Un año de blog

Sonando: Un año de amor (Luz Casal)

Siempre tuve claro que de estos deditos de pianista que Dios me dio nunca saldrían melodías de piano pero sí esas ideas que me rondan la mente y la agujerean como queso Gruyere desde tiempos inmemoriales. No es que de los dedos salga literalmente algo, entendedme seres del Averno, solo trato de expresar que mis manos, a través de la escritura, iban a ser capaces de plasmar aquello que surge en mi cabeza.

La oratoria nunca fue mi mayor cualidad, mis habilidades sociales no se caracterizan por una enorme elocuencia, tampoco puedo decir que se me oiga en exceso allá donde voy. No soy la pesada que te taladrará con llamadas telefónicas para esto y aquello y rara vez seré la primera en hablar en público, lo cual no significa, por otra parte, que permanezca ausente a todo lo que me rodea. Os observo, amigos. Mucho.

Soy de las de “la procesión va por dentro”, una especie de esponja que se pasa el día absorbiendo información, datos, comportamientos, actitudes, imágenes, palabras, conversaciones, sonidos… Después los proceso y los macero, durante tiempo indefinido, en mi chaveta loca, y cuando adquieren consistencia y forma, regresan al exterior convertidas en letras, palabras, frases, párrafos… Y entonces todo tiene sentido.

Un día comprendí que estaba acumulando demasiadas cosas en ese ámbito etéreo de mí misma, que debía hacer caso a mi intuición que ya me venía avisando de que la carrera de piano no era lo mío, y que comunicar no solo es abrir el pico, como tantas veces os digo. Así que con un poquito de aquí y otro poquito de allá… Nació Regaliz para dos, un jueves 1 de octubre, de hace exactamente hoy un año.

Vio la luz Regaliz para dos un 1 de octubre de 2015 y prácticamente nadie supo de su alumbramiento. Fue algo mío, como casi todo lo que hago, porque me paso tanto tiempo dentro de mi círculo íntimo que a veces olvido que formo parte de un colectivo llamado sociedad, con grupos cercanos que requieren atención y actividad por mi parte. Pero bueno, en este caso me perdonaréis que no anunciara a bombo y platillo el inicio de este blog, porque es algo muy mío y las cosas de uno, uno decide cuándo presentarlas.

Decidí que la entrada del 17 de noviembre sería la idónea para saludaros y haceros conocedores de Regaliz para dos. Coincidiendo con el 16º aniversario de la muerte de Enrique Urquijo, creé un relato que de verdad me habría gustado hubiera sido cierto, en el cual Enrique no moría. Estuve (estoy) muy orgullosa de esa historia y pensé que no había mejor manera de contaros mi proyecto personal, que esa. Y así hice, y así es como conocisteis Regaliz para dos, y con ello mi faceta de hablar con palabras escritas, o escribir con palabras habladas, de las que salen desde muy adentro.

Algunos os asombrasteis y otros muchos no, porque quienes más me conocéis ya sabíais que nunca fui de números y mucho de letras, por lo tanto esto era algo casi previsible. Para mí fue realmente un gran paso y forma parte de mi trabajo conmigo misma en saber manejar mi timidez y potenciar mis cualidades, porque para eso están, amigos.

Así que desde entonces y hasta hoy, he ido publicando, con mayor o menor asiduidad, una entrada o post en este blog que es muy mío pero que cada vez es más de todos; os he invitado a reflexionar, a pensar, a hacer autocrítica; también os he incitado a reír, a emocionaros, ¡a preocuparos por mí en alguna ocasión!, y a tararear canciones y tener siempre, en cada nueva entrada, una canción de fondo. Regaliz para dos se lee con música, porque las palabras fluyen y se asimilan mejor cuando tienen una melodía sobre la que apoyarse.

Hoy, además de celebrar que escribo públicamente desde hace un año, quiero presentaros la lista o playlist, en Spotify, de Regaliz para dos. Todas y cada una de las canciones que han dado soporte, y continuarán haciéndolo, a todos las publicaciones que han sido, son y serán. Os invito a localizarla y a seguirla, a leerme con ella sonando, o simplemente os propongo que la hagáis vuestra en aquellos momentos que consideréis. Podéis acceder a ella pinchando aquí.

