Cambio de armario

Sonando: Across de universe (The Beatles)

Nunca hago cambio armario. Otoño, invierno, primavera o verano, mis jerséis, bañadores, vestidos, pantalones, camisetas y faldas conviven en perfecta armonía, sin incordiarse los unos con las otras ni los otros con los unos, en una especie de Torre de Babel de prendas de vestir.

En el fondo aquello, aunque sostenido, no deja de ser un caos, así que un día, de buenas a primeras, me atreví con mi primer cambio de armario. El objetivo era hacer un cambio de armario “de manual” y, supuestamente, tener visible, accesible y apetecible la ropa de temporada. La cosa es que yo nunca había hecho un cambio de armario, así que técnicamente no tenía muy claro su funcionamiento: ¿qué haces con la ropa que apartas? ¿La bajas al trastero? Imposible, mi vivienda no dispone de cuarto trastero. ¿La apartas y guardas bajo la cama? Imposible de nuevo, mi cama es un canapé y en el hueco interior están guardadas las cosas que tengo que guardar por carecer de trastero. ¿Destierras la ropa obsoleta en armarios de otras habitaciones de la casa? (¡¿Por qué?! ¡¿Qué culpa tienen ellos?!) ¿La hacinas en el horno y enciendes el modo “pirólisis”?

Decidí ir a por todas. ¿Vas a hacer cambio de armario y no tienes ni idea? Vale, perfecto. Pues hazlo a tu manera. Así que me volví loca. Me enajené por completo. Sufrí una ensoñación. Yo soy así: pienso una cosa y después yo misma me encargo de darle una vuelta de tuerca, y esa vuelta de tuerca es el puñetero Big Bang, y a mí se me eriza el pelo, se me ponen los ojos en blanco y se me sale el cerebro de la cabeza para echar a volar por el universo. Así que convertí mi particular “cambio de armario” en una explosión para mis sentidos y para la aparente armonía que reinaba en mi casa.

Vacié, sobre mi cama, todo el contenido de los armarios de mi habitación. Todo. TODO. T O D O. 

Los armarios quedaron huecos. La habitación se convirtió en un espacio vacío con agujeros. Mi cama, en el medio, había desaparecido: una inmensa montaña de prendas de todo tipo la sepultaba. Y yo, a un lado, exhausta, despeinada y con la mirada fija en la escena, no daba crédito. ¿Cuánta ropa había ahí? ¿Cuántas vidas iban a ser necesarias para usar cada una de las prendas? ¡¿Por qué después resulta que siempre voy vestida igual?!

Aquello me abrió los ojos. En primer lugar, consecuencia del estado de estupefacción que el mercadillo improvisado me había proporcionado, y en segundo lugar, porque recibí una bofetada de realidad. Un bofetón, mejor dicho. Fui consciente de todo lo que tenía, de lo mal que lo gestionaba y de lo lejos que estaba de optimizar nada en aquella habitación. Tuve miedo de que ese patrón de acumulación, ignorancia, desorden y obsolescencia no fuera solo cosa de mi ropa y de mi armario. Así que decidí que el cambio de armario iba a ser otra cosa. Iba a ser el comienzo de un cambio de vida.

Una a una, analicé, doblé y establecí un destino para cada una de las prendas que iban pasando por mis manos. Si se quedaba, le otorgaba su sitio, su espacio y su utilidad. Y su valor, por ínfimo que pareciera, se multiplicaba. Se queda porque tiene sentido.

La otra opción era desecharlo. Bien porque ya había sido todo lo útil que podía, bien porque había pasado a ser todo lo contrario, bien porque ya no aportaba… O sencillamente porque no. Porque a veces las respuestas se materializan en un sí o un no y no hace falta acompañar de argumentos. Lo que se siente es el mayor argumento.

El resultado se tradujo en seis bolsas grandes de inutilidades y obsolescencias. Seis bolsas de “noes”. Y una vez fuera de mi casa, de mi vida, experimenté una increíble sensación de sosiego, de paz. De aire fresco entrando en mis pulmones. Aquello sí tuvo sentido. El verdadero resultado fue descubrir que, efectivamente, menos es más. Que en realidad yo tenía menos pero la sensación era de abundancia, de riqueza. Sonreí. Acepté. Pensé. Y nuevamente, implosioné:

¿Y si empleaba aquel mecanismo en la gestión del resto de las habitaciones de mi casa, para convertirla en un entorno renovado, lleno de aire fresco y espacio? ¿Y SI DESPUÉS IBA MÁS ALLÁ, SUPERABA LO MATERIAL, Y APLICABA EL PROCESO SOBRE MÍ MISMA?

