Impertigente

Sonando: Feo, fuerte y formal (Loquillo y Los Trogloditas)

Quienes trabajamos cara al público o tenemos relación diaria con personas ajenas (a veces no tan ajenas) a nuestra organización o entorno, lo sabemos: un importante sector de la población folla muy poco y padece de estreñimiento crónico.

Entiendo de veras que esas carencias y desórdenes vitales tienen sus consecuencias, no es para menos. Quizá estos seres echan, cada mañana, un chorrito de vinagre al café, y en lugar de galletas, mojan… qué se yo, plantillas Devor Olor usadas. Quizá llevan ropa interior de esparto y quizá no cuidan su depilación íntima, lo cual imagino un espectáculo en conjunto. La camisa no les cierra en el botón crítico porque el tránsito intestinal irregular es lo que tiene, que aumenta volúmenes no deseados, y el espejo solo muestra ese pelo que no hay manera de domar, esa arruga que no hay manera de disimular, esa cana que no hay manera de teñir o ese grano que no hay manera de espachurrar (sin parecer Jack El destripador). Con todo y con eso, se atreven a salir a la calle dispuestos a mostrar al mundo cuán desagradable es vivir ajeno al buen sexo y al saludable hábito de evacuar cada día, siendo su pretensión máxima trasladar esa sensación interna que experimentan al mayor número posible de personas con las que tengan la desgracia suerte  de cruzarse. Y además pretenden hacerlo sonoro y vistoso, porque oye, el no follar y el no cagar dan a cambio mucho tiempo para especializarse en impertigencia.

Impertigencia: Dícese de la cualidad del impertigente, es decir, persona perteneciente a este colectivo (impertigentes) cuyo patrón habitual de relación social se manifiesta molesta, irrespetuosa, insolente, susceptible a la irritabilidad y descarada. Los dos factores principales que suelen fundamentar esta actitud son la ausencia de actividad sexual satisfactoria, y/o las irregularidades en el funcionamiento del aparato excretor.

Llegados a este punto, el ser impertigente lleva a cuestas toda una campaña promocional de su impertigencia, diseñada especialmente para impactar sobre un público aleatorio (o no). Cuenta con unas técnicas infalibles (a la par que rastreras) de humillación, despotismo y prepotencia, y no tendrá ningún reparo en utilizarlas para lograr la única satisfacción que su condición de impertigente le permite: hundir al interlocutor de turno. Vaya por delante que todo ataque proveniente de impertigentes es de «mucho lirili y poco lerele», es decir, a ojos de cualquier persona, una actuación estelar de este colectivo puede alcanzar un nivel 8 en la escala de Ritcher, sin embargo detrás de tanto desprecio, insulto, grito y dedo apuntador, hay, sencillamente, nada. Ni una sola razón de peso, un argumento válido o comentario enriquecedor. Nada, absolutamente. No obstante si sigues hurgando, si arañas un poquito, levantas su coraza.

Y tras la coraza, irrumpe estrepitosamente a la superficie un cóctel de amargura, frustraciones varias, complejos de inferioridad, falta de criterio, carencias afectivas y autoestima por los suelos. Agitado, no mezclado. ¿El inconveniente? Muy poca impertigente se deja rascar la coraza, en primer lugar porque el tiempo en el que interactúan con «sus presas» lo copan de las vergonzosas técnicas antes mencionadas, y segundo, porque son tan conscientes de ello, que lucharán con todas sus fuerzas para mantener a salvo la fina línea que protege sus debilidades. El ser impertigente no buscará a sus víctimas: se las encontrará. Y las cazará sin piedad. Morderá en la yugular, y con sus alimañas hará creer al herido que además de herido es culpable. Y no.

Querido herido desconocido: está usted siendo víctima de impertigencia. Probablemente se siente desvanecer hasta rozar el núcleo interno de la Tierra, mas tengo noticias que le harán ascender a la estratosfera: el ser que tiene enfrente es un espejismo. Está hecho de cartón piedra. Aparenta ser un ogro de estos, pero solo es un ogro de estos. Se le cae el moco, fíjese. No pierda el tiempo con impertigentes, no les regale sus cinco minutos de gloria. Porque usted, querido herido desconocido, tiene más y mejor que follar y… Bueno, de cagar no hablamos porque seguro que se está quedando bien a gusto mientras les sufre delante.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Veinte años de sexo en el Kronen

Sonando: Chup, chup (Australian Blonde)

Recuerdo la primera vez que vi la película Historias del Kronen. No tendría más de doce años y fue «sin querer», es decir, sin premeditación y alevosía, sino más bien con la inocencia de una cría que a las cuatro de la tarde de un verano cualquiera enciende el televisor y se encuentra con «ese percal» (ventajas o inconvenientes de tener el Plus por aquel entonces). Me acuerdo perfectamente de que la cogí ya avanzada, y recuerdo el ardor de mis mejillas al presenciar esas escenas de sexo que tanto me asombraron, porque a mis doce escasos años yo había oído hablar de «hacer el amor», pero de «follar», ni idea. No sabía muy bien qué, pero lo que estaba claro es que algo pasaba por ahí abajo, o por ahí adentro. Carlos (Juan Diego Botto) me parecía el chico más guapo que jamás hubiera visto y yo de mayor quería un novio como él. Dejé la peli sin terminar (después de afanarme luchando contra mi inocente cuelgue) porque temía que mi madre entrara en cualquier momento y «me pillara» ahí embelesada con ese vaivén de sexo, drogas y rock & roll… y con el rubor al rojo vivo.

