Esa no soy yo

Sonando: Yo no soy esa (Mari Trini)

Me encanta observar. Soy una observadora nata, miro más que hablo, callo más que otra cosa. Pero mientras callo, observo.

Os observo.

Y aprendo, constantemente, de todos vosotros y todas vosotras. Almaceno y albergo cantidad de información en este mi disco duro, mi cabeza, lugar inhóspito que cada día me sorprende y apasiona más. Información consciente, he de decir. Sí: os observo, luego os pienso, luego os medito. Os mastico, os digiero. Formáis parte de mi dieta, de mi sustento. Genero energía con vuestra ayuda y me permito ser y actuar en consecuencia. Sí, podemos decir que practico una especie de voyeurismo de composición vital y social, pero, matizo, alejada de la dependencia parasitaria que, quizá, podáis estar imaginando. Funciono también con autonomía, queridos.

Pues de esta filia mía salen cosas como la que tienes entre manos. Mi forma de limpieza interior no es otra que vomitar una yuxtaposición de las ideas que me provocáis. Y le pongo título, música y letra. Y sabor a Regaliz.

Vamos más allá con una revelación: yo, que soy más bien callada pero de oído fino cual polilla, también os escucho observar. A otras cosas, a otros seres, a otras personas, a vuestra persona, a mí. El misterio aquí está representado por las diferentes vías catalizadoras que podáis adoptar como mecanismo de purificación de todo eso que ingerís, pero el resultado del proceso es siempre maravilloso. Porque habla de otros y otras, habla de mí, pero también habla de quien mira.

Así que, cuando en mi presencia me observáis y emitís veredictos, juicios y adaptaciones varias hacia lo que pensáis que mejor encaja conmigo, lo gozo extraordinariamente. Y cuando lo hacéis fuera de mi presencia, me pitan los oídos, debéis saber. He de decir que el esfuerzo que le ponéis suele surtir efecto, pero muchas otras veces erráis. Equivocarse no es algo malo, no obstante. Yo también lo hago y esto es, a su vez, otra forma de probar la eficacia de la observación. Un error bien entendido es el principio de la mejora, vaya por delante.

Por tanto la base de vuestros errores me lleva a revelaros ahora que yo no soy esa. Esa que veis es el resultado de los ojos con los que me miráis, y vuestros ojos me miran con un filtro de cualidades, virtudes, fortalezas, defectos, complejos y carencias. La composición que hacéis en base a lo visto produce unos juicios, unas  ideas y unas creencias condicionadas por, nada más y nada menos, que vosotros y vosotras. Verdaderas o no, fidedignas o no, reales o no. Cuando comunicáis lo que veis, además, os desnudáis ante mí. Y entonces, la retroalimentación. El proceso comienza.

Esa que veis, y que en ocasiones ni siquiera veis sino que intuís, imagináis o suponéis, es alguien que habéis creado. Una mezcla de realidad, fantasía y condicionamiento. Unas veces esa que queréis que sea, otras, esa que no pensabais que era. Pero siempre producto del espejo de vuestros ojos, la lectura de vuestra mirada.

Que no cunda el pánico. Lo mejor de todo esto es que tenéis la oportunidad de saber quién soy. De disipar dudas, de aclarar confusiones, de maravillaros, de decepcionaros, de sorprenderos. De desnudaros (más) bonito. Y que si esto es un toma y daca, y de desnudarse se trata, no quiero oír ni una queja: en lo que a mí respecta, os lo vengo poniendo fácil ya hace unos años… Invitándoos a Regaliz con título, música y letra.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

4 de marzo

Sonando: En el último trago (José Alfredo Jiménez – interpretada por Los Rodríguez)

Mira que me jode admitirlo, pero sí, ha ocurrido de nuevo. A punto de cumplir años voy yo y me asomo al balcón de la vida, a contemplar qué ha pasado ahí abajo: quién está; quién pasó, y ni me enteré; quién pasó y marchó, pero nunca se fue… Y quién sigue al pie del cañón, soportándome o disfrutándome, según los ojos que lean.