Comencé sacando afuera todo lo que guardo dentro de mí. Imaginaos: no hay cama en el mundo capaz de soportar lo que una persona posee. Que no somos conscientes de todo lo que guardamos, ni en armarios ni en nosotros mismos.

Y al igual que había hecho con la ropa, examiné uno a uno los componentes que me conformaban hasta quedar vacía. Se dice pronto. V A C Í A. Guau. Resulta que yo ya era inmensamente rica mientras anduve años y años buscando riquezas a través de la vía material. Y sí, también encontré en mi interior gran cantidad de lo que ahora consideraba sinsentidos… Pensamientos, ideas, emociones, frustraciones, relaciones personales, cosas inútiles, nocivas, desgastadas. Basura acumulada en el alma.

Procedí entonces con la sentencia del particular juicio: conservar o eliminar. Si el proceso con la ropa y lo material había resultado liberador, el nivel de bienestar que se alcanza reorganizando el universo personal es prácticamente magia. Desechar residuos y despojos que se han albergado adentro toda una vida supone tal sensación de desahogo, que uno se percibe más ágil y liviano.  Literalmente. Y del mismo modo, todo lo que permanece alcanza un valor infinito. Somos afortunados, ¡de verdad! La fortuna no es algo que te llega, la fortuna ya vive en ti. Pero suele ser necesario limpiar y despejar todo lo que la ensucia y la cubre, y dejarla fluir, salir, ser y estar. No es cuestión de esperarla, es cuestión de buscarla y encontrarla… Mucho más cerca de lo que pensamos.

Finalmente sonreí. Porque lo había conseguido. A veces la autocombustión espontánea mental te sacude en el momento preciso y el viaje astral merece la pena. Me había embarcado en un nuevo camino, el de mi nueva vida. Con más espacio, más oxígeno y más pureza. Con la conciencia de saberme afortunada por todo lo que tengo y lo que soy, y con la tranquilidad de atesorar la fórmula que permite dejar ir lo que suma sin realmente sumar.

Parece que empieza a refrescar, ¿no? ¿Cambiamos el armario?

Pronto más regaliz para dos, amigos.

To me, I’m perfect

Sonando: Lovefool (The Cardigans)

No sé si es obligatorio que llegue febrero para celebrar un día el amor, de hecho ya me rechina que “un día” haya que celebrar el amor en honor a un santo; en cualquier caso, no vengo yo a hablar de sanvalentinadas sino del amor en sí, que, se supone, es la verdadera esencia de tal parafernalia instaurada a su alrededor.

Conozco gente con la necesidad imperiosa de permanecer siempre en una relación sentimental con otra persona, es decir, de tener una pareja. Visto desde fuera y con los ojos de esta que suscribe, he de confesar que nunca lo he llegado a comprender del todo. Y aquí abro un paréntesis para aclarar que yo por supuesto no soy, ni pretendo ser, ejemplo para nadie más que para mí misma, solo hablo desde mi perspectiva y, como en todo, habrá quien comparta opinión conmigo y habrá quien tenga preparada una cabeza de ajos para ahuyentarme como a los vampiros… Pero, ¡tranquilidad! Si algo hay que tener claro en esta vida, es que no se puede gustar a todo el mundo. No pasa nada.

Decía, por tanto, que nunca he logrado entender a las personas que viven en el ansia constante de una relación sentimental, acudiendo a ella como remanso de oxígeno en medio de un ahogo que, por lo visto, les produce despertarse solos o afrontar los devenires de la vida contando únicamente con la propia ayuda. Y, quede claro también, que esto no es un alegato en pro de la soltería, simplemente creo que es cuestión de amor propio. Y es que nos anticipamos a pensar que estamos preparados para compartir una vida (y todo lo que ello conlleva) con otra persona, cuando posiblemente no estamos a la altura de hacerlo siquiera con nosotros mismos: las personas más importantes de nuestras vidas.

Sí, esto ya lo he dicho en contadas ocasiones, eres la persona más importante de tu vida. Este viaje lo hacemos solos, amigos, a ver si lo asimilamos de una vez. Que por supuesto somos seres sociales y sociables (unos más que otros, je je je), que nuestra realización como personas también está sujeta a la interacción con nuestros semejantes y a los distintos tipos de relación que nos unen a ellos, pero que esto es una dinámica del uno a uno. De ti para ti, de tú mismo para contigo. Y es necesario un tronco fuerte, robusto y resistente, sano y saludable, valiente, enérgico, para asegurar la mejor de las ramificaciones.

