El día en el que Freddie Mercury me salvó

Sonando: Innuendo (Queen)

Que estaba yo perdida. Que no ausente, sino perdida.

No perdida de no estar, de no dar señales de vida (aunque también). Estaba yo perdida de cuando uno no se encuentra. De cuando viene una tormenta y entonces explota el cielo. Y cuando, en la inmensidad de la misma, piensas que no puede empeorar, pero lo hace. Y miras hacia arriba con más miedo que vergüenza, y lo de arriba te mira a ti desafiante, ceño fruncido, rostro muy negro. Que jamás vi diluviar así, romperse el todo y aparecer la nada, como aquel día.

Anduve tanto tiempo que ni sé cuándo ocurrió aquello. Solo la sensación de vagar sin rumbo hacia un horizonte continuamente inalcanzable. Y por más que me acercaba, más lejos lo veía.

Pero recuerdo estar tranquila. Dicen que así se está cuando se está en el ojo del huracán. Porque estar he estado, ¿eh? En todo momento, ocupando mi espacio vital. Que una cosa es estar presente y otra muy distinta es estar consciente, y yo he estado, presente.

Cuando se camina sin rumbo y sin destino la mente se impacienta. Somos tan simples que si no controlamos los principios y finales tendemos a bloquearnos. En primer lugar desarrollamos cierta inquietud, pero si se hace largo el sendero, la inquietud desaparece fulminada por la desesperación. A partir de ahí todo se mueve dentro de una espiral lúgubre que inexorablemente lleva a la (auto) destrucción. Que estamos programados para caminar con el hecho implícito de avanzar, pero, ¡ay! cuando el suelo que pisamos es una enorme cinta transportadora que gira, incesante, hacia el infinito.

En el transcurso del viaje no dejaba yo de hacerme preguntas. Sucede que en los momentos de estar a solas con uno mismo resulta casi imposible mantener el silencio, y como allí no había guion alguno, brotaban las preguntas, una tras otra, sin descanso, y yo no daba abasto para pensar en respuestas. Que, de nuevo, cuando no se le encuentra sentido, cuando no existe alfa y omega, la mente se satura y se bloquea. Y después de tanto tiempo a la deriva, sin obtener respuestas, uno ya no desespera sino que deja de sentir, de latir, de respirar. Y desciende, a no sé dónde, y se deja.

Y ahí es cuando se está perdido. Y ahí es cuando no existe noción del tiempo, y comienza a pasar la vida. La vida pasa, pasa por encima de ti, quiero decir. En lugar de tú sobre ella.

En la quietud de verse en esas, es fácil darse por vencido. Vamos, admitámoslo: si nos cuesta trabajo, valoramos la posibilidad de no hacerlo. También somos así de ruines. Capaces de tirar por la borda el peso de nuestra vida con tal de no emprender esfuerzos sobrehumanos que nos despierten de este tipo de letargos.

Total. Que en aquella tesitura de niebla espesa e infinidad absoluta, se ha abierto el cielo, de repente y no por casualidad, pues yo no creo en ella, y la voz más maravillosa que jamás escucharon mis oídos se me ha posado en el alma y nítidamente ha dicho:

You can be anything you want to be
Just turn yourself into anything you think that you could ever be
Be free with your tempo, be free, be free
Surrender your ego be free, be free to yourself

Y ya está, y no hay más, punto, final, finito. Que todo este embrollo era así de sencillo. Que me he tenido yo que perder para que Freddie Mercury osara salvarme. Y lo ha conseguido.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

 

Mujeres luchando con la vida

Sonando: Myth (Beach House)

… Y entonces se incorporó del lugar donde yacía, se giró hacia la derecha, y dejó caer sus piernas por el abismo de su cama. Sus pies, descalzos, colgaban oscilando a ritmo pausado y ella, todavía adormilada, trataba de averiguar el día exacto en el que se encontraba.

Tenía la sensación de haber estado durmiendo un millón de años, de haber experimentado un letargo más que un sueño, sin embargo se sentía reconfortada. El sol, descarado, se colaba por su ventana, y el invierno parecía más tímido que nunca. Pensó que era el momento y fijó la vista al frente. Entonces tomó aire, cogió impulso y emprendió un viaje.

Llevaba consigo un equipaje pesado, lleno de preguntas sin respuesta, de enigmas sin resolver, dudas que amenazaban eternas. Sí, un buen equipaje, desde luego. Pero ella estaba tranquila, pues sabía que en algún rincón de su maleta también se encontraba, dobladita, la certeza de encontrar alivio a todo aquello.

Allí donde fue le aguardaba nada más y nada menos que la voz de su conciencia. Se estaban esperando, se esperaban mutuamente, pero ambas no lo sabían. Ella se dio cuenta de quién le hablaba cuando una boca que no era la suya sino la de quien allí aguardaba expresó, a través de palabras, lo que vivía en sus entrañas desde hacía bastante tiempo. Comprendió entonces que le hablaba la voz de su conciencia, pues solo la propia conciencia es capaz de dar forma exacta a las ideas que habitan dentro de uno mismo. Y lo que concibió mediante palabras la voz de su conciencia ha de quedar aquí plasmado, porque si a ella le devolvió a la vida una vez, quisiera creer que a muchas otras “ellas” les revivirá en algún otro momento también.

Sucede que eres una mujer. El ser más fuerte que habita la Tierra no es un hombre, es una mujer, pero el hombre se pasó toda su vida intentando minar la proyección de su compañera. Nacimos, crecimos, morimos a la sombra del hombre. Nos impusieron una idiosincrasia y nosotras, a lo largo de los siglos, la aceptamos. Hemos jugado a su juego y les hemos erigido dominantes, y por consiguiente, las sociedades se construyeron esperando de nosotras ciertos comportamientos, ciertas actitudes, aptitudes y funciones; lo cual, hoy día, solo nos permite luchar. Luchar con la vida, porque eso es lo que somos: mujeres luchando con la vida.

Ahora bien, una vez asimilado esto, y sintiéndonos mujeres luchadoras porque precisamente no aceptamos el modelo impuesto, cabe la posibilidad de que las presiones externas asolen nuestro ser. Tu alma devastada por falsas creencias y por prejuicios que no somos capaces de superar. El Hombre se ha preocupado tanto de evolucionar su entorno, que olvidó evolucionarse a sí mismo.

Cuanto más fuerte sea esa presión, más fuerte deberás ser tú. No olvides que eres una luchadora, y como tal, nunca has de bajar la guardia. El modelo imperante es eso, un modelo, uno entre miles a seguir: tú eliges el tuyo y tú decides cómo y dónde quieres llegar. Somos especiales y únicas, y todo lo que esperas de esta vida a la que te enfrentas, ha de llegar. Ten la seguridad de que así será, con paciencia, todo va a llegar. Venimos de un lugar y tenemos que cambiar cosas para situarnos allá donde nos queremos ver. No se atisba camino fácil pero nadie dijo que lo fuera a ser. Mas recuerda que eres poderosa y lo conseguirás. Cambiarás ciertas cosas y entonces cambiarás las cosas. Y por fin la lucha habrá merecido la pena.

No supo qué fue exactamente, si sus bajas expectativas iniciales, su actitud receptiva o una señal que el destino, sabio, le había preparado. Pero nació de nuevo en aquel viaje, y se sintió más viva que nunca, más luchadora que nunca, más poderosa que nunca, más mujer que nunca.

Regresó sin maleta y se calzó sus zapatos rojos de tacón.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

A Patty.