Para mí, el 31 de diciembre está sobrevalorado. Festejos dentro de festejos que transcurren por inercia. Después hay que cambiar de calendario, acostumbrarse a la nueva cifra y… poco más, porque los propósitos son trola y lo sabéis. Sin embargo va terminando febrero y ya huele a 4 de marzo, fecha que me resulta bonita de ver y de escuchar, y que provoca en mí un cosquilleo en el estómago que indica que, ahora sí, ha pasado un año más, y por consiguiente un año menos, dependiendo de nuevo, de los ojos que lo miren.

“¿Y qué he hecho yo en todo este tiempo?”, dice mi lado emocional. Mi lado racional se gira rápidamente y comienza a vomitar informaciones, logros, fracasos, errores y aprendizajes, datos, hechos acontecidos no en el solo intervalo del año transcurrido sino en el del montón acumulado, y, claro, al lado emocional no le queda otra más que callarse y complementar positivamente las aportaciones de su colega, porque, ¿sabéis una cosa? es verdad aquello de que al final tendemos a quedarnos con lo bueno, con lo que suma. Las cosas malas no parecen tan malas cuando el tiempo ha fermentado bien entre tanto y de todo eso obtenemos una copa de buen vino. Yo me tomo la mía a vuestra salud.

Pero no todo iba a ser embriaguez dulce en la senda de la vida. Lo peor de cumplir años, para quienes consideramos la edad un apéndice de la mente y no un condicionante, son las valoraciones ajenas al hecho en sí y el impacto que, según el criterio del ajeno de turno, debería significar en nuestras vidas. Esto también ocurre cuando te reencuentras con alguien a quien no ves desde hace tiempo: prejuicios, juicios y postjuicios. En algunas ocasiones me habéis leído y escuchado satirizar sobre ello o incluso disertar con mala leche (es que hay días que me levanto muy punk): no entiendo por qué debo yo obedecer un modelo de vida que a alguien (o a muchos) les encaja (o se lo encajan), si soy feliz viviendo a mi manera.

Conozco gente de mi edad, que… Rectifico. Conozco gente, que, siguiendo religiosamente con los mandamientos de “la vida social normal”, un libro no escrito que describe todo lo que hay que cumplir a cada cierta edad, vive sumergida en el océano de la frustración, profunda inmensidad donde las haya, no quisiera yo zambullirme en sus aguas. También sé de casos desesperados por empezar a formar parte de esas leyes sin papel, dando vueltas en bucle a sus relojes de arena y con la psicosis continua de que alguien les pueda señalar con el dedo. O quienes alardean de “vida social normal” y lo que tienen es una vida máximamente mierder, mierda pura, pura megde, mes amis. Si te has reconocido en alguno de estos tres grupos, quizá te convenga una de tiempo fermentado seguido de copa de buen vino.

Así que hoy, cuatro días después de haber comenzado marzo, me reafirmo, me re-libero y huyo de los estereotipos sociales dominantes. Elijo vivir mi vida, fabricármela yo a mi estilo, a veces planeando y otras improvisando, disfrutando cada etapa y quemando los cartuchos al ritmo que se me antoja. Y no es fácil, ¿eh? Os lo aseguro. Pero sé firmemente que merece la pena.

Y supongo que no tengo remedio y que, como los propósitos son trola, el año que viene me volverá a pasar lo mismo, sentiré el impulso por estas fechas de asomarme al balcón de la vida y hacer balance, y estaré tentada de llevarme las manos a la cabeza porque no me parezco a las chicas de la tele. Entonces me calzaré mis tacones, retocaré mis labios rojos, sonreiré frente al espejo y sabré que sigo allí, conmigo misma, fiel a la persona más importante de mi vida. Un año más, con tantos que quedan por delante, dispuesta a no dejarme llevar, a ser escritora de mi propio libro, que existe y que es de verdad, y que, quizá, leáis algún día.

Pronto más regaliz para dos, amigos.