Todas mis amigas

Sonando: Todas tus amigas (La Casa Azul)

Marco el número de teléfono de mi amiga Sara. Un tono, dos tonos, tres tonos, cuatro. Varios. Cuando estoy a punto de darme por vencida y colgar, responde, por fin, con un inesperado: “¡Qué locura!”

“Qué locura” es la mejor manera en la que me han respondido una llamada telefónica en toda mi vida y lo cierto es que Sara no lo pudo definir mejor: nos conocemos desde hace casi 31 años y aquí seguimos, la una para la otra y la otra para la una. Si eso no es una auténtica y maravillosa locura, que alguien me explique cómo funciona la amistad infinita.

Una tarde, mi amiga Laura estaba muy rara. Era marzo y era el día de mi cumpleaños, y habíamos quedado para cenar todas juntas y no cantar el “Cumpleaños Feliz”. Después de un rato haciendo acrobacias verbales con el objetivo de tener una conversación decente con ella, no lo soporté más y le pregunté qué le pasaba.

Esa noche me regalaron entradas para un concierto, una cazadora y la noticia de que, en nueve meses, sería “tía”. Jamás habría imaginado un regalo más perfecto. ¡Qué noche la de aquel día!

Mi abuelo paterno cayó enfermo y tuvieron que ingresarle en el hospital. Fue su última e improvisada casa. Toda la familia estuvimos arropándole hasta, literalmente, la extenuación. Mi amiga Mª Ángeles incluida: ella es enfermera, pero durante aquel periodo, le salieron alas y se convirtió en nuestro ángel de la guarda. Los hospitales dejan de ser fríos cuando hay gente que se esfuerza por darles calor. Mi abuelo voló alto y fuerte, más vivo que nunca.

Mis amigas Ana M., Sandra, Ana S. y la misma Sara que hace que la vida sea una locura preciosa, propusieron irnos juntas un fin de semana a Salamanca, así porque sí, sin motivo aparente más que el de regalarnos tiempo y risas. Cada persona es un mundo, incluidas nosotras, y, aunque somos de carcajada fácil, las circunstancias entonces no brillaban like a diamond de Rihanna del mismo modo para las cinco. Pero le pusimos ganas, cantamos a grito pelado “Yo no te pido la luna” e hicimos magia. De regreso, el domingo, volvimos renovadas. No pedimos lunas a nadie pero supimos que cuatro estrellas nos acompañaban.

Mi vuelo destino Niza está a punto de partir. Viajo sola, algo nerviosa. Durante el vuelo, la única confidencia que consigo es la de la azafata, que me proporciona un bocadillo de queso que termino por comerme sin ganas. Al llegar, me encuentro con Isa, una compañera de la universidad. El encuentro duró varios meses y se llenó de gente, situaciones y experiencias. Conocimos la vida bohemia. Vivir en otro país es gratificante, pero la propia tierra llama, y tira. Qué afortunada fui de que en aquellos momentos Isa se convirtiera en amiga, hermana y familia.

Buenas noticias: ¡mi amiga Violeta se casa! Una boda siempre es motivo de celebración, pero la boda de Violeta, en México lindo, es motivo para tirarse a la piscina haciendo un doble mortal con tirabuzón. Y eso hicimos. Y el salto podría haber salido regular, porque los océanos mediante implican riesgos y algún que otro peligro, pero salté con Ángela, Xiana, Esther y Violeta… Y México supo a tekila y chilorio, y a unión, amor y cariño.

Locas, fuertes, audaces, absurdas. Pacientes, generosas, tenaces, testarudas. Especiales, diferentes, atrevidas. No hay duda: así son mis amigas. Un regalo de la vida que me llena, enorgullece y que me inspira.

Pronto más regaliz para dos, ¡amigas!

La última vida de un gato

Sonando: Te he echado de menos (Los Secretos)

Hacía un frío espantoso aquella noche de noviembre, pero Rodri quería salir y cerrar todos los bares. Era miércoles, sí: ¿quién sale un miércoles gélido, en Madrid? Pues ya ves, parecía que nosotros. Me soltó, para convencerme, un discurso acerca de la juventud efímera, la dorada época universitaria y lo lejos que quedaban los exámenes de febrero… Además de su archiconocida teoría de que el mundo acabaría en el año 2000, claro. El caso es que faltaba mes y medio…

Qué coño, ¡quiero beber hasta perder el control, Rodri!

Anduvimos por nuestro barrio adoptivo, Malasaña. Los dos adorábamos los resquicios ochenteros que emanaban esas calles, por eso compartíamos un apartamento enanérrimo en la zona. Preferíamos vivir en una caja de cerillas con vistas a La Bola de Cristal antes de hacerlo en un piso estándar que nos convirtiera en estudiantes de provincia de vida estándar. De antro en antro, iban corriendo las primeras cervezas y algún chupito de muerte con limón y sal: no sé si eran mis bajas expectativas de aquella noche o que los planes improvisados son los mejores, pero lo cierto es que la cosa estaba resultando de lo más divertida. Atravesamos la Plaza del 2 de mayo y seguimos sin perder ritmo en La Vía Láctea, para aterrizar por fin en El Penta, como no podía ser de otra manera.

Al entrar sonaba Déjame, de Los Secretos. Mientras Rodri iba a pedir más unas birras, yo, presa de la música (y de lo anteriormente bebido), me entremezclé con la gente que había y me entregué a la música. El Penta es ese lugar mágico que provoca un punctum instantáneo a quien lo visita, trasladándole emocionalmente a La Movida madrileña y evocando sensaciones de las que erizan la piel. Cada canción nueva superaba a la anterior y ahí estábamos Rodri y yo, coreando todos los estribillos. Bailamos como Alaska con Perlas Ensangrentadas y practicamos una buena sesión de air guitar según empezó El ritmo del garaje, de Loquillo y Los Trogloditas. Varias canciones después yo necesitaba ir al baño, así que me dirigí a él a través de las escaleras de acceso, situadas al lado de la cabina del DJ. Al comenzar a descenderlas (a paso lento debido a mi coordinación motriz de dudosa calidad), me parecía estar bajando a una gruta, o al infierno, vete tú a saber. La tenue iluminación fue suficiente para adivinar, en el mínimo descansillo, el cartel de un concierto pasado y, embobada tratando de leer las bandas que se anunciaban en el mismo, tropecé con un tipo de pelo enmarañado, ojos llorosos y cazadora vaquera, quien, sin darme tiempo para disculpas, huyó con menos artes que yo, en dirección opuesta.

Tras La chica de ayer de Nacha Pop, decidimos que era ya momento para ir poniendo fin a la velada, así que recogimos nuestros abrigos y salimos a la calle dispuestos a emprender el camino de vuelta a casa. En la Calle Espíritu Santo la última luz en el barrio se acababa de apagar, pero en aquella penumbra divisamos un cuerpo que yacía, aparentemente inconsciente, a la entrada del portal número 23. Rodri me apremió y aceleramos el paso para llegar hacia él: mi corazón dio un vuelco cuando, por su cazadora, reconocí al chico con quien antes había tropezado en El Penta. Tal y como preveíamos, estaba dormido, incosciente o… ¿muerto?, así que presa del pánico, la cosa solo dio para bloquearme y soltar improperios por doquier. Afortunadamente Rodri sabe reaccionar de un modo más coherente en situaciones límite y con gesto exhortativo me ordenó que siguera sus indicaciones. Él estudiaba enfermería y actuaba con rapidez, muy seguro de lo que se hacía. Obedeciéndole, coloqué la cazadora del chico bajo su cabeza, a modo de almohada, mientras Rodri le desabrochaba la camisa; entonces gritó que pidiera ayuda y comenzó a practicarle el masaje cardíaco. Corrí sin dirección y llegué al primer cruce, donde paré en seco para comprobar que mi amiga mala suerte, como por arte de magia, se transformaba en ambulancia.

No podía dejar de temblar, todavía aturdida, mientras la Policía, que se había personado en el lugar tras el aviso del personal sanitario, nos identificaba y tomaba declaración. Rodri se afanaba en dar todos los detalles y pidió conocer el hospital al que se dirigían con aquel chico; estaba a punto de amanecer y yo tenía la sensación de haber vivido la noche más larga del mundo. Pensativa me concentré en el encontronazo fortuito de las escaleras de El Penta: ¿acaso la vida nos pone determinadas personas en el camino, con alguna clara intención?

Dos días después de aquello, encontramos una carta manuscrita en nuestro buzón. En el sobre, como remite, figuraba la palabra “Gracias”, así que lo abrimos en casa, una vez estuvimos ambos presentes. En su interior solo un folio con la siguiente frase: “Ya sabes cómo hay que apurar la última vida de un gato”, que firmaba, debajo, Enrique Urquijo.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

A la memoria de Enrique Urquijo, 17-11-1999.