Mi reino no es de este mundo

Sonando: Calidad de vida (Loquillo y Los Trogloditas)

Hoy parafraseo a Jesucristo porque, la verdad, no encuentro manera mejor de expresarlo: mi reino no debe ser de este mundo porque si lo fuera, yo no sería yo.

Resulta que estos días de atrás me pasó una cosa. Me topé con gente mediocre que no sabe que lo es. Es decir, ellos practican y consumen mediocridad a partes iguales y no pueden dejar de hacerlo, son una especie de adictos a la pura megde. Por lo general proyectan la imagen de lo que querrían llegar a ser pero no son. Vaya, un holograma cutre carente de identidad propia, limitado únicamente al acopio de rasgos ajenos socialmente bien vistos, según su criterio.

Me di de bruces con esta gente y fue entonces cuando comprendí lo poco identificada que me sentía con ellos y lo fuera de lugar que me encontraba a su lado. Deduje por tanto que yo no debía ser de su especie y me aferré mentalmente, como quien encuentra un oasis en medio del desierto, a mis cualidades, mis virtudes, mis inquietudes y mis proyectos, y me prometí a mí misma no abandonar ese camino lleno de pequeñas piedras y grandes recompensas, ni por supuesto ser jamás una de ellos.

La realidad nos golpea así de brusco, amigos. Sentir de manera tan clara todo eso significa que una ya, a sus treinta más uno, va siendo capaz de reconocer y diferenciar las sumas de las restas (¡ay, si mis profesoras de matemáticas me leyeran..!) Supongo que a eso se le llama hacerse mayor, pero yo prefiero decir que cada vez me conozco más y mejor. Y que sé lo que quiero y lo que no, y que encima puedo elegir, toma ya.

Quise otorgarles el beneficio de la duda. Imaginé cómo sería la vida dejándose uno al antojo del cauce del río más caudaloso, esperando a que todo tenga que suceder porque aquello que ha de suceder nos sobrevenga y no al revés, siendo nosotros quienes, ávidos de practicar la superación, forjemos el cauce de nuestro propio río a base de crear lo que debe suceder, que no es otra cosa que lo que nosotros, y solo nosotros, queramos que suceda.

Trabalenguas a parte, no fueron capaces de seducirme estas personas. Respeto que vivan bajo el efecto narcotizante que la mediocridad, en todas sus formas y variantes, les proporciona, pero… Yo ahí no encajo. El opio del pueblo es la mediocridad hecha programa de televisión, hecha publicación de red social, moda estúpida, o incluso personificada: en las palabras de ese ignorante que se erigió jefe pero no responsable; del conocido que grita mucho y dice poco, del compañero que presume de banalidades y carece de trascendencia, o en las de ese líder que se empeña en vender humo, y que además se le ve el plumero. Todos entretenidos con la mediocridad que mueve el mundo, siendo partícipes del sinsentido que es el sincriterio, el cual no existe porque faltó inquietud, ambición y empeño.

Ya lo dice Loquillo, “qué fácil consumir mediocridad”. Y qué difícil probarla siquiera cuando la tienes tan identificada, añado yo. Qué satisfacción tan grande provocan la autenticidad, la calidad de vida y el enriquecimiento. Cuánto sacrificio, también. Pero mi reino no es de este mundo y mi mundo consiste en eso.

Podéis ir en paz.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Forges

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Crujiente de otoño

Sonando: So far away (Dire Straits)

Ingredientes:

  • Panecillos tostados.
  • Paté de trufa.
  • Dos rodajitas de queso de cabra por rebanada de pan.
  • Una cucharadita de mermelada de fresas o de frutos rojos por rebanada de pan.
  • Perejil seco para decorar.

Todavía recuerdo esos días de otoño, migajas de calidez que nos dejó el verano y preludio del hastío venidero. Aún con legañas en el alma, que da rabia salir ahí afuera por el chaparrón que pueda caérsele encima a uno, compongo con mis manos los sabores delicados a través de los cuales fluyen los sentidos.

El otoño cruje en forma de panecillo tostado, y se dispone largo y eterno en tonos ocres y dorados. Aparente aridez desvanecida por las lluvias, bosques húmedos y fecundos que conservan manjares en sus adentros, trufas exquisitas no encontradas por todos los ojos que las buscan, dichosos los nuestros que se hicieron con ellas.