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Y como hoy estamos de cumpleaños, me encantará que os toméis esa copa de vino, cerveza, refresco o Cola Cao con magdalenas a la salud de este blog, de la palabra, de comunicar y de echarle ganas a las cosas que te gustan y que te hacen feliz. Gracias a todos por invertir unos minutos de vuestro tiempo en leerme siempre, no sabéis lo gratificante que es. Seguiremos compartiendo regalices, mientras estos dedos den voz a las ideas.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

Muerte por etiquetitis

Sonando: Madness (Muse)

Sepan ustedes que me he ataviado de la siguiente manera para comenzar a escribir estas líneas:

  • En el pelo, un tupé amarrado con horquillas, y una cola de caballo.
  • Maquillaje: ojos de gata, cat-eyes o lo que viene siendo un eye-liner nivel Amy Winehouse. Y labios color cereza.
  • En el cuello, una gargantilla de perlas.
  • Una camiseta ancha, tanto, que podría decirse que es de estar por casa (pero no).
  • Unos pantalones vaqueros pitillo con rotos y dobleces en los bajos, sí, de esos que tu madre te pregunta por qué pagas por algo que viene roto de la tienda.
  • Una chupa de cuero del mismo rojo que los labios.
  • Y los zapatos que os enseñé en Mujeres luchando con la vida.

Algunos pensaréis que vaya cuadro, otros que qué pintan las perlas con los cueros y los labios con las cerezas, las camisetas anchas con los tacones y con los pantalones rotos… Otros, los menos, me diréis: ¡los pitillo ya no se llevan! Y otros, directamente, que me he vuelto loca y no tengo claro qué estilo seguir, que mi vida está abocada a un fracaso estrepitoso y que el evangelio según Santa Vogue, obviamente, nunca ha figurado entre mis lecturas de mesilla de noche (vale, esto es verdad). Si no me conoces, es posible que intentaras ubicarme dentro de alguna tribu urbana, en el colectivo pijo, dentro de los modernos o ¡dentro del Bershka! Y supongo que algunas de vuestras neuronas sufrieron un calambre fuerte al no quedar claro, según el aspecto descrito, dónde colocarme, cómo definirme y en qué grupo clasificarme, ya que, a priori, las perlas de mi cuello denotan todo lo contrario a lo que los rotos de mis pantalones expresan, y es que… ¡¿Quién osa mezclar conceptos extremadamente opuestos?! Pues yo.

Lo que ocurre aquí es que sufrimos de etiquetitis. Y me explico, camaradas.

Partimos de un concepto muy básico: comunicamos la propia esencia no solo con nuestras palabras, sino también con nuestros hechos y con elementos perceptibles por todo ojo humano, como la forma de vestir, el peinado, maquillaje, barba, bigote o las famosas perillas sobre las que ya os hablé; más allá del aspecto físico seguimos comunicándonos a través de la música que escuchamos, el tipo de cine o televisión que vemos, las lecturas que acometemos, nuestras actividades de ocio y tiempo libre o incluso la dieta que decidimos seguir; nuestros gustos generales y también los particulares, los sexuales y, en definitiva, todo aquello con lo que, de alguna manera, nos dirigimos al mundo.

La imagen que proyectamos no deja de ser eso, una imagen al fin y al cabo, y como tal, dependerá siempre de los ojos con los que sea mirada. Influirán en el veredicto los estereotipos, prejuicios, tendencias sociales, la personalidad de cada uno… Sin embargo, si algo nos ha enseñado esta nuestra sociedad, es a entender los conceptos personales que percibimos, como excluyentes entre ellos cuando no pertenecen al mismo ámbito. Así pues, y volviendo a mis pintas iniciales, si consideramos que llevar una gargantilla de perlas “es de pijas” y llevar pantalones rotos “de macarras”, algo falla ahí porque una cosa no puede ser con la otra, y viceversa. Porque si te defines dentro de un colectivo, debes permanecer en él, impertérrito, para siempre, siendo consecuente con lo que suponga la pertenencia al mismo, y por supuesto, demostrando una fidelidad que será cuestionada ante el más mínimo síntoma de evasión.

