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Sonando: Bohemian Rhapsody (Queen)

A sus 33 años, Virginia Woolf publicó su primera novela, Fin de viaje.

A sus 33 años, Steve Jobs había abandonado Apple, compañía fundada por él mismo, para crear NeXT, cuya computadora se convirtió en el primer servidor de la World Wide Web.

A sus 33 años, Marie Curie fue la primera mujer en ser nombrada catedrática de la Escuela Normal Superior de París.

A sus 33 años, Freddie Mercury escribió Crazy little thing called love, primera canción de Queen en alcanzar el número uno en las listas de Estados Unidos.

A sus 33 años, Gloria Fuertes publicó su libro Pirulí (versos para párvulos) y organizó la primera Biblioteca Pública Infantil itinerante por pequeños pueblos.

A sus 33 años, Frida Kahlo pintó Autorretrato con pelo cortado, reflejo del dolor que atravesaba tras divorciarse de Diego Rivera.

A sus 33 años, Jesús de Nazaret falleció crucificado y previamente torturado, tras ser acusado de blasfemia por declararse Hijo de Dios.

A sus 33 años, Coco Chanel vio publicadas, por primera vez, sus famosas chaquetas y prendas deportivas en la revista Vogue.

A sus 33 años, Federico García Lorca escribió Así que pasen cinco años, concluyéndola exactamente cinco años antes de su fallecimiento por asesinato.

A sus 33 años, Jaroslav Drobný se convirtió en el primer deportista de la historia en ganar un mundial de hockey y después el torneo de tenis de Wimbledon.

 

A mis 33 años, no hay algo que me atormente ni que me quite el sueño.

A mis 33 años, me he atrevido a ser valiente y enfrentarme a algunos miedos.

A mis 33 años, he reído hasta la extenuación y llorado hasta quedarme vacía por dentro.

A mis 33 años, he descubierto que tener muchas cosas no es sinónimo de ser más feliz.

A mis 33 años, he conocido mucha gente pero solo a unos pocos puedo llamarles amigos.

A mis 33 años, tengo tantas inquietudes o más que alguien más joven que yo.

A mis 33 años, soy hija, hermana mayor, prima, sobrina, amiga, Amiga, compañera, conocida y desconocida.

A mis 33 años, no he probado el brócoli, la alcachofa o la coliflor.

A mis 33 años, solo he acudido a los hospitales para atenciones sin gravedad, para visitar o para acompañar.

A mis 33 años, he visto publicados mis textos en papel de revista.

A mis 33 años, he viajado y he vivido en un país que no es el mío, y he comprendido lo maravilloso que resulta conocer otras culturas pero también he sabido valorar mi origen y mis raíces.

A mis 33 años, he visto morir una persona delante de mis ojos, a mi abuelo.

A mis 33 años, estoy en la recta final de la carrera universitaria que siempre quise estudiar pero no estudié en primera instancia.

A mis 33 años, sé que la edad es solamente un número.

A mis 33 años, he conseguido vivir en mi propia casa, que es reflejo de mi mundo.

A mis 33 años, cada vez leo más libros y veo menos televisión.

A mis 33 años, sé que escribir es vehículo con el que se expresa mi alma.

A mis 33 años, siento que la canción que armoniza mi vida es Bohemian Rhapsody, con su comienzo suave y su progresión apoteósica in crescendo.

A mis 33 años, soy consciente de que un 4 de marzo de 1985 inicié un camino de baldosas amarillas y que continúa infinito hacia lo lejos, y que no dejaré de caminar porque quiero saber adónde llego.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

4 de marzo

Sonando: En el último trago (José Alfredo Jiménez – interpretada por Los Rodríguez)

Mira que me jode admitirlo, pero sí, ha ocurrido de nuevo. A punto de cumplir años voy yo y me asomo al balcón de la vida, a contemplar qué ha pasado ahí abajo: quién está; quién pasó, y ni me enteré; quién pasó y marchó, pero nunca se fue… Y quién sigue al pie del cañón, soportándome o disfrutándome, según los ojos que lean.

Para mí, el 31 de diciembre está sobrevalorado. Festejos dentro de festejos que transcurren por inercia. Después hay que cambiar de calendario, acostumbrarse a la nueva cifra y… poco más, porque los propósitos son trola y lo sabéis. Sin embargo va terminando febrero y ya huele a 4 de marzo, fecha que me resulta bonita de ver y de escuchar, y que provoca en mí un cosquilleo en el estómago que indica que, ahora sí, ha pasado un año más, y por consiguiente un año menos, dependiendo de nuevo, de los ojos que lo miren.

“¿Y qué he hecho yo en todo este tiempo?”, dice mi lado emocional. Mi lado racional se gira rápidamente y comienza a vomitar informaciones, logros, fracasos, errores y aprendizajes, datos, hechos acontecidos no en el solo intervalo del año transcurrido sino en el del montón acumulado, y, claro, al lado emocional no le queda otra más que callarse y complementar positivamente las aportaciones de su colega, porque, ¿sabéis una cosa? es verdad aquello de que al final tendemos a quedarnos con lo bueno, con lo que suma. Las cosas malas no parecen tan malas cuando el tiempo ha fermentado bien entre tanto y de todo eso obtenemos una copa de buen vino. Yo me tomo la mía a vuestra salud.

Pero no todo iba a ser embriaguez dulce en la senda de la vida. Lo peor de cumplir años, para quienes consideramos la edad un apéndice de la mente y no un condicionante, son las valoraciones ajenas al hecho en sí y el impacto que, según el criterio del ajeno de turno, debería significar en nuestras vidas. Esto también ocurre cuando te reencuentras con alguien a quien no ves desde hace tiempo: prejuicios, juicios y postjuicios. En algunas ocasiones me habéis leído y escuchado satirizar sobre ello o incluso disertar con mala leche (es que hay días que me levanto muy punk): no entiendo por qué debo yo obedecer un modelo de vida que a alguien (o a muchos) les encaja (o se lo encajan), si soy feliz viviendo a mi manera.

Conozco gente de mi edad, que… Rectifico. Conozco gente, que, siguiendo religiosamente con los mandamientos de “la vida social normal”, un libro no escrito que describe todo lo que hay que cumplir a cada cierta edad, vive sumergida en el océano de la frustración, profunda inmensidad donde las haya, no quisiera yo zambullirme en sus aguas. También sé de casos desesperados por empezar a formar parte de esas leyes sin papel, dando vueltas en bucle a sus relojes de arena y con la psicosis continua de que alguien les pueda señalar con el dedo. O quienes alardean de “vida social normal” y lo que tienen es una vida máximamente mierder, mierda pura, pura megde, mes amis. Si te has reconocido en alguno de estos tres grupos, quizá te convenga una de tiempo fermentado seguido de copa de buen vino.

Así que hoy, cuatro días después de haber comenzado marzo, me reafirmo, me re-libero y huyo de los estereotipos sociales dominantes. Elijo vivir mi vida, fabricármela yo a mi estilo, a veces planeando y otras improvisando, disfrutando cada etapa y quemando los cartuchos al ritmo que se me antoja. Y no es fácil, ¿eh? Os lo aseguro. Pero sé firmemente que merece la pena.

Y supongo que no tengo remedio y que, como los propósitos son trola, el año que viene me volverá a pasar lo mismo, sentiré el impulso por estas fechas de asomarme al balcón de la vida y hacer balance, y estaré tentada de llevarme las manos a la cabeza porque no me parezco a las chicas de la tele. Entonces me calzaré mis tacones, retocaré mis labios rojos, sonreiré frente al espejo y sabré que sigo allí, conmigo misma, fiel a la persona más importante de mi vida. Un año más, con tantos que quedan por delante, dispuesta a no dejarme llevar, a ser escritora de mi propio libro, que existe y que es de verdad, y que, quizá, leáis algún día.

Pronto más regaliz para dos, amigos.