De las trufas preciadas nace su esencia en crema, y, cual manto de terciopelo, cubrimos el otoño, panecillo tostado infinito, arropado, que no pase frío. Viene después el sabor intenso del queso de cabra, textura blanda que nació para acoplarse sobre el manto y el pan, los dos unidos, inseparables, fundidos; de manera que ya tenemos al otoño crujiente bajo la humedad de la crema de trufas, al calor que el queso les regala.

Y los días van menguando, y al final de cada uno se adentra el ocaso, cielo rojo que en otoño sabe a los frutos del mismo bosque, aquel que atesoró las trufas y otros galones dorados emergentes en el tiempo de lluvias. Cae el atardecer con sabor a mermelada de fresas sobre nuestro panecillo crujiente vestido al completo de otoño, y por fin al posarse encima descansa, sabedor que su dulzura permanece, y que será el primer sabor que reluzca, paradojas de la vida, aunque atardecer signifique el final de cada día.

Adornará nuestro crujiente de otoño el verde polvo de la pradera, perejil seco soplado por el viento, y será entonces completo, con ocres, rojos, verdes y amarillos, por fin nuestro otoño perfecto.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

4 de marzo

Sonando: En el último trago (José Alfredo Jiménez – interpretada por Los Rodríguez)

Mira que me jode admitirlo, pero sí, ha ocurrido de nuevo. A punto de cumplir años voy yo y me asomo al balcón de la vida, a contemplar qué ha pasado ahí abajo: quién está; quién pasó, y ni me enteré; quién pasó y marchó, pero nunca se fue… Y quién sigue al pie del cañón, soportándome o disfrutándome, según los ojos que lean.

Para mí, el 31 de diciembre está sobrevalorado. Festejos dentro de festejos que transcurren por inercia. Después hay que cambiar de calendario, acostumbrarse a la nueva cifra y… poco más, porque los propósitos son trola y lo sabéis. Sin embargo va terminando febrero y ya huele a 4 de marzo, fecha que me resulta bonita de ver y de escuchar, y que provoca en mí un cosquilleo en el estómago que indica que, ahora sí, ha pasado un año más, y por consiguiente un año menos, dependiendo de nuevo, de los ojos que lo miren.

“¿Y qué he hecho yo en todo este tiempo?”, dice mi lado emocional. Mi lado racional se gira rápidamente y comienza a vomitar informaciones, logros, fracasos, errores y aprendizajes, datos, hechos acontecidos no en el solo intervalo del año transcurrido sino en el del montón acumulado, y, claro, al lado emocional no le queda otra más que callarse y complementar positivamente las aportaciones de su colega, porque, ¿sabéis una cosa? es verdad aquello de que al final tendemos a quedarnos con lo bueno, con lo que suma. Las cosas malas no parecen tan malas cuando el tiempo ha fermentado bien entre tanto y de todo eso obtenemos una copa de buen vino. Yo me tomo la mía a vuestra salud.

Pero no todo iba a ser embriaguez dulce en la senda de la vida. Lo peor de cumplir años, para quienes consideramos la edad un apéndice de la mente y no un condicionante, son las valoraciones ajenas al hecho en sí y el impacto que, según el criterio del ajeno de turno, debería significar en nuestras vidas. Esto también ocurre cuando te reencuentras con alguien a quien no ves desde hace tiempo: prejuicios, juicios y postjuicios. En algunas ocasiones me habéis leído y escuchado satirizar sobre ello o incluso disertar con mala leche (es que hay días que me levanto muy punk): no entiendo por qué debo yo obedecer un modelo de vida que a alguien (o a muchos) les encaja (o se lo encajan), si soy feliz viviendo a mi manera.

Conozco gente de mi edad, que… Rectifico. Conozco gente, que, siguiendo religiosamente con los mandamientos de “la vida social normal”, un libro no escrito que describe todo lo que hay que cumplir a cada cierta edad, vive sumergida en el océano de la frustración, profunda inmensidad donde las haya, no quisiera yo zambullirme en sus aguas. También sé de casos desesperados por empezar a formar parte de esas leyes sin papel, dando vueltas en bucle a sus relojes de arena y con la psicosis continua de que alguien les pueda señalar con el dedo. O quienes alardean de “vida social normal” y lo que tienen es una vida máximamente mierder, mierda pura, pura megde, mes amis. Si te has reconocido en alguno de estos tres grupos, quizá te convenga una de tiempo fermentado seguido de copa de buen vino.

