Gigante

Sonando: Lo que te hace grande (Vetusta Morla)

Tú no lo sabes, pero llevo tiempo observándote. Cuidadosa y meticulosamente. En silencio prolongado.

Me he fijado en cómo hablas, cómo ríes, cómo lloras, cómo callas. En las palabras que eliges usar, en lo que tienes que decir, en el tono que decides emplear. Te he observado observar, observarme incluso, aunque pensaras que no me iba a enterar.

Tu manera de andar, correr, huir y descansar. Cuando duermes, cuando sueñas y cuando dices que no puedes más. Lo he visto todo. Cuando duele y cuando sufres. Cuando caes. Te he visto gritar, gemir, gruñir, te he visto enfermar.

He mirado cuando no había alguien más, bueno, mejor dicho, cuando creías estar en soledad. También me asomé aquel día, pusiste música y te vi bailar. Qué bonita es tu sonrisa cuando ríes al compás.

Hoy vine aquí a decirte algo. Te he mirado vivir, como hago cada día, y debes saber que lo estás haciendo genial.

Que tu esfuerzo y tu trabajo merecen la pena, que cuentan, que suman, que es momento de aceptar. Que no eres grande sino gigante, que nada te falta y que como tú, no hay alguien más.

En tus ojos he leído historias, cuentos, poesía. Te he visto en busca de felicidad. Para un poco y mira, mira: en el aire que respiras, en tu gente, en la mía… En tu esencia está ella viva, mira adentro, junto al alma, al final la encontrarás.

Y después de todo esto, ¡ay, qué nervios, madre mía! Abre esa ventana, que yo te escuche gritar. Con errores e injusticias, con aciertos y demás… Eres lo más grande de tu vida, gigante, y mientras vivas yo seguiré observándote, con tesón y sin malicia… Por si acaso se te pudiera olvidar.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Gorda

Sonando: Shape of you (Ed Sheeran)

Me siento en la silla para escribir estas líneas y antes de empezar siquiera con el título la lorcilla de mi cintura asoma por encima del pantalón, como recordándomelo, por si acaso se me había olvidado. Si ya lo traía en la mente, joder. Pero, vaya, que gracias. Tecleo: “GORDA”.

Mi memoria prodigiosa recuerda el día y el momento exacto en que empecé a tener conciencia de mi cuerpo, no delgado por naturaleza, asociándolo a algo que desconocía pero que a la vez asimilaba con desidia y desazón. Tenía doce años. A mí nadie me había explicado la profundidad de la belleza humana y el único canon que conocía era el que cantábamos en clase de Música, así que supongo que había creado mi propio concepto de belleza en base a lo que veía en la tele y a lo que los adultos me decían que era bello. Pero ese día algo hizo “clic” en mi cabeza y yo misma decidí que era gorda. Desde entonces no ha pasado un solo día en el que no me haya sentido así. Gorda.

También os digo que esta no es la historia de la pobre niña gorda que, probablemente, estabais a punto de intuir. Cero penas, cero aditivos de compasión y cero preocupaciones. Cero traumas, ¡mamá, papá, familia! Todo está bien, autoestima incluida. Mi gordura y yo nos queremos, afortunadamente, aunque no negaré que hemos atravesado fases de menos y más aceptación, según el año en el que nos pillarais. Y ahora es cuando torcéis el gesto mientras me acusáis de falsa modestia. Pues os lo podéis ahorrar. Claro que hay personas más gordas que yo. Por supuesto que no soy la mujer más gorda del mundo, mi salud no peligra ni estoy enferma. Pero lo que es, es. ¿Pensáis que en treinta y cuatro años esta observadora empedernida no ha tenido tiempo de hacer un escáner exhaustivo de su propio cuerpo… cada día? Por favor. Si yo os contara.

Toda una vida siendo gorda me ha llevado a profundizar en el concepto y a ensimismarme en él, cuestionándome la utopía de cuerpo perfecto y de mi cuerpo imperfecto. Y con tanto divagar y perderme por la estepa de la gordura me di cuenta de que GORDA no tiene la culpa. El problema no es la palabra ni el sentido peyorativo que supuestamente se le atribuye. GORDA no es algo malo, pero yo me creí lo contrario y cargué con el peso de esa losa compleja que pesaba como un complejo.