Hace poco escuché decir al gran José Antonio Abellán que en España sucede algo que, en otros países (como Estados Unidos) no sucede, o al menos con la misma intensidad, y es que tenemos tan adquirido este asunto de las etiquetas, que no concebimos por ejemplo que a una persona que le gusta AC/DC, le pueda gustar también, qué se yo, Marifé de TrianaHombres G al mismo tiempo; o si eres devoto de Camilo Sesto, no puedas serlo también de Bob Dylan y de Marilyn Manson porque poco o nada tienen que ver entre ellos. Si amas el rock, solo puedes amar el rock, porque amar el rock y el flamenco es incompatible, del mismo modo que si tu apariencia dice que perteneces a determinado grupo: los góticos, hipsters, los hippies, los grunges, heavies o… los que sean, deberás seguir las directrices que cada uno marque, casi hasta el punto de tener que huir de todo lo que se aleje de ellas y pueda acercarte hacia otra corriente, pues entonces cabe la posibilidad de que te señalen con el dedo acusador y te llamen traidor, hereje e incluso de que te expulsen del selecto club en el que vivías encasillado, y claro, eso te llevaría a perder esa etiqueta necesaria para el equilibrio mental de miles de personas.

Y aunque el ejemplo de los gustos musicales ilustra a la perfección la etiquetitis que padecemos, esta es totalmente extrapolable a otros ámbitos de la vida en los que consideramos que existen reglas inamovibles que debemos seguir a pies juntillas, creyendo que decantarnos por algo concreto nos impide fijarnos en su opuesto, empeñados en definir escrupulosamente lo que somos en base a nuestra apariencia y a nuestras orientaciones y gustos, ¡condenados a no disfrutar de tantas y tantas cosas por miedo a perder nuestro cartelito, a desprendernos de nuestras etiquetas!

Y entonces, ¿quién tiene un problema aquí ? ¿Quién no es capaz de proyectarse al exterior en una imagen fidedigna a la esencia que encierra adentro? ¿Por qué reprimir las inquietudes de la mente, cuando el mundo está lleno de posibilidades? ¡Por qué no sucumbir a los encantos que nos ofrece la diversidad que nos rodea!

Llegados a este punto comprenderéis el por qué de mi atuendo, ¿verdad? Me gusta el cuero y me gustan las camisetas, sí, pero adoro también las zapatillas, los rotos, las perlas, los tacones, los tutús y los vestidos de seda; y en mi lista de favoritos de Spotify suenan, sin miramientos y en modo aleatorio, Queen, Manolo García, Elton John, Metallica, Los Tres Tenores, Luz Casal y, entre otros, Juan Luis Guerra, porque si en la variedad está el buen gusto, tengo un gusto exquisito, y las etiquetas, como pican y son molestas, las recorto, las arrugo y me deshago de ellas.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

 

 

Los 10+1 que engendraron al monstruo

Sonando: The Neverending Story (Limahl)

Como buena romántica que soy (si no entiendes el significado de “romántico” debes revisarlo aquí), de vez en cuando me gusta echar la vista atrás para recuperar ciertos elementos de mi pasado y, quizá, intentar revivirlos, o al menos experimentar esa sensación al respecto que persiste en mi memoria: una especie de retrospección placentera para espíritus decimonónicos como el mío.

He de decir que sé que odiáis la manera en que utilizo palabras inusuales, formas poco comunes del lenguaje y, en general, mi gramática y ortografía escrupolosas. No es mi culpa. Yo solo soy el monstruo en el que los protagonistas de uno de los episodios que más veces suelo rescatar de la inmensidad de mis recuerdos, me convirtieron. Los responsables de que hoy viva en mí el gusanillo de la lectura y la escritura son ellos. Os presento algunos de los libros que engendraron la filia literaria de quien suscribe, y os animo a que rebusquéis en vuestras conciencias y rescatéis los vuestros (en realidad les debemos más de lo que pensamos):

 

Los habitantes de Llano Lejano (Carlos Murciano)llano lejano

Conejo Viejo, Gayo Malayo, Vaca Retaca y compañía, reunidos en torno al Roble Redoble para expresar lo infelices que son siendo quienes son y la envidia que les tienen al de enfrente. Un clásico. Siempre queremos lo que no tenemos, cuando no hay nada más enriquecedor y satisfactorio que ser uno mismo.