Se trata de recordar que primero somos nosotros, y no, esto no es egoísmo ni egocentrismo. Se trata de ubicarnos, de conocernos, de meditar nuestro papel individual dentro de este mundo, con nuestras virtudes y defectos, nuestras capacidades, expectativas y deseos. Se trata de mirarnos en el espejo y ser capaces de decir, al más puro estilo Love Actually, que, efectivamente, To me, I’m perfect. Tener, para contigo, la conciencia tranquila. Esforzarnos cada día un poquito más en apreciarnos, valorarnos y respetarnos. Y sobre todo, aprender a perdonarnos. Somos perfectos para nosotros mismos, pero no somos seres universalmente perfectos, cometemos errores. Y al primero a quien decepcionas es a ti, así que comienza por perdonarte a ti. Del mismo modo, quiérete en primer lugar, sé tu prioridad, porque entonces y solo entonces, estarás preparado para compartir tu amor con alguien más y formar parte de un camino de vida constructivo para ambos.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

El amor según Morticia y Gómez 

Sonando: Contigo (Joaquín Sabina)

#YoConfieso que no tengo ni puta idea de qué es el amor. Me refiero al amor de pareja, no al que sienten los padres por los hijos, o los amigos por los amigos. Desconozco si existe un reglamento al respecto, un libro de instrucciones, o cómo va la cosa. Ni idea. Así que por eso, trato de observar lo que vosotros, el mundo en general, entendéis por esa clase de amor. Algunos me dejáis anonadada, pues a pesar de estar inmersos dentro de una relación sentimental de características normalizadas (entiéndase relación normalizada como aquella de tipo estándar, la que la mayoría de mortales sigue y la que obedece a los cánones sociales tradicionales), a pesar de eso, decía, tampoco debéis tener el asunto del amor demasiado claro porque lo que vivís es una relación que no funciona (y eso, disculpen mi ignorancia, pero yo creo que no es amor). Y sí, soy inexperta en la materia, pero tengo ojos en la cara. Envidia cero, vaya.

No obstante, siempre he querido pensar que existen otra clase de parejas.

Individualidades conjuntas que encajan a la perfección y que se profesan algo no relacionado con prejuicios, falsos mitos o creencias tradicionales; un ente superior a todo eso, algo que apenas puede explicarse con palabras, porque no existen calificativos suficientes. Y resulta que, a veces, encontramos ejemplos en los lugares menos pensados. Sí, amigos, no tengo ni puta idea de qué es el amor, pero he descubierto un modelo al que desde ya, me gustaría aspirar. Ellos son Morticia y Gómez Addams.

¡No! No subestimes su condición de personajes de ficción, no te quedes tarareando la banda sonora de la película, ¡no chasquees los dedos! Fija tu mirada y tu capacidad de comprensión hacia la pareja que forman Morticia y Gómez Addams.

Ellos, aparentemente en la tesitura de querer evocar la antítesis al amor y a los sentimientos benévolos en general, muestran de hecho todo lo contrario. Nunca vi algo similar. Jamás encontré una devoción, admiración, pasión incesante y entrega total como la que Morticia y Gómez se profesan. Una relación tan atrayente desde afuera, tan estéticamente perfecta, tan deliciosa en forma y fondo. Sensualidad y erotismo por los cuatro costados, el uno no es sin el otro, y viceversa. Joder, ahora sí, qué envidia.

Casualmente estos días de atrás, una conocida, esposa de marido y madre de unos niños, me comentaba que “con la llegada de los hijos, despídete de tu pareja, lo primero son ellos, tu marido pasa a un segundo plano”. Y entiendo de veras que eso que llamáis amor atraviesa distintos niveles de intensidad según media el concepto tiempo (eterno condicionante), pero… ¿en serio?

¿De verdad hemos de renunciar a la pasión, a la entrega, a la devoción, al “cara mía” y al “mon cheri”? Gómez y Morticia no lo hacen. Siguen bebiendo los vientos el uno por el otro, a pesar de los hijos, la suegra, el mayordomo tipo Frankenstein, los cuñados fétidos y las mascotas con forma de extremidad diseccionada. Vale, sí, que es ficción. Pero quedaos con la esencia, con la sustancia, con los posos, con el trasfondo de los personajes. Decidme si no sentís ni una pizca de admiración por tan bella muestra de afecto, ¿no os entran ganas de darlo todo?, ¿ganas irrefrenables de morirte con él/ella si se mata, y matarte con él/ella si se muere? Pues yo os diré que detrás de mis labios rojos hay una Morticia en potencia. Una romántica literal, de las del siglo XIX, que nada tiene que ver con las moñadas que se os puedan venir a la cabeza. Amor del que seduce, del que atrae, del que te engancha y al que te entregas, siendo entonces más tú de lo que nunca te atreviste a ser. Amor, con todas las letras, del cual no tengo ni repajolera idea.

Pronto más regaliz para dos, amigos.