To me, I’m perfect

Sonando: Lovefool (The Cardigans)

No sé si es obligatorio que llegue febrero para celebrar un día el amor, de hecho ya me rechina que “un día” haya que celebrar el amor en honor a un santo; en cualquier caso, no vengo yo a hablar de sanvalentinadas sino del amor en sí, que, se supone, es la verdadera esencia de tal parafernalia instaurada a su alrededor.

Conozco gente con la necesidad imperiosa de permanecer siempre en una relación sentimental con otra persona, es decir, de tener una pareja. Visto desde fuera y con los ojos de esta que suscribe, he de confesar que nunca lo he llegado a comprender del todo. Y aquí abro un paréntesis para aclarar que yo por supuesto no soy, ni pretendo ser, ejemplo para nadie más que para mí misma, solo hablo desde mi perspectiva y, como en todo, habrá quien comparta opinión conmigo y habrá quien tenga preparada una cabeza de ajos para ahuyentarme como a los vampiros… Pero, ¡tranquilidad! Si algo hay que tener claro en esta vida, es que no se puede gustar a todo el mundo. No pasa nada.

Decía, por tanto, que nunca he logrado entender a las personas que viven en el ansia constante de una relación sentimental, acudiendo a ella como remanso de oxígeno en medio de un ahogo que, por lo visto, les produce despertarse solos o afrontar los devenires de la vida contando únicamente con la propia ayuda. Y, quede claro también, que esto no es un alegato en pro de la soltería, simplemente creo que es cuestión de amor propio. Y es que nos anticipamos a pensar que estamos preparados para compartir una vida (y todo lo que ello conlleva) con otra persona, cuando posiblemente no estamos a la altura de hacerlo siquiera con nosotros mismos: las personas más importantes de nuestras vidas.

Sí, esto ya lo he dicho en contadas ocasiones, eres la persona más importante de tu vida. Este viaje lo hacemos solos, amigos, a ver si lo asimilamos de una vez. Que por supuesto somos seres sociales y sociables (unos más que otros, je je je), que nuestra realización como personas también está sujeta a la interacción con nuestros semejantes y a los distintos tipos de relación que nos unen a ellos, pero que esto es una dinámica del uno a uno. De ti para ti, de tú mismo para contigo. Y es necesario un tronco fuerte, robusto y resistente, sano y saludable, valiente, enérgico, para asegurar la mejor de las ramificaciones.

Se trata de recordar que primero somos nosotros, y no, esto no es egoísmo ni egocentrismo. Se trata de ubicarnos, de conocernos, de meditar nuestro papel individual dentro de este mundo, con nuestras virtudes y defectos, nuestras capacidades, expectativas y deseos. Se trata de mirarnos en el espejo y ser capaces de decir, al más puro estilo Love Actually, que, efectivamente, To me, I’m perfect. Tener, para contigo, la conciencia tranquila. Esforzarnos cada día un poquito más en apreciarnos, valorarnos y respetarnos. Y sobre todo, aprender a perdonarnos. Somos perfectos para nosotros mismos, pero no somos seres universalmente perfectos, cometemos errores. Y al primero a quien decepcionas es a ti, así que comienza por perdonarte a ti. Del mismo modo, quiérete en primer lugar, sé tu prioridad, porque entonces y solo entonces, estarás preparado para compartir tu amor con alguien más y formar parte de un camino de vida constructivo para ambos.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

El amor según Morticia y Gómez 

Sonando: Contigo (Joaquín Sabina)

#YoConfieso que no tengo ni puta idea de qué es el amor. Me refiero al amor de pareja, no al que sienten los padres por los hijos, o los amigos por los amigos. Desconozco si existe un reglamento al respecto, un libro de instrucciones, o cómo va la cosa. Ni idea. Así que por eso, trato de observar lo que vosotros, el mundo en general, entendéis por esa clase de amor. Algunos me dejáis anonadada, pues a pesar de estar inmersos dentro de una relación sentimental de características normalizadas (entiéndase relación normalizada como aquella de tipo estándar, la que la mayoría de mortales sigue y la que obedece a los cánones sociales tradicionales), a pesar de eso, decía, tampoco debéis tener el asunto del amor demasiado claro porque lo que vivís es una relación que no funciona (y eso, disculpen mi ignorancia, pero yo creo que no es amor). Y sí, soy inexperta en la materia, pero tengo ojos en la cara. Envidia cero, vaya.

No obstante, siempre he querido pensar que existen otra clase de parejas.

Individualidades conjuntas que encajan a la perfección y que se profesan algo no relacionado con prejuicios, falsos mitos o creencias tradicionales; un ente superior a todo eso, algo que apenas puede explicarse con palabras, porque no existen calificativos suficientes. Y resulta que, a veces, encontramos ejemplos en los lugares menos pensados. Sí, amigos, no tengo ni puta idea de qué es el amor, pero he descubierto un modelo al que desde ya, me gustaría aspirar. Ellos son Morticia y Gómez Addams.

¡No! No subestimes su condición de personajes de ficción, no te quedes tarareando la banda sonora de la película, ¡no chasquees los dedos! Fija tu mirada y tu capacidad de comprensión hacia la pareja que forman Morticia y Gómez Addams.

Ellos, aparentemente en la tesitura de querer evocar la antítesis al amor y a los sentimientos benévolos en general, muestran de hecho todo lo contrario. Nunca vi algo similar. Jamás encontré una devoción, admiración, pasión incesante y entrega total como la que Morticia y Gómez se profesan. Una relación tan atrayente desde afuera, tan estéticamente perfecta, tan deliciosa en forma y fondo. Sensualidad y erotismo por los cuatro costados, el uno no es sin el otro, y viceversa. Joder, ahora sí, qué envidia.

Casualmente estos días de atrás, una conocida, esposa de marido y madre de unos niños, me comentaba que “con la llegada de los hijos, despídete de tu pareja, lo primero son ellos, tu marido pasa a un segundo plano”. Y entiendo de veras que eso que llamáis amor atraviesa distintos niveles de intensidad según media el concepto tiempo (eterno condicionante), pero… ¿en serio?

¿De verdad hemos de renunciar a la pasión, a la entrega, a la devoción, al “cara mía” y al “mon cheri”? Gómez y Morticia no lo hacen. Siguen bebiendo los vientos el uno por el otro, a pesar de los hijos, la suegra, el mayordomo tipo Frankenstein, los cuñados fétidos y las mascotas con forma de extremidad diseccionada. Vale, sí, que es ficción. Pero quedaos con la esencia, con la sustancia, con los posos, con el trasfondo de los personajes. Decidme si no sentís ni una pizca de admiración por tan bella muestra de afecto, ¿no os entran ganas de darlo todo?, ¿ganas irrefrenables de morirte con él/ella si se mata, y matarte con él/ella si se muere? Pues yo os diré que detrás de mis labios rojos hay una Morticia en potencia. Una romántica literal, de las del siglo XIX, que nada tiene que ver con las moñadas que se os puedan venir a la cabeza. Amor del que seduce, del que atrae, del que te engancha y al que te entregas, siendo entonces más tú de lo que nunca te atreviste a ser. Amor, con todas las letras, del cual no tengo ni repajolera idea.

Pronto más regaliz para dos, amigos.