 

Cuando Tina berrea (Tilman Röhrig)

Lo tomé prestado en el colegio cuando cursaba segundo o tercero de Primaria. Entonces Tina berreateníamos una especie de sistema de préstamo de libros en el que los viernes podías escoger uno, y una vez terminado lo devolvías y lo cambiabas por otro. Uno de los más codiciados en mi clase era precisamente este: cuando lo conseguías eras el niño más afortunado del mundo y te aparecía una aureola celestial en la cabeza. Y además de ser especial por eso, ¡sus páginas olían a violetas! Una delicia, lo recuerdo perfectamente. Por aquella época nos hacían gracia las rabietas de Tina, incluso nos recordaban a las nuestras propias o a las de nuestros hermanos; sin embargo, detrás de todo aquello, relucen los celos, la envidia y los diferentes traumas que acarrea el desarrollo de roles entre hermanos bajo la correspondiente batuta de los padres. Releer estas cosas cuando tu cabeza va teniendo costra, es muy recomendable.

 

La bruja Mon (Pilar Mateos)Bruja Mon

Otro best-seller en la biblioteca de mi colegio. Como estaréis empezando a notar, El Barco de Vapor ha hecho más por mi generación que los vasitos de flúor que nos daban los jueves por la tarde. En fin, a lo que vamos. La bruja Mon nos parecía una gamberra porque su frase fetiche era “¡Y un jamón!” (dijo la bruja Mon), y nos partíamos de risa. Qué inocencia tan bonita. Doña bruja Mon nos enseñó que el karma existe y que termina por golpearte duramente a medida que tú vas llenando el mundo de malas acciones. Los listillos de la vida reflejados en esta mujer con capirote y escoba, ahí quisiera verlos yo a todos convertidos en pez.

 

Macaco y Antón (Alfredo Gómez Cerdá)MacacoAntón

Por este libro, en mi colegio, rodaban cabezas. En serio. Nunca había manera de hacerse con él ¡porque siempre estaba prestado! Con Macaco y Antón nos ilusionamos porque les vimos cumplir su sueño de ser maquinistas de tren, pero lo que no sabíamos es que gracias a la interacción de este par de amigos con su tirano jefe, también nos iniciamos en el desconocido mundo de la asertividad. Saber decir que no, tener habilidades para expresar nuestras opiniones o sentimientos sin que por ello alguien pueda verse perjudicado. Es algo que si no se trabaja desde la base difícilmente podrá practicarse con éxito en el futuro, pero una vez se domina… Entonces you’ve got the power, amigo.

 

Querida Susi, querido Paul (Christine Nöstlinger)

Mucho antes de que Whatsapp existiera, antes incluso de que el chat de IRC o Messenger pervirtieran nuestra inocencia comunicativa, los niños solíamos escribirnos cartas y postales para mantener el contacto con aquellos amigos o familiares que se encontrabanSusiPaul lejos de nosotros. No seré yo quien critique los beneficios de los actuales métodos de comunicación y las nuevas tecnologías, sin embargo, el cosquilleo que producía encontrar en el buzón un sobre dirigido a ti, es insuperable. ¿Y las cosas que nos decíamos en aquellas misivas? Asuntos trascendentales, como que en la playa te había picado una medusa, que estabas harto de los ronquidos de tu padre o que ardías en deseos de llegar al pueblo y jugar a polis y cacos. Susi y Paul son una oda a todo eso, a la máxima expresión de la pureza de ser niño, a pintarse corazones y transmitir un cariño limpio de prejuicios y maldades. Soy tan consciente de que una gran parte de mi vida fue así, que no sabéis qué felicidad y qué paz interior siento. Quienes tengáis el regalo y la responsabilidad de los hijos, hacedme un favor: permitidles ser niños en todo su esplendor, sin desestimar las cosas que a vosotros, de pequeños, os apasionaban, porque resulta que a veces, lo más sencillo, termina por ser lo más valioso.