Así que hoy, cuatro días después de haber comenzado marzo, me reafirmo, me re-libero y huyo de los estereotipos sociales dominantes. Elijo vivir mi vida, fabricármela yo a mi estilo, a veces planeando y otras improvisando, disfrutando cada etapa y quemando los cartuchos al ritmo que se me antoja. Y no es fácil, ¿eh? Os lo aseguro. Pero sé firmemente que merece la pena.

Y supongo que no tengo remedio y que, como los propósitos son trola, el año que viene me volverá a pasar lo mismo, sentiré el impulso por estas fechas de asomarme al balcón de la vida y hacer balance, y estaré tentada de llevarme las manos a la cabeza porque no me parezco a las chicas de la tele. Entonces me calzaré mis tacones, retocaré mis labios rojos, sonreiré frente al espejo y sabré que sigo allí, conmigo misma, fiel a la persona más importante de mi vida. Un año más, con tantos que quedan por delante, dispuesta a no dejarme llevar, a ser escritora de mi propio libro, que existe y que es de verdad, y que, quizá, leáis algún día.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Every teardrop is a waterfall

Sonando: Fix You (Coldplay)

…y me sumergí en aquel mar de aguas cristalinas y brillo escarchado, ni sé por qué lo hice, no hubo razón primera, solo me dejé a su merced, a la del instinto que me empujó a ello, abandonarme en aquel océano infinito de superficie iridiscente y profundidad azabache, que asusta y atrae a partes iguales, venciendo por fin el irrefrenable deseo de ser yo ese agua, y de ser ese agua mi propio ser.

Y bucear en la inmensidad de lo inmenso significa perderse en las entrañas de algo que nunca se acaba, mas supone también un horizonte de distancia eterna, que dura la vida, una vida entera, y que lo inunda todo, y que igual que fatiga la sola idea de tener que recorrerlo, tener que recorrerlo amenaza el cometido más maravilloso de esta vida mía.

Así que, valiente de intenciones y liviana de preocupaciones, en esas me encontré yo, deslizándome por el precipicio que aboca al abismo, fea cosa le parece al oído. Pues resultó la inmersión la experiencia más cálida que sintieran jamás mis entrañas, y me acomodé, y me regocijé en ese agua que, para mi asombro, olía a madera, a roble fornido, a pradera, y pensé entonces que sí existía paraíso sobre la faz de la Tierra.

Más tarde llegó , inexorable, el ocaso, con la oscuridad por bandera, y las aguas se tornaron turbias, y subió la marea. La calma fue bravura, hubo olas guerreras. Y me dolía, y le dolía, y lloró, y lloré, y por aquel océano encontré una salida, río de lágrimas surqué, y acababa aquel camino cuando ya solo pensaba que era El Fin ese destino.

Al irse la tempestad regresó la que siempre impera, y sin palabras mediante, todo volvió a ser lo que era. Arduo encontrar modo y manera para explicar los caprichos de la naturaleza, antojo el mío cuando alcanzó mi mirada el balcón de tus ojos, y…

…me sumergí en aquel mar de aguas cristalinas y brillo escarchado, ni sé por qué lo hice, no hubo razón primera…

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Qué bonito duermes

Sonando: A que no me dejas (Alejandro Sanz)

Anoche estuve soñando contigo. Déjame decirte que toda la noche la pasé a tu lado, inundándonos la vida y alejándonos la muerte, que nunca desaparece pero sí se difumina cuando tu tiempo y el mío no es tuyo ni mío sino que son uno y son el mismo.

Y quiero que sepas que toda la noche fui tuya, y que no solo el cuerpo estuvo desnudo, que vestirse o desvestirse no es solo cosa de ropas y abrigos, pues al calor de las almas fundidas la noche encendió, y toda la noche ardió, y no hizo frío.

Que tanto que habló tu boca junto a la mía, tanto que se dijeron nuestras miradas perdidas, en aquel horizonte donde no alcanzan los mortales, allí donde se pierde el miedo y la vida nace, pasaron, interminables, los minutos, las horas y los días.

Y cada momento ocurrido fue tan real como si vivido, tan especial como infinito. El brillo de tus ojos es hoy el de los míos, el perfume de tu cuello es el aire que respiro, poco a poco, lentamente, que al faltarme siento ahogo, y no lo siento de otro modo, soy muy tuya, y tú muy mío.

