirido este asunto de las etiquetas, que no concebimos por ejemplo que a una persona que le gusta AC/DC, le pueda gustar también, qué se yo, Marifé de TrianaHombres G al mismo tiempo; o si eres devoto de Camilo Sesto, no puedas serlo también de Bob Dylan y de Marilyn Manson porque poco o nada tienen que ver entre ellos. Si amas el rock, solo puedes amar el rock, porque amar el rock y el flamenco es incompatible, del mismo modo que si tu apariencia dice que perteneces a determinado grupo: los góticos, hipsters, los hippies, los grunges, heavies o… los que sean, deberás seguir las directrices que cada uno marque, casi hasta el punto de tener que huir de todo lo que se aleje de ellas y pueda acercarte hacia otra corriente, pues entonces cabe la posibilidad de que te señalen con el dedo acusador y te llamen traidor, hereje e incluso de que te expulsen del selecto club en el que vivías encasillado, y claro, eso te llevaría a perder esa etiqueta necesaria para el equilibrio mental de miles de personas.

Y aunque el ejemplo de los gustos musicales ilustra a la perfección la etiquetitis que padecemos, esta es totalmente extrapolable a otros ámbitos de la vida en los que consideramos que existen reglas inamovibles que debemos seguir a pies juntillas, creyendo que decantarnos por algo concreto nos impide fijarnos en su opuesto, empeñados en definir escrupulosamente lo que somos en base a nuestra apariencia y a nuestras orientaciones y gustos, ¡condenados a no disfrutar de tantas y tantas cosas por miedo a perder nuestro cartelito, a desprendernos de nuestras etiquetas!

Y entonces, ¿quién tiene un problema aquí ? ¿Quién no es capaz de proyectarse al exterior en una imagen fidedigna a la esencia que encierra adentro? ¿Por qué reprimir las inquietudes de la mente, cuando el mundo está lleno de posibilidades? ¡Por qué no sucumbir a los encantos que nos ofrece la diversidad que nos rodea!

Llegados a este punto comprenderéis el por qué de mi atuendo, ¿verdad? Me gusta el cuero y me gustan las camisetas, sí, pero adoro también las zapatillas, los rotos, las perlas, los tacones, los tutús y los vestidos de seda; y en mi lista de favoritos de Spotify suenan, sin miramientos y en modo aleatorio, Queen, Manolo García, Elton John, Metallica, Los Tres Tenores, Luz Casal y, entre otros, Juan Luis Guerra, porque si en la variedad está el buen gusto, tengo un gusto exquisito, y las etiquetas, como pican y son molestas, las recorto, las arrugo y me deshago de ellas.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

 

 

Mujeres luchando con la vida

Sonando: Myth (Beach House)

… Y entonces se incorporó del lugar donde yacía, se giró hacia la derecha, y dejó caer sus piernas por el abismo de su cama. Sus pies, descalzos, colgaban oscilando a ritmo pausado y ella, todavía adormilada, trataba de averiguar el día exacto en el que se encontraba.

Tenía la sensación de haber estado durmiendo un millón de años, de haber experimentado un letargo más que un sueño, sin embargo se sentía reconfortada. El sol, descarado, se colaba por su ventana, y el invierno parecía más tímido que nunca. Pensó que era el momento y fijó la vista al frente. Entonces tomó aire, cogió impulso y emprendió un viaje.

Llevaba consigo un equipaje pesado, lleno de preguntas sin respuesta, de enigmas sin resolver, dudas que amenazaban eternas. Sí, un buen equipaje, desde luego. Pero ella estaba tranquila, pues sabía que en algún rincón de su maleta también se encontraba, dobladita, la certeza de encontrar alivio a todo aquello.

Allí donde fue le aguardaba nada más y nada menos que la voz de su conciencia. Se estaban esperando, se esperaban mutuamente, pero ambas no lo sabían. Ella se dio cuenta de quién le hablaba cuando una boca que no era la suya sino la de quien allí aguardaba expresó, a través de palabras, lo que vivía en sus entrañas desde hacía bastante tiempo. Comprendió entonces que le hablaba la voz de su conciencia, pues solo la propia conciencia es capaz de dar forma exacta a las ideas que habitan dentro de uno mismo. Y lo que concibió mediante palabras la voz de su conciencia ha de quedar aquí plasmado, porque si a ella le devolvió a la vida una vez, quisiera creer que a muchas otras “ellas” les revivirá en algún otro momento también.

Sucede que eres una mujer. El ser más fuerte que habita la Tierra no es un hombre, es una mujer, pero el hombre se pasó toda su vida intentando minar la proyección de su compañera. Nacimos, crecimos, morimos a la sombra del hombre. Nos impusieron una idiosincrasia y nosotras, a lo largo de los siglos, la aceptamos. Hemos jugado a su juego y les hemos erigido dominantes, y por consiguiente, las sociedades se construyeron esperando de nosotras ciertos comportamientos, ciertas actitudes, aptitudes y funciones; lo cual, hoy día, solo nos permite luchar. Luchar con la vida, porque eso es lo que somos: mujeres luchando con la vida.

Ahora bien, una vez asimilado esto, y sintiéndonos mujeres luchadoras porque precisamente no aceptamos el modelo impuesto, cabe la posibilidad de que las presiones externas asolen nuestro ser. Tu alma devastada por falsas creencias y por prejuicios que no somos capaces de superar. El Hombre se ha preocupado tanto de evolucionar su entorno, que olvidó evolucionarse a sí mismo.

Cuanto más fuerte sea esa presión, más fuerte deberás ser tú. No olvides que eres una luchadora, y como tal, nunca has de bajar la guardia. El modelo imperante es eso, un modelo, uno entre miles a seguir: tú eliges el tuyo y tú decides cómo y dónde quieres llegar. Somos especiales y únicas, y todo lo que esperas de esta vida a la que te enfrentas, ha de llegar. Ten la seguridad de que así será, con paciencia, todo va a llegar. Venimos de un lugar y tenemos que cambiar cosas para situarnos allá donde nos queremos ver. No se atisba camino fácil pero nadie dijo que lo fuera a ser. Mas recuerda que eres poderosa y lo conseguirás. Cambiarás ciertas cosas y entonces cambiarás las cosas. Y por fin la lucha habrá merecido la pena.

No supo qué fue exactamente, si sus bajas expectativas iniciales, su actitud receptiva o una señal que el destino, sabio, le había preparado. Pero nació de nuevo en aquel viaje, y se sintió más viva que nunca, más luchadora que nunca, más poderosa que nunca, más mujer que nunca.

Regresó sin maleta y se calzó sus zapatos rojos de tacón.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

A Patty.