Madre mía, quiero hablar

Sonando: Pan de higo (Rosendo)

Madre mía, qué harta estoy. Ojo, que esto que sigue no será un compendio de quejas sino una oda a poder expresar de vez en cuando lo que a uno/a se le pasa por la cabeza y que, por convenios sociales, educación o supervivencia humana no expresamos, o al menos no lo hacemos en todo su esplendor.

De acuerdo con que hay que tener filtro, vaya por delante. Que yo aquí he venido a vomitar mis verdades, pero quizá no me apetece que me vomites tú las tuyas así, a bocajarro. Lo de los convenios sociales  y la educación va por ahí. Otro día si queréis hablamos de esa estrella del rock llamada libertad de expresión, pero hoy no. Hoy me pongo a barrer unas cuantas pelusas y me quedo sola. Os aviso.

Madre mía con las personas que ejercen cargos de responsabilidad bajo la batuta de la más extraordinaria ineptitud. Mirad: no cuela. O mejor dicho, no cuela con todo el mundo. Os funciona, quizá, con aquellos seres unicelulares que posiblemente comparten vuestra condición de incompetencia, pero, en lo que a mí respecta, sabed que la sonrisa que suelo regalaros es totalmente falsa. Que, por norma general, mis palabras de aprobación a vuestra frecuente basura mental responden a la estrategia “hay guerras que se ganan no luchándolas”, y que siento una profunda vergüenza ajena ante determinados comportamientos porque aireáis la bajeza a la que sois capaces de llegar a cambio de alguna forma de éxito, también cuestionable esto dado el nivel de vuestro criterio y de las vías a través de las cuales tratáis de alcanzarlo (el criterio y el éxito).

Madre mía los/as que ponéis etiquetas a todo y actuáis con el hermetismo propio que otorga llevar colgada una pegatina. ¡Que vais a morir de etiquetitis! ¡Que ya os lo avisé hace tiempo! Entre la ignorancia consentida, los prejuicios y lo poco que cuestionáis las cosas, sois carnaza perfecta para buitres mediáticos, personas ineptas con algún grado de responsabilidad (anteriormente citadas), bulos, leyendas urbanas y un sinfín de patraña informativa que no hace sino aprovecharse de vuestra mediocridad y contribuir así a crear una sociedad más banal. ¡Abrid la mente! ¡Informaos bien! ¡Cuestionad las fuentes! ¡Leed! ¡Pero leed de todo y de todos! ¡No solo lo que coincida con lo que creéis que pensáis! Que el ego ya viene bien servidito de casa, qué necesidad habrá de cebarlo…

Madre mía con las personas que no se comunican, no se expresan, no dicen ni hablan ¡PORQUE NO QUIEREN! Sí, muy bien: hablar no es fácil, y hablar de según qué cosas con según qué personas se antoja complicado. Pero, amiga, amigo, he ahí una de las pruebas a las que debes enfrentarte con el corazón al aire y la cabeza bien alta. Avanzar en la vida también significa quitarse corazas, andar más ligero, preguntar, responder, pedir, informar. Significa buscar herramientas que nos ayuden a expresar lo que sentimos y que, además, se entienda. Basta ya de callarlo todo llevando por delante a las personas que nos rodean. Tu incapacidad de comunicación es injusta para ellas… Es injusta para ti.

¡Ay! Madre mía cada vez que escucho en público preguntas personales, hacia cualquier persona o hacia mí, que no le incumben a quien pregunta, ni a quien escucha, esto es, QUE SOLO LE ATAÑEN A UNO MISMO. A mí me da igual por qué no te casas. No me importa por qué tienes o no hijos, si quieres tenerlos o deseas no haberlos tenido. Me resbala si vives en pareja, o si la buscas, si te lías con dos, con tres o con cinco. Las preguntas íntimas lanzadas así, como dardos en un bar de copas con amigos, están cargadas de veneno y de juicios. Y a ver quién eres tú para juzgar la vida de nadie y estampar tus carencias, complejos y programas mentales sobre ningún individuo. A ver, ¡¿quién te has creído?!

Y madre mía conmigo, ¿eh? Tan buenecita que parezco, y ojito. Ni rifles, ni bombas ni pistolas: a mí dadme una hoja en blanco, que iniciamos la contienda ahora mismo.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Muerte por etiquetitis

Sonando: Madness (Muse)

Sepan ustedes que me he ataviado de la siguiente manera para comenzar a escribir estas líneas:

  • En el pelo, un tupé amarrado con horquillas, y una cola de caballo.
  • Maquillaje: ojos de gata, cat-eyes o lo que viene siendo un eye-liner nivel Amy Winehouse. Y labios color cereza.
  • En el cuello, una gargantilla de perlas.
  • Una camiseta ancha, tanto, que podría decirse que es de estar por casa (pero no).
  • Unos pantalones vaqueros pitillo con rotos y dobleces en los bajos, sí, de esos que tu madre te pregunta por qué pagas por algo que viene roto de la tienda.
  • Una chupa de cuero del mismo rojo que los labios.
  • Y los zapatos que os enseñé en Mujeres luchando con la vida.