Y “qué bonito duermes”, me dirías, si al verme soñarte tan fuerte, soñaras conmigo en mi sueño, que no dormidos, sino despiertos, amaneciera el alba así ardiendo, yo a tu vera, y tú a la mía.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

Mujeres luchando con la vida

Sonando: Myth (Beach House)

… Y entonces se incorporó del lugar donde yacía, se giró hacia la derecha, y dejó caer sus piernas por el abismo de su cama. Sus pies, descalzos, colgaban oscilando a ritmo pausado y ella, todavía adormilada, trataba de averiguar el día exacto en el que se encontraba.

Tenía la sensación de haber estado durmiendo un millón de años, de haber experimentado un letargo más que un sueño, sin embargo se sentía reconfortada. El sol, descarado, se colaba por su ventana, y el invierno parecía más tímido que nunca. Pensó que era el momento y fijó la vista al frente. Entonces tomó aire, cogió impulso y emprendió un viaje.

Llevaba consigo un equipaje pesado, lleno de preguntas sin respuesta, de enigmas sin resolver, dudas que amenazaban eternas. Sí, un buen equipaje, desde luego. Pero ella estaba tranquila, pues sabía que en algún rincón de su maleta también se encontraba, dobladita, la certeza de encontrar alivio a todo aquello.

Allí donde fue le aguardaba nada más y nada menos que la voz de su conciencia. Se estaban esperando, se esperaban mutuamente, pero ambas no lo sabían. Ella se dio cuenta de quién le hablaba cuando una boca que no era la suya sino la de quien allí aguardaba expresó, a través de palabras, lo que vivía en sus entrañas desde hacía bastante tiempo. Comprendió entonces que le hablaba la voz de su conciencia, pues solo la propia conciencia es capaz de dar forma exacta a las ideas que habitan dentro de uno mismo. Y lo que concibió mediante palabras la voz de su conciencia ha de quedar aquí plasmado, porque si a ella le devolvió a la vida una vez, quisiera creer que a muchas otras “ellas” les revivirá en algún otro momento también.

Sucede que eres una mujer. El ser más fuerte que habita la Tierra no es un hombre, es una mujer, pero el hombre se pasó toda su vida intentando minar la proyección de su compañera. Nacimos, crecimos, morimos a la sombra del hombre. Nos impusieron una idiosincrasia y nosotras, a lo largo de los siglos, la aceptamos. Hemos jugado a su juego y les hemos erigido dominantes, y por consiguiente, las sociedades se construyeron esperando de nosotras ciertos comportamientos, ciertas actitudes, aptitudes y funciones; lo cual, hoy día, solo nos permite luchar. Luchar con la vida, porque eso es lo que somos: mujeres luchando con la vida.

Ahora bien, una vez asimilado esto, y sintiéndonos mujeres luchadoras porque precisamente no aceptamos el modelo impuesto, cabe la posibilidad de que las presiones externas asolen nuestro ser. Tu alma devastada por falsas creencias y por prejuicios que no somos capaces de superar. El Hombre se ha preocupado tanto de evolucionar su entorno, que olvidó evolucionarse a sí mismo.

Cuanto más fuerte sea esa presión, más fuerte deberás ser tú. No olvides que eres una luchadora, y como tal, nunca has de bajar la guardia. El modelo imperante es eso, un modelo, uno entre miles a seguir: tú eliges el tuyo y tú decides cómo y dónde quieres llegar. Somos especiales y únicas, y todo lo que esperas de esta vida a la que te enfrentas, ha de llegar. Ten la seguridad de que así será, con paciencia, todo va a llegar. Venimos de un lugar y tenemos que cambiar cosas para situarnos allá donde nos queremos ver. No se atisba camino fácil pero nadie dijo que lo fuera a ser. Mas recuerda que eres poderosa y lo conseguirás. Cambiarás ciertas cosas y entonces cambiarás las cosas. Y por fin la lucha habrá merecido la pena.

No supo qué fue exactamente, si sus bajas expectativas iniciales, su actitud receptiva o una señal que el destino, sabio, le había preparado. Pero nació de nuevo en aquel viaje, y se sintió más viva que nunca, más luchadora que nunca, más poderosa que nunca, más mujer que nunca.