El veneno, lo hiriente, lo que duele y hace daño no es cosa de léxico sino de intención. Es cosa de alguien. Como siempre, el ser humano detrás de la decadencia de todo, incluida la suya propia. GORDA sabe mal porque alguien lo amarga. GORDA se hace nudo en la garganta porque alguien le pone espinas y cuesta tragarlo. GORDA produce el mismo desdén que emana de la persona que vomita y cree insultar profiriendo: “¡GORDA!”

Después de deambular por la gordura y por mi gordura, también me di cuenta de que otras personas llevan toda su vida siendo FLACAS. CABEZONAS. NARIGUDAS. OREJONAS. Y un largo etcétera. Y que, otra vez, vuelve a ser una cuestión de propósito y de alguien. Por lo demás, tan solo son palabras, sin efecto. O mejor dicho: con el efecto que tú le quieras dar, único ser capaz de hablar de ti con legítimo conocimiento de causa, y verdadero protagonista de la historia de amor más pura de tu vida, la tuya contigo mismo.

En fin. Por aquí hay un inglés pelirrojo cantando que le encanta la forma de mi cuerpo y mi cuerpo, y miro a mi lorcilla y nos sonreímos, cómplices. Nosotras sabemos de qué va eso.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Confesiones en voz baja

Sonando: Se me ocurre que nadie (Loquillo y Luis Eduardo Aute)

Hoy me he odiado. He querido hacerme daño, me he despreciado, insultado, humillado.

He deseado no existir. He sentido realmente sobrar aquí, no pertenecer a este mundo, no merecer ser ni estar. En mi silencio interior todo sonaba hueco, vacío. Me he repudiado tanto que llegué a advertir ciertas náuseas, me di asco, fui antinatural.

Me deseé males terribles. Me avergoncé de quién soy y de cómo soy, de lo que hago y de cómo lo hago; quise no ser, dejar de ser. Con todas mis fuerzas.

Excavé duramente en la profundidad de mi alma. Lo hice de la manera más agresiva que fui capaz, a un ritmo incesante, así que más bien excavé violentamente contra mi alma. Quería que me doliera.

Y con empeño lo conseguí, logré hacerme daño, atentar contra mí, mancillar mi ser, mi esencia, todo lo que me constituye. Logré sepultarme en el fondo del abismo, allí donde no existe la vida, donde solo existe la vida en la muerte y donde morir no permite el descanso eterno sino una agonía que se prolonga eterna.

Entonces, aquello que era yo, ruina pura, mi yo más débil, yacente en las profundidades de ese infame lugar llamado infierno, bajo la luz de las tinieblas y el aliento del ahogo, alcanzó, por fin, a escuchar el llanto de sus lamentos.

Brotó de mis entrañas toda la podredumbre que me carcomía, mi alma en estado de putrefacción, dañada, agredida, vencida, destrozada completamente por mí y solo por mí, el ser más letal al que me enfrento y al que me enfrentaré; brotó estrepitosamente a la superficie salpicándolo todo de la decadencia más perniciosa que puede asolar a un ser humano, salió aquello afuera en forma de lágrimas y las lágrimas tornaron en río, río de angustia que sigue su curso y que va a dar en la mar, que es el morir.

Comprendí, escuchando mi llanto, que uno no busca la muerte sino que es ella, caprichosa, quien nos ha de sorprender un día; que el río es vida en realidad y que la angustia nunca domina su caudal sino al revés. Entendí que catapultarse al cielo o enterrarse en el infierno es el mismo querer de uno mismo, y que en la última de las últimas instancias eso es lo que queda, uno mismo.

Así pues, hoy, que tuve la valentía desdeñable de odiarme, de querer hacerme daño, despreciarme, insultarme y humillarme, reúno la renovada fuerza de este mi alma purgada, fortaleza que se proyecta en un recorrido potente e infinito que muy probablemente hará sombra a esta sombría escena, para recomponer los pedacitos de mi quebrado ser y, sí, para pedirme perdón y perdonarme, y de este modo recordar que hoy nací vulnerable pero renací más libre.

Pronto más regaliz para dos, amigos.