Algunos pensaréis que vaya cuadro, otros que qué pintan las perlas con los cueros y los labios con las cerezas, las camisetas anchas con los tacones y con los pantalones rotos… Otros, los menos, me diréis: ¡los pitillo ya no se llevan! Y otros, directamente, que me he vuelto loca y no tengo claro qué estilo seguir, que mi vida está abocada a un fracaso estrepitoso y que el evangelio según Santa Vogue, obviamente, nunca ha figurado entre mis lecturas de mesilla de noche (vale, esto es verdad). Si no me conoces, es posible que intentaras ubicarme dentro de alguna tribu urbana, en el colectivo pijo, dentro de los modernos o ¡dentro del Bershka! Y supongo que algunas de vuestras neuronas sufrieron un calambre fuerte al no quedar claro, según el aspecto descrito, dónde colocarme, cómo definirme y en qué grupo clasificarme, ya que, a priori, las perlas de mi cuello denotan todo lo contrario a lo que los rotos de mis pantalones expresan, y es que… ¡¿Quién osa mezclar conceptos extremadamente opuestos?! Pues yo.

Lo que ocurre aquí es que sufrimos de etiquetitis. Y me explico, camaradas.

Partimos de un concepto muy básico: comunicamos la propia esencia no solo con nuestras palabras, sino también con nuestros hechos y con elementos perceptibles por todo ojo humano, como la forma de vestir, el peinado, maquillaje, barba, bigote o las famosas perillas sobre las que ya os hablé; más allá del aspecto físico seguimos comunicándonos a través de la música que escuchamos, el tipo de cine o televisión que vemos, las lecturas que acometemos, nuestras actividades de ocio y tiempo libre o incluso la dieta que decidimos seguir; nuestros gustos generales y también los particulares, los sexuales y, en definitiva, todo aquello con lo que, de alguna manera, nos dirigimos al mundo.

La imagen que proyectamos no deja de ser eso, una imagen al fin y al cabo, y como tal, dependerá siempre de los ojos con los que sea mirada. Influirán en el veredicto los estereotipos, prejuicios, tendencias sociales, la personalidad de cada uno… Sin embargo, si algo nos ha enseñado esta nuestra sociedad, es a entender los conceptos personales que percibimos, como excluyentes entre ellos cuando no pertenecen al mismo ámbito. Así pues, y volviendo a mis pintas iniciales, si consideramos que llevar una gargantilla de perlas “es de pijas” y llevar pantalones rotos “de macarras”, algo falla ahí porque una cosa no puede ser con la otra, y viceversa. Porque si te defines dentro de un colectivo, debes permanecer en él, impertérrito, para siempre, siendo consecuente con lo que suponga la pertenencia al mismo, y por supuesto, demostrando una fidelidad que será cuestionada ante el más mínimo síntoma de evasión.

Hace poco escuché decir al gran José Antonio Abellán que en España sucede algo que, en otros países (como Estados Unidos) no sucede, o al menos con la misma intensidad, y es que tenemos tan adquirido este asunto de las etiquetas, que no concebimos por ejemplo que a una persona que le gusta AC/DC, le pueda gustar también, qué se yo, Marifé de TrianaHombres G al mismo tiempo; o si eres devoto de Camilo Sesto, no puedas serlo también de Bob Dylan y de Marilyn Manson porque poco o nada tienen que ver entre ellos. Si amas el rock, solo puedes amar el rock, porque amar el rock y el flamenco es incompatible, del mismo modo que si tu apariencia dice que perteneces a determinado grupo: los góticos, hipsters, los hippies, los grunges, heavies o… los que sean, deberás seguir las directrices que cada uno marque, casi hasta el punto de tener que huir de todo lo que se aleje de ellas y pueda acercarte hacia otra corriente, pues entonces cabe la posibilidad de que te señalen con el dedo acusador y te llamen traidor, hereje e incluso de que te expulsen del selecto club en el que vivías encasillado, y claro, eso te llevaría a perder esa etiqueta necesaria para el equilibrio mental de miles de personas.

Y aunque el ejemplo de los gustos musicales ilustra a la perfección la etiquetitis que padecemos, esta es totalmente extrapolable a otros ámbitos de la vida en los que consideramos que existen reglas inamovibles que debemos seguir a pies juntillas, creyendo que decantarnos por algo concreto nos impide fijarnos en su opuesto, empeñados en definir escrupulosamente lo que somos en base a nuestra apariencia y a nuestras orientaciones y gustos, ¡condenados a no disfrutar de tantas y tantas cosas por miedo a perder nuestro cartelito, a desprendernos de nuestras etiquetas!

Y entonces, ¿quién tiene un problema aquí ? ¿Quién no es capaz de proyectarse al exterior en una imagen fidedigna a la esencia que encierra adentro? ¿Por qué reprimir las inquietudes de la mente, cuando el mundo está lleno de posibilidades? ¡Por qué no sucumbir a los encantos que nos ofrece la diversidad que nos rodea!

Llegados a este punto comprenderéis el por qué de mi atuendo, ¿verdad? Me gusta el cuero y me gustan las camisetas, sí, pero adoro también las zapatillas, los rotos, las perlas, los tacones, los tutús y los vestidos de seda; y en mi lista de favoritos de Spotify suenan, sin miramientos y en modo aleatorio, Queen, Manolo García, Elton John, Metallica, Los Tres Tenores, Luz Casal y, entre otros, Juan Luis Guerra, porque si en la variedad está el buen gusto, tengo un gusto exquisito, y las etiquetas, como pican y son molestas, las recorto, las arrugo y me deshago de ellas.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.