Regresó sin maleta y se calzó sus zapatos rojos de tacón.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

A Patty.

Confesiones en voz baja

Sonando: Se me ocurre que nadie (Loquillo y Luis Eduardo Aute)

Hoy me he odiado. He querido hacerme daño, me he despreciado, insultado, humillado.

He deseado no existir. He sentido realmente sobrar aquí, no pertenecer a este mundo, no merecer ser ni estar. En mi silencio interior todo sonaba hueco, vacío. Me he repudiado tanto que llegué a advertir ciertas náuseas, me di asco, fui antinatural.

Me deseé males terribles. Me avergoncé de quién soy y de cómo soy, de lo que hago y de cómo lo hago; quise no ser, dejar de ser. Con todas mis fuerzas.

Excavé duramente en la profundidad de mi alma. Lo hice de la manera más agresiva que fui capaz, a un ritmo incesante, así que más bien excavé violentamente contra mi alma. Quería que me doliera.

Y con empeño lo conseguí, logré hacerme daño, atentar contra mí, mancillar mi ser, mi esencia, todo lo que me constituye. Logré sepultarme en el fondo del abismo, allí donde no existe la vida, donde solo existe la vida en la muerte y donde morir no permite el descanso eterno sino una agonía que se prolonga eterna.

Entonces, aquello que era yo, ruina pura, mi yo más débil, yacente en las profundidades de ese infame lugar llamado infierno, bajo la luz de las tinieblas y el aliento del ahogo, alcanzó, por fin, a escuchar el llanto de sus lamentos.

Brotó de mis entrañas toda la podredumbre que me carcomía, mi alma en estado de putrefacción, dañada, agredida, vencida, destrozada completamente por mí y solo por mí, el ser más letal al que me enfrento y al que me enfrentaré; brotó estrepitosamente a la superficie salpicándolo todo de la decadencia más perniciosa que puede asolar a un ser humano, salió aquello afuera en forma de lágrimas y las lágrimas tornaron en río, río de angustia que sigue su curso y que va a dar en la mar, que es el morir.

Comprendí, escuchando mi llanto, que uno no busca la muerte sino que es ella, caprichosa, quien nos ha de sorprender un día; que el río es vida en realidad y que la angustia nunca domina su caudal sino al revés. Entendí que catapultarse al cielo o enterrarse en el infierno es el mismo querer de uno mismo, y que en la última de las últimas instancias eso es lo que queda, uno mismo.

Así pues, hoy, que tuve la valentía desdeñable de odiarme, de querer hacerme daño, despreciarme, insultarme y humillarme, reúno la renovada fuerza de este mi alma purgada, fortaleza que se proyecta en un recorrido potente e infinito que muy probablemente hará sombra a esta sombría escena, para recomponer los pedacitos de mi quebrado ser y, sí, para pedirme perdón y perdonarme, y de este modo recordar que hoy nací vulnerable pero renací más libre.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

La gran mentira

Sonando: Like a Rolling Stone (The Rolling Stones)

Dice el refranero español:

Dime de qué presumes y te diré de qué careces

Y es posible que el refranero español huela a naftalina, sí, pero no me negaréis que tiene siempre más razón que un santo…

No sé cuán celosos seréis de vuestra intimidad, o mejor dicho, no sé hasta dónde queréis que se os conozca públicamente. Hasta dónde podemos pasar los curiosos: ¿Hasta la cocina? ¿Hasta el dormitorio? ¿El cuarto de baño, quizá? Pensad en que somos cotillas e irrumpiremos como un huracán destruyéndolo todo a nuestro paso, y además querremos carnaza, ¿eh?, que no nos conformamos con cualquier cosa.

Seguro que vuestras conciencias habrán afirmado con contundencia: “mi intimidad es mía y de nadie más”, pero, ah, amigos, os equivocáis. Os estamos leyendo el diario y nos estamos nutriendo de esa información, y la información es poder, no lo olvidéis, así que básicamente nos hacemos fuertes con respecto a vosotros, pero gracias a vosotros, y además de manera gratuita, vaya, que os vemos el plumero by the face y no os dais ni cuenta.

El caso es el siguiente: el día que Mark Zuckerberg parió Facebook, nuestras vidas cambiaron. Para siempre.

