Avestruces

Sonando: You don’t know my name (Alicia Keys)

No sé si recordáis el famoso “Beso, verdad, atrevimiento”, juego adolescente sustentado en la suelta de secretos (in)confesables, amores ocultos, desafíos absurdos para deleite de los presentes y mofa del elegido y, quizá, primeros besos, besos aparatosos por la falta de experiencia de la edad y por la casi habitual presencia de ortodoncias. Amalgama de cotilleo, morbo, inocencia y las incipientes ganas de pavonearse. Carnaza púber.

El otro día alguien preguntaba en Twitter:

¿Vosotros qué hacéis cuando os mola alguien?

La cuestión me pareció fascinante per se: fácil, directa, concisa, suspicaz y muy teenager. Y, claro está, tuve curiosidad por conocer lo que la gente llevaba a cabo cuando le mola alguien. Que no se diga que no vive en mí el innato deseo de la carnaza, aunque hayamos pasado la adolescencia hace tiempo… Y las ortodoncias también.

Leí los comentarios vertidos al respecto. No voy a mentir: esperaba encontrar todo tipo de métodos y sistemas infalibles de contoneo físico y mental que, si no derivaron en una suerte de “fueron felices y comieron perdices”, al menos quedaron en un “me atreví y mereció la pena”. Quería  maravillarme con la destreza de quienes habían triunfado alguna vez en esto, el inquietante mundo de la seducción, o al menos de quienes lo habían intentado. Y, sí, ahí estaba yo con papel y lápiz, por si acaso, que nunca se sabe.

Pero no… No necesité tomar notas.

Huir, “cagarla”, morirse de vergüenza, esconderlo, disimular, dejarlo estar, paralizarse, resultar ridículo, procurar que no se dé cuenta, deprimirse, autosabotearse… Para mi asombro y desencanto, la mayoría de respuestas giraban alrededor de esos términos. Algunas otras, tímidas, sugerían la voluntad de conocer más al pretendido o a la pretendida y, finalmente, muy pocas respuestas que abogaban por decirlo abiertamente y con determinación. “Pues vaya”, pensé para mí. Qué decepción. Y, al mismo tiempo, cuánta información.

Por lo visto aquí, lo que pasa, es que sentimos vergüenza de sentir. Resulta que estamos vivos, más vivos que nunca, y preferimos pensar que eso no puede estar bien. Ni salir bien. Que todo quedará mejor detrás de una máscara. Que dejar aflorar sentimientos y que no surta el efecto esperado mancillará nuestra dignidad. Que seremos menos por sentir y decir que sentimos. No queremos ser personas, preferimos ser avestruces. Esconder la cabeza bajo tierra, muy adentro, tan profundo que apenas escuchemos latir el corazón.

Dicen que el amor nos empuja a hacer estupideces, pero lo cierto es que no encuentro mayor estupidez que rendirse al miedo. Hemos pasado de jugar a atrevernos a olvidar que una vez lo hicimos. Y esto sí que es atentar contra la dignidad, queridos. Hacer el ridículo es reprimir lo que uno siente por temor a que las cosas no salgan como esperamos. Es quedarse impertérrito ante la posibilidad de compartir lo que somos porque es más fuerte el complejo al posible fracaso. ¿Fracaso? El verdadero fracaso es no haberlo intentado.

Que a veces el atrevimiento no termina en beso, pero, señoras, señores: y qué más da. Si hay algo importante que decir, es eso que te pasa. Vergüenza el que roba, el que hiere, el que miente, el que humilla, el que engaña. Vergüenza subestimar lo que se siente y vergüenza el que con su boca el corazón calla.

Así que, cabeza bien alta, avestruces. Atrevámonos. Hablemos. Después de todo, lo peor que puede pasar es que tengamos que seguir mirando al frente y avanzar. Pero de eso se trata, ¿no?

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Todo, ahora

Sonando: I want it all (Queen)

Estoy harta del tiempo. No, no me refiero al clima, a las inclemencias meteorológicas, la lluvia, el viento, las borrascas y los anticiclones. Quiero decir el tiempo, la unidad de medida de… de todo, joder. El metrónomo que marca nuestros días, nuestros meses… Nuestra vida.

Fíjense incluso que he sido atropellada por él. Menuda sensación, la de ser avasallada por el tiempo: losa etérea que te pasa por encima y te empuja adonde él decide, como si de un tornado se tratase. La verdad es que ahora mismo me siento muy Dorothy antes de conocer el fantástico mundo de Oz:

No sé en qué momento fui a parar aquí; no sé si dormí cinco minutos y anduve despierta una eternidad, o por el contrario no consigo despertar de un profundo letargo; no sé si estoy en el mismo punto en el que me encontraba la semana pasada, ni siquiera sé si la semana es pasada o está por venir, porque ha venido el tiempo, implacable, y sin preguntar me mueve a su antojo en un baile que él guía y en el que yo me dejo…

Así que me detuve en seco. Sí, a pesar de que incluso en la calma la música sigue sonando y los bailes danzando, conseguí bajar mi ritmo y solo mantenerlo, como un hilo de vida, a fuego lento. Después del atropello que me tiene aturdida necesito no pensar en el tiempo, y paradojas de la vida lo que invierto, no pensando, es eso, tiempo.

Marionetas en sus manos, todo lo que ocurre y lo que no ocurre, lo que es y lo que no, las palabras que se dicen y las que se callan, los éxitos, los fracasos, aquellos que existieron y quienes no llegaron a ser. Ceñidos a su mecanismo de movimiento incesante transcurren nuestras vidas, y mirar atrás significa contemplar de lejos los posos del pasado, inertes, como piel despojada de serpiente que cae en el olvido infinito.

Sin embargo en ocasiones, sobrevivir con latido ínfimo permite lucidez al cerebro. Y así es como cogí desprevenido al tiempo.

Me planté en su cara y le planté cara. “Maldito seas”, le dije, llena de rabia, que no de gracia, por tan tremenda osadía. Te atreves a marcar el rumbo de mi vida eligiendo el inicio y el final de sus momentos, eres el reloj que a Cenicienta le ha escupido de su cuento, le ha privado de aquel beso… ¡Maldito seas, tiempo!

Pero, escúchenme todos atentos: mejor no perder la calma. Después del revuelo y el desasosiego, le robo al innombrable un poco de aliento y, con agallas, le grito muy en serio.

¡Soy imparable! ¡Mi futuro es eterno secreto! ¡No tengo un plan, tengo cientos!

Lo quiero todo y lo quiero ahora, o quizá lo querré luego. Solo yo soy dueña de mis inquietudes y pensamientos. Y tú, tiempo, serás mi camino de baldosas amarillas, mi sendero. Mero espectador de lo que busco y lo que quiero. Me has tenido amordazada, con la soga al cuello; pero mientras haya aire y respiremos, habrá vida. Y mientras haya vida, habrá tiempo.

Inhala los momentos que te brinda, construye con pasión y con criterio. Amanece con el sol de cada día. Si no lo haces, entonces estás muerto.

Pronto más regaliz para dos, amigos.