Pocos años después, estábamos algunas primas y yo en la casa del pueblo de nuestra abuela, disfrutando allí las fiestas. Una de mis primas «las mayores», tenía pululando por el cuarto de estar un libro que leía a ratos, y los ratos que no lo leía ella, ya lo estuve leyendo yo. Al principio ni siquiera había llamado mi atención, era un libro más bien delgado y con las pastas endebles y amarillentas. Pensé que era un catecismo, una Biblia de bolsillo, el Evangelio según San Marcos edición coleccionista… yo qué sé, es que en mi familia son muy católicos y los libros que acostumbraba a ver solían ser de ese tipo. El caso es que un día me dio por hojear (de pasar páginas) y ojear (de mirar) páginas sueltas y… Sí amigos, allí estaba de nuevo mi Carlos, a quien afortunadamente yo ya ponía cara, teniendo más (y mejor) sexo, consumiendo más (que no mejores) drogas y gozando del mejor rock & roll. ¡Qué descubrimiento! Historias del Kronen en sus cimientos más puros, ¡y ahora entre mis manos! El plan resultaba genial, pues a ojos de todos solo era una niña buena con un libro, sin embargo me había convertido en una yonki, bebiéndome un capítulo tras otro, sin poder parar, elevando a un millón la temperatura de mis entrañas con cada escena sexual (porque la fuente de inspiración que otorga la lectura a la mente para que esta ejerza su poder de interpretación, es infinita y brutal), y empezando a ser consciente de aquello que pasaba por ahí abajo, o por ahí adentro, una sensación placentera que yo era capaz de alimentar entonces con las historias que se contaban Carlos y sus amigos en el Kronen.

No se quedó en esas el asunto y volvió a mí en la época universitaria, cuando ya había florecido lo que tenía que florecer y cuando más ebullen los instintos… Seguro que me entendéis. Mi estilo de vida se asemejaba en cierto modo al de estos chicos, aunque no a ese nivel de excentricismo y límite sensorial que las sustancias estupefacientes provocan, aclarado sea. Pero tuve la suerte de vivir fuera de casa mientras estudiaba, con todo lo bueno (y lo malo) que eso conlleva, y mentiría si dijera que no nos pasábamos las semanas haciendo planes que nada tenían que ver con ir a clase, botellones improvisados y juergas varias. Con todo y con eso, Historias del Kronen reapareció un mes de septiembre, estudiando en la biblioteca para recuperar los cates consecuencia de tan holgada vida estudiantil. Una amiga y yo la alquilamos en DVD y la vimos en su casa. Sabía de sobra de qué iba aquello y tenía muy localizadas las escenas tórridas, sin embargo las esperaba con ansia y no podía evitar gozarlo (interiormente) como si de la primera vez se tratara cada vez que estas se sucedían. La intensidad de mi empatía era tal, que prácticamente podía sentir a Carlos embistiéndome con fuerza, nutriéndome de sexo y desprendiendo para conmigo sus esporas de pasión. Después lo remataba con esa actitud rebelde y rompecorazones y ahí me vi, siendo una más en su lista de presas degolladas.

Y parece que no quedé satisfecha.

El viernes pasado volví a toparme con él. No habíamos quedado ni nada parecido, pero puse La2 de TVE y allí estaba. Carlos, mi Carlos, aquel chico que, según mi consciencia, follaba (ahora sí) como una bestia y que lo inundaba todo de feromonas implacables. Y sí, encontré a Carlos, pero no a quien yo recordaba, sino a otro Carlos, delgaducho, prácticamente imberbe, déspota, con dejes de maltratador en potencia, vacío por dentro… y con un peinado a lo Cristóbal Colón que no podía parar de analizar. Sabía cuándo tocaban las escenas que en otros tiempos me habían hecho enrojecer, pero las veía y no me impresionaban. No me llamaban la atención, ni siquiera me excitaban. Los polvos me parecían mal echados, el trato mezquino, él un mierda. Eché cuentas. Historias del Kronen se había estrenado en 1995. Joder, veinte años ya. Dos tercios de mi vida, que se dice pronto, que me han servido para experimentar, saber, descubrir, probar, decidir y en definitiva, crecer. Y conocerme, importante. Veinte años que comprenden la evolución de mi yo niña a mi yo mujer, nada más y nada menos. Pero la rueda no se detiene aquí.

Siempre habrá un Carlos del que colgarse, una imagen impactante, estremecimientos de entrañas y sexo real que erice la piel. Y el Kronen, mientras tanto, seguirá abierto para que entre todos le contemos cómo pasa la vida.

Pronto más regaliz para dos, amigos.