Irrumpió entonces la necesidad imperante de mostrarlo todo, a cada momento, a cada persona, en cada lugar. Después vimos que eso otorgaba cierta popularidad, e incluso beneficios colaterales que no esperábamos, cómo mola, ¿no? Nos vinimos arriba y lo dimos todo. TODO.

Y después de años de evolución de esta y otras redes sociales, de hecho después de tener asimiladísimo el término “red social”, os habéis quedado en cueros, con la que está cayendo, mostrándonos mil y un secretos de vuestra fachada y lo que es peor, de vuestra personalidad; nos hacéis tragar con un modelo de vida supuestamente idílico basado, por lo visto, en putas magdalenas cupcakes y muffins, cafés en vaso de cumple Starbucks; iMierdasVarias, iPads, iPhones, iPods; comidas y cenas a base de puto pescado crudo sushi, sushi con fresas, sushi con plátanos, sushi con Susi la del quinto; y ¡velas! velas everywhere,  que no nos falten las putas velas. Pero un denominador común: uno mismo, que se convierte en producto y por consiguiente, se vende al amparo de la propia marca. Lo que los gringos llamarían personal branding, vamos…

Y nos colocáis la falsa moral, la de la sonrisa vacía, la de la felicidad que de tan infinita se vuelve plástico, la de yo quiero tener un millón de amigos pero en Facebook; nos metéis con embudo y en modo non-stop frases anónimas de Mr.Wonderful y demás que abogan por un mundo de unicornios o bien pretendéis inculcar filosofía barata; tenéis la manía decencia de avisarnos cuando ocurren todos algunos hitos importante en vuestras vidas… Y queréis respuestas, exigís feedback, necesitáis reacciones de vuestro público, que para algo os estáis currando una marca, claro que sí.

Si recordáis el refrán del principio, poco más que añadir, señoría. Cada cual es de cada uno y cada uno es muy libre de venderse como quiera, faltaría más. Adonde yo quiero llegar es al trasfondo, como siempre, porque ya os decía que hasta el infinito la cocina y más allá, que la cocina a solas se me queda corta. Me gustaría que os quitarais el disfraz. La sonrisa de pega, los amigos desconocidos de pega, la copa de vino que no os gusta, la frase que no entendéis de un señor del que sabéis nada, el sushi que no os alimenta, el tanque de café que os da una cagalera de las de no conocer ni tu propio nombre, aunque esté escrito en el vaso. Bajad de ese pedestal que os habéis colocado, no os vayáis a caer, ¿qué hay del ser que habita en tu cuerpo? Nos gustan las personas auténticas. Sin retoques, sin filtros, sin factores postizos, sin modas enfermizas, sin aditivos artificiales.

No tengáis miedo a decir que estáis jodidos. Que sois de carne y hueso, que tenéis ahí esa lorcilla asomando, que me os ha salido un grano terrible en la cara, que tenéis unas raíces de kilómetro. No temáis a eludir algún que otro plan porque no gozáis de buen nivel económico, no necesitamos saber que dais la vuelta al mundo dos veces, en serio. No pasa nada porque un sábado noche os quedéis en vuestras casas, y no pasa nada si vuestra casa es, todavía, la de vuestros padres. Si tenéis pareja, probad a manifestarle vuestros sentimientos en vivo y en directo. Nosotros estamos encantados de que celebréis el amor, pero entended que los mensajes directos son propiedad de un solo receptor. Y si no tenéis pareja, no os dejéis intimidar por quienes pretenden ridiculizar esa situación, que no os avergüence reconocerlo, que más tienen que esconder aquellos que se esfuerzan inútilmente en seguir adelante cuando están vacíos por dentro.

Pensad en quiénes sois y no dejéis de serlo. No nos permitáis entrar más allá de donde vosotros queráis, preferiblemente no más lejos del recibidor. No expongáis una fachada que no corresponde con vuestro interior, sed humildes. No intentéis engañarnos, si es posible; pero sobre todo, hacedlo posible: no intentéis engañaros.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

 

La última vida de un gato

Sonando: Te he echado de menos (Los Secretos)

Hacía un frío espantoso aquella noche de noviembre, pero Rodri quería salir y cerrar todos los bares. Era miércoles, sí: ¿quién sale un miércoles gélido, en Madrid? Pues ya ves, parecía que nosotros. Me soltó, para convencerme, un discurso acerca de la juventud efímera, la dorada época universitaria y lo lejos que quedaban los exámenes de febrero… Además de su archiconocida teoría de que el mundo acabaría en el año 2000, claro. El caso es que faltaba mes y medio…

Qué coño, ¡quiero beber hasta perder el control, Rodri!

Anduvimos por nuestro barrio adoptivo, Malasaña. Los dos adorábamos los resquicios ochenteros que emanaban esas calles, por eso compartíamos un apartamento enanérrimo en la zona. Preferíamos vivir en una caja de cerillas con vistas a La Bola de Cristal antes de hacerlo en un piso estándar que nos convirtiera en estudiantes de provincia de vida estándar. De antro en antro, iban corriendo las primeras cervezas y algún chupito de muerte con limón y sal: no sé si eran mis bajas expectativas de aquella noche o que los planes improvisados son los mejores, pero lo cierto es que la cosa estaba resultando de lo más divertida. Atravesamos la Plaza del 2 de mayo y seguimos sin perder ritmo en La Vía Láctea, para aterrizar por fin en El Penta, como no podía ser de otra manera.

Al entrar sonaba Déjame, de Los Secretos. Mientras Rodri iba a pedir más unas birras, yo, presa de la música (y de lo anteriormente bebido), me entremezclé con la gente que había y me entregué a la música. El Penta es ese lugar mágico que provoca un punctum instantáneo a quien lo visita, trasladándole emocionalmente a La Movida madrileña y evocando sensaciones de las que erizan la piel. Cada canción nueva superaba a la anterior y ahí estábamos Rodri y yo, coreando todos los estribillos. Bailamos como Alaska con Perlas Ensangrentadas y practicamos una buena sesión de air guitar según empezó El ritmo del garaje, de Loquillo y Los Trogloditas. Varias canciones después yo necesitaba ir al baño, así que me dirigí a él a través de las escaleras de acceso, situadas al lado de la cabina del DJ. Al comenzar a descenderlas (a paso lento debido a mi coordinación motriz de dudosa calidad), me parecía estar bajando a una gruta, o al infierno, vete tú a saber. La tenue iluminación fue suficiente para adivinar, en el mínimo descansillo, el cartel de un concierto pasado y, embobada tratando de leer las bandas que se anunciaban en el mismo, tropecé con un tipo de pelo enmarañado, ojos llorosos y cazadora vaquera, quien, sin darme tiempo para disculpas, huyó con menos artes que yo, en dirección opuesta.

Tras La chica de ayer de Nacha Pop, decidimos que era ya momento para ir poniendo fin a la velada, así que recogimos nuestros abrigos y salimos a la calle dispuestos a emprender el camino de vuelta a casa. En la Calle Espíritu Santo la última luz en el barrio se acababa de apagar, pero en aquella penumbra divisamos un cuerpo que yacía, aparentemente inconsciente, a la entrada del portal número 23. Rodri me apremió y aceleramos el paso para llegar hacia él: mi corazón dio un vuelco cuando, por su cazadora, reconocí al chico con quien antes había tropezado en El Penta. Tal y como preveíamos, estaba dormido, incosciente o… ¿muerto?, así que presa del pánico, la cosa solo dio para bloquearme y soltar improperios por doquier. Afortunadamente Rodri sabe reaccionar de un modo más coherente en situaciones límite y con gesto exhortativo me ordenó que siguera sus indicaciones. Él estudiaba enfermería y actuaba con rapidez, muy seguro de lo que se hacía. Obedeciéndole, coloqué la cazadora del chico bajo su cabeza, a modo de almohada, mientras Rodri le desabrochaba la camisa; entonces gritó que pidiera ayuda y comenzó a practicarle el masaje cardíaco. Corrí sin dirección y llegué al primer cruce, donde paré en seco para comprobar que mi amiga mala suerte, como por arte de magia, se transformaba en ambulancia.

No podía dejar de temblar, todavía aturdida, mientras la Policía, que se había personado en el lugar tras el aviso del personal sanitario, nos identificaba y tomaba declaración. Rodri se afanaba en dar todos los detalles y pidió conocer el hospital al que se dirigían con aquel chico; estaba a punto de amanecer y yo tenía la sensación de haber vivido la noche más larga del mundo. Pensativa me concentré en el encontronazo fortuito de las escaleras de El Penta: ¿acaso la vida nos pone determinadas personas en el camino, con alguna clara intención?

Dos días después de aquello, encontramos una carta manuscrita en nuestro buzón. En el sobre, como remite, figuraba la palabra “Gracias”, así que lo abrimos en casa, una vez estuvimos ambos presentes. En su interior solo un folio con la siguiente frase: “Ya sabes cómo hay que apurar la última vida de un gato”, que firmaba, debajo, Enrique Urquijo.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

A la memoria de Enrique Urquijo, 17-11-1999.

El amor según Morticia y Gómez 

Sonando: Contigo (Joaquín Sabina)

#YoConfieso que no tengo ni puta idea de qué es el amor. Me refiero al amor de pareja, no al que sienten los padres por los hijos, o los amigos por los amigos. Desconozco si existe un reglamento al respecto, un libro de instrucciones, o cómo va la cosa. Ni idea. Así que por eso, trato de observar lo que vosotros, el mundo en general, entendéis por esa clase de amor. Algunos me dejáis anonadada, pues a pesar de estar inmersos dentro de una relación sentimental de características normalizadas (entiéndase relación normalizada como aquella de tipo estándar, la que la mayoría de mortales sigue y la que obedece a los cánones sociales tradicionales), a pesar de eso, decía, tampoco debéis tener el asunto del amor demasiado claro porque lo que vivís es una relación que no funciona (y eso, disculpen mi ignorancia, pero yo creo que no es amor). Y sí, soy inexperta en la materia, pero tengo ojos en la cara. Envidia cero, vaya.

No obstante, siempre he querido pensar que existen otra clase de parejas.

Individualidades conjuntas que encajan a la perfección y que se profesan algo no relacionado con prejuicios, falsos mitos o creencias tradicionales; un ente superior a todo eso, algo que apenas puede explicarse con palabras, porque no existen calificativos suficientes. Y resulta que, a veces, encontramos ejemplos en los lugares menos pensados. Sí, amigos, no tengo ni puta idea de qué es el amor, pero he descubierto un modelo al que desde ya, me gustaría aspirar. Ellos son Morticia y Gómez Addams.

¡No! No subestimes su condición de personajes de ficción, no te quedes tarareando la banda sonora de la película, ¡no chasquees los dedos! Fija tu mirada y tu capacidad de comprensión hacia la pareja que forman Morticia y Gómez Addams.

Ellos, aparentemente en la tesitura de querer evocar la antítesis al amor y a los sentimientos benévolos en general, muestran de hecho todo lo contrario. Nunca vi algo similar. Jamás encontré una devoción, admiración, pasión incesante y entrega total como la que Morticia y Gómez se profesan. Una relación tan atrayente desde afuera, tan estéticamente perfecta, tan deliciosa en forma y fondo. Sensualidad y erotismo por los cuatro costados, el uno no es sin el otro, y viceversa. Joder, ahora sí, qué envidia.

Casualmente estos días de atrás, una conocida, esposa de marido y madre de unos niños, me comentaba que “con la llegada de los hijos, despídete de tu pareja, lo primero son ellos, tu marido pasa a un segundo plano”. Y entiendo de veras que eso que llamáis amor atraviesa distintos niveles de intensidad según media el concepto tiempo (eterno condicionante), pero… ¿en serio?

¿De verdad hemos de renunciar a la pasión, a la entrega, a la devoción, al “cara mía” y al “mon cheri”? Gómez y Morticia no lo hacen. Siguen bebiendo los vientos el uno por el otro, a pesar de los hijos, la suegra, el mayordomo tipo Frankenstein, los cuñados fétidos y las mascotas con forma de extremidad diseccionada. Vale, sí, que es ficción. Pero quedaos con la esencia, con la sustancia, con los posos, con el trasfondo de los personajes. Decidme si no sentís ni una pizca de admiración por tan bella muestra de afecto, ¿no os entran ganas de darlo todo?, ¿ganas irrefrenables de morirte con él/ella si se mata, y matarte con él/ella si se muere? Pues yo os diré que detrás de mis labios rojos hay una Morticia en potencia. Una romántica literal, de las del siglo XIX, que nada tiene que ver con las moñadas que se os puedan venir a la cabeza. Amor del que seduce, del que atrae, del que te engancha y al que te entregas, siendo entonces más tú de lo que nunca te atreviste a ser. Amor, con todas las letras, del cual no tengo ni repajolera idea.

Pronto más regaliz para dos, amigos.