 

El pirata Garrapata (Juan Muñoz Martín)

Reconozco que me regalaron este libro y no me hizo especial ilusión, quizá fuera porque elpirataGarrapata título a priori me resultó poco atractivo (la apariencia sí importa, amigos). Finalmente decidí leerlo un día cualquiera de verano y entonces aprendí también que las apariencias engañan. Administre una buena dosis de El pirata Garrapata si quiere hacer volar su imaginación: ¡qué aventuras tan divertidas con estos rocambolescos personajes! Carafoca, Chaparrete, Floripondia… Unas ilustraciones geniales, además. Y como de apariencias va la cosa, Garrapata nos demostró lo propensos que somos a hipermaquillar la realidad para que los demás obtengan ciertas percepciones de nosotros, en lugar de invertir energías en potenciar y optimizar nuestra esencia, que por si no lo sabías, es lo que te hace auténtico e irrepetible.

 

Fray Perico y su borrico (Juan Muñoz Martín)

Sin duda, es digno de elogio el talento del escritor para la literatura infantil, no hay más que ver su prolífica obra. En esta ocasión, uno de sus buques insignia, Fray Perico, que diofray-perico-y-su-borrico de sí para toda una saga (al igual que el colega Garrapata). Que una historia para niños esté protagonizada por frailes hoy podría catalogarse de sectáreo, anticuado, puritano o incluso los más avanzados se atreverían a conspirar acerca de un posible mensaje subliminal de la Iglesia, sin embargo, amigos, yo leí varios libros de Fray Perico y aquí estoy, con la mente despejada y con las puertas abiertas de par en par. De hecho, el recuerdo que tengo al respecto es el de haberme desternillado con las ocurrencias del buen Perico y sus compañeros de convento, quienes nos transmitieron la idea de que en primer lugar somos humanos, con nuestras virtudes y defectos, y que relativizar en la vida, es una práctica que está muy bien pero que nos debe dar alergia, porque pasamos el día preocupándonos (por absurdeces), la tarea más insulsa del mundo cuando se vive de brazos cruzados.

 

Los amiguetes del pequeño Nicolás (Sempé / Goscinny)portada-amiguetes-pequen-nicolas

No os podéis imaginar el cariño que le guardo a Nicolás y su pandilla: Agnan, Clotario, Godofredo, Joaquín, Alcestes… ¡El vigilante a quien apodaban “El Caldo” porque cuando te miraba tenía “ojos de grasa”! Todos ellos entrañables, de nuevo desprendiendo esa inocencia de niño travieso pero con buen corazón que un día fuimos. El “universo Nicolás” dio para más de cinco libros e incluso una película, y recomiendo encarecidamente su lectura en formato papel para disfrutar mejor, si cabe, de las ilustraciones del gran Sempé. Si eres niño de la década de los 50, recordarás aquellos maravillosos años con una sonrisilla en la boca.

 

Charlie y la fábrica de chocolate (Roald Dahl)

Rozando un poco el eterno debate: ¿es mejor el libro, o la película? Yo soy de la opinión decharlpor que, por lo general, donde esté el libro, se quite el séptimo arte, pero hay que reconocer el mérito de quienes se atreven a dar vida a un montón de páginas escritas. La historia de Charlie Bucket me fascinó mucho antes de que el gran Tim Burton “le metiera mano” y saltara mundialmente a la fama superando a la película que le precedió en el año 1971. Este libro también estuvo muy de moda entre los niños de mi clase (sí, amigos: los de los 40 Principales se inspiraron en mi clase para crear Del 40 al 1), recuerdo que varios de nosotros nos lo leímos a la vez y solíamos comentar “por dónde íbamos”, es decir, cuántos de los niños que inicialmente consiguieron entrar en la visita a la fábrica de Willy Wonka, continuaban en la misma. Cabe destacar, en el relato, la delicadeza con la que transmite lo caprichosos que somos los niños (y no tan niños) a través del desarrollo del mismo. Tantos antojos, tanta “necesidad creada”, tanto de “todo” y tan poco de lo que realmente suma… Problemas del primer mundo, ya se sabe.

 

La cazadora de Indiana Jones (Asun Balzola)

Desconozco si los niños de ahora conocen lo que es heredar la ropa de tus hermanos / La cazadora de Indiana Jonesprimos mayores. En mi casa, cada vez que alguna de mis tías venía con ropa de mis primas, montábamos todo un rito salvaje alrededor de aquellas bolsas repletas de prendas. Eso sí, aunque molaba que de repente tu armario tuviera mayor contenido, aquello era como una lotería y a veces te tocaban unas mierdas muy ricas, y si era así pues ya podías berrear todo lo que quisieras, que te lo ibas a poner igual y punto. Guasas aparte, a Christie, la protagonista adolescente de este libro, le tocó heredar de su hermana una cazadora terrible y pensó que era justo lo que le faltaba, si es que no tenía bastante con las burlas y humillación que soportaba en el colegio, a causa de sus problemas de peso. Hoy lo llamaríamos bullying, que nos encanta incorporar anglicismos a nuestro idioma porque no debe ser lo suficientemente rico, pero el acoso escolar tiene, por desgracia, amplia tradición en nuestra sociedad. De este libro, no obstante, lo mejor no es ese drama sino la manera que acaba adquiriendo Christie para manipular a sus acosadores, a raíz de llevar la tan odiada chaqueta de su hermana, así como la lectura final que ofrece, basada en la importancia de desarrollar unas sólidas habilidades sociales y de relacionarse con personas no tóxicas.

 

Melodía siniestra (R.L.Stine)

Con trece o catorce años, y tras no haber superado un trauma infantil con Freddy Krueger, me sentí preparada para abordar otro tipo de lecturas más allá de El Barco de Vapor. La Melodía siniestraserie literaria Pesadillas, en la cual se encontraba Melodía siniestra, se hizo muy popular por aquella época y quien más quien menos se hacía con alguno de los ejemplares que formaba parte de la colección. Hasta mis manos y mis ojos llegó este en forma de regalo de cumpleaños, y me decidí a leerlo presa del morbo y la curiosidad de enfrentarme por primera vez a una lectura a priori misteriosa o de terror. Quizá no resulte memorable por su calidad estilística o narrativa, sin embargo, a mi cabeza pre adolescente le sirvió para comprender que también los libros pueden conseguir generar a quien los lee sensaciones de intriga, suspense y por qué no decirlo, miedo. Realmente algo muy especial que no sucede con el cine, por ejemplo: cuando experimentamos miedo viendo una película, es probable que algunos reaccionemos cerrando los ojos o desviando la mirada, pero la escena continuará inexorablemente, miremos o no. La magia de leer te “obliga” a atravesar cada instante de la historia, te enfrenta a ella, y quizá ser dueño de tus propios temores te sirva saber gestionarlos y, en definitiva, para conocerte mejor a ti mismo.

 

Como suele decirse, son todos los que están, pero no están todos los que son. Haciendo balance me doy cuenta de que realmente tuve una infancia muy marcada por los libros, si bien es cierto que durante mis años de niña (y no hace tantísimo de aquello) no vivíamos en una sociedad tan hiper tecnológica como la de ahora, ni había doscientos canales en la telévisión, ¡ni siquiera teníamos ordenador en casa!, con lo cual dedicábamos nuestro tiempo de juego u ocio a actividades entretenidas al alcance de nuestra mano (incluimos, por ejemplo, y aparte de la lectura, el laborioso oficio de cortarle el pelo a las muñecas hasta dejarlas calvas, esto también lo petaba, amigos, Eduardo Manostijeras era un aficionado a nuestro lado). En fin. He aquí un pedacito de mi esencia más pura, un pequeño granito de arena que ha derivado, tras un paulatino horneado, en lo que véis / leéis ahora. ¡Y a mucha honra, eh!

Por cierto, mirad qué he encontrado cuando buscaba imágenes de Freddy Krueger: esto sí que traumatiza.

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Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

 

 

Campanas al suelo

Sonando: November rain (Guns’n Roses)

Cásate conmigo,

me dijo de pronto, y sus palabras retumbaron en mis tímpanos como sonido catedralicio, y pareció entonces que el tiempo se detenía, que todo, salvo yo, permanecía inerte, y me vi atrapada en una burbuja, sumergida en un océano de quietud, petrificada, sin poder moverme.

Supongo que nunca se está preparado para esa clase de proposiciones, y supongo que prepararse para esa clase de proposiciones es una absurdez rotunda, así que, en consecuencia, no conocemos con exactitud cómo reaccionaremos en ese momento proyectado en la mente como inalcanzable tras una serie de mitos y leyendas engendradas por la sociedad, pero que finalmente sucedía, ahí estaba, delante de mis narices.

No recuerdo si dejé de respirar durante los segundos siguientes pero deduje que así era, dada la sensación de asfixia que comenzaba a experimentar. Vivir treinta años bajo la etérea sombra de la posibilidad del matrimonio es una tensión vital no resuelta que se esfuma de un plumazo cuando alguien pronuncia las palabras correctas, entonces todo depende de un sí de tu boca y de repente ese sí pesa una tonelada de vida, y sostener semejante carga produce fatiga, intriga y canguelo a partes iguales; y con esa responsabilidad adquirida me hallaba, perdida, en el estupor del momento.

Alcé la vista al cielo. Esperaba encontrar, flotando, mi alma con mi cuerpo, un campo de amapolas, mariposas, unicornios y jilgueros, pero solo figuraba, hercúleo, el sol, en todo su apogeo. Ni rastro de mis alas y ni rastro de mi vuelo, tan solo yo, mi confusión y mi silencio, y pensé en voz bajita: “¡tremenda pantomima, ya lo creo!”

Vaya, así que era esto. Tanto tiempo sobrevolando el fantasma del casamiento y por fin se aparecía, sin avisar, sigiloso, de la manera en que ellos saben hacerlo. Cuando hube asimilado por fin el caos resultante del fragor interno, me sorprendí a mí misma sin ser capaz de preverlo. Aquel fantasma se transformó y dejó de serlo, lo irreal se volvió de carne y hueso. Todo era terrenal, y si pisamos encima de la tierra, no es casualidad, así que de pronto dominé todo aquello; y yo, gigante, mirando desde arriba, no atisbé con mis ojos más que la planitud suelo. Comprendí que el fantasma no era eso sino miedo, miedo acechante que se vuelve inmenso en nuestros propios pensamientos, día tras día con miedo; y ahora ahí yacía, en la banalidad del cemento. Qué carente de sentido, vaya cosa detrás de un “sí, quiero”…

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

 

 

Todo, ahora

Sonando: I want it all (Queen)

Estoy harta del tiempo. No, no me refiero al clima, a las inclemencias meteorológicas, la lluvia, el viento, las borrascas y los anticiclones. Quiero decir el tiempo, la unidad de medida de… de todo, joder. El metrónomo que marca nuestros días, nuestros meses… Nuestra vida.

Fíjense incluso que he sido atropellada por él. Menuda sensación, la de ser avasallada por el tiempo: losa etérea que te pasa por encima y te empuja adonde él decide, como si de un tornado se tratase. La verdad es que ahora mismo me siento muy Dorothy antes de conocer el fantástico mundo de Oz:

No sé en qué momento fui a parar aquí; no sé si dormí cinco minutos y anduve despierta una eternidad, o por el contrario no consigo despertar de un profundo letargo; no sé si estoy en el mismo punto en el que me encontraba la semana pasada, ni siquiera sé si la semana es pasada o está por venir, porque ha venido el tiempo, implacable, y sin preguntar me mueve a su antojo en un baile que él guía y en el que yo me dejo…

Así que me detuve en seco. Sí, a pesar de que incluso en la calma la música sigue sonando y los bailes danzando, conseguí bajar mi ritmo y solo mantenerlo, como un hilo de vida, a fuego lento. Después del atropello que me tiene aturdida necesito no pensar en el tiempo, y paradojas de la vida lo que invierto, no pensando, es eso, tiempo.

Marionetas en sus manos, todo lo que ocurre y lo que no ocurre, lo que es y lo que no, las palabras que se dicen y las que se callan, los éxitos, los fracasos, aquellos que existieron y quienes no llegaron a ser. Ceñidos a su mecanismo de movimiento incesante transcurren nuestras vidas, y mirar atrás significa contemplar de lejos los posos del pasado, inertes, como piel despojada de serpiente que cae en el olvido infinito.

Sin embargo en ocasiones, sobrevivir con latido ínfimo permite lucidez al cerebro. Y así es como cogí desprevenido al tiempo.

Me planté en su cara y le planté cara. “Maldito seas”, le dije, llena de rabia, que no de gracia, por tan tremenda osadía. Te atreves a marcar el rumbo de mi vida eligiendo el inicio y el final de sus momentos, eres el reloj que a Cenicienta le ha escupido de su cuento, le ha privado de aquel beso… ¡Maldito seas, tiempo!

Pero, escúchenme todos atentos: mejor no perder la calma. Después del revuelo y el desasosiego, le robo al innombrable un poco de aliento y, con agallas, le grito muy en serio.

¡Soy imparable! ¡Mi futuro es eterno secreto! ¡No tengo un plan, tengo cientos!

Lo quiero todo y lo quiero ahora, o quizá lo querré luego. Solo yo soy dueña de mis inquietudes y pensamientos. Y tú, tiempo, serás mi camino de baldosas amarillas, mi sendero. Mero espectador de lo que busco y lo que quiero. Me has tenido amordazada, con la soga al cuello; pero mientras haya aire y respiremos, habrá vida. Y mientras haya vida, habrá tiempo.

Inhala los momentos que te brinda, construye con pasión y con criterio. Amanece con el sol de cada día. Si no lo haces, entonces estás muerto.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Mi reino no es de este mundo

Sonando: Calidad de vida (Loquillo y Los Trogloditas)

Hoy parafraseo a Jesucristo porque, la verdad, no encuentro manera mejor de expresarlo: mi reino no debe ser de este mundo porque si lo fuera, yo no sería yo.

Resulta que estos días de atrás me pasó una cosa. Me topé con gente mediocre que no sabe que lo es. Es decir, ellos practican y consumen mediocridad a partes iguales y no pueden dejar de hacerlo, son una especie de adictos a la pura megde. Por lo general proyectan la imagen de lo que querrían llegar a ser pero no son. Vaya, un holograma cutre carente de identidad propia, limitado únicamente al acopio de rasgos ajenos socialmente bien vistos, según su criterio.

Me di de bruces con esta gente y fue entonces cuando comprendí lo poco identificada que me sentía con ellos y lo fuera de lugar que me encontraba a su lado. Deduje por tanto que yo no debía ser de su especie y me aferré mentalmente, como quien encuentra un oasis en medio del desierto, a mis cualidades, mis virtudes, mis inquietudes y mis proyectos, y me prometí a mí misma no abandonar ese camino lleno de pequeñas piedras y grandes recompensas, ni por supuesto ser jamás una de ellos.

La realidad nos golpea así de brusco, amigos. Sentir de manera tan clara todo eso significa que una ya, a sus treinta más uno, va siendo capaz de reconocer y diferenciar las sumas de las restas (¡ay, si mis profesoras de matemáticas me leyeran..!) Supongo que a eso se le llama hacerse mayor, pero yo prefiero decir que cada vez me conozco más y mejor. Y que sé lo que quiero y lo que no, y que encima puedo elegir, toma ya.

Quise otorgarles el beneficio de la duda. Imaginé cómo sería la vida dejándose uno al antojo del cauce del río más caudaloso, esperando a que todo tenga que suceder porque aquello que ha de suceder nos sobrevenga y no al revés, siendo nosotros quienes, ávidos de practicar la superación, forjemos el cauce de nuestro propio río a base de crear lo que debe suceder, que no es otra cosa que lo que nosotros, y solo nosotros, queramos que suceda.

Trabalenguas a parte, no fueron capaces de seducirme estas personas. Respeto que vivan bajo el efecto narcotizante que la mediocridad, en todas sus formas y variantes, les proporciona, pero… Yo ahí no encajo. El opio del pueblo es la mediocridad hecha programa de televisión, hecha publicación de red social, moda estúpida, o incluso personificada: en las palabras de ese ignorante que se erigió jefe pero no responsable; del conocido que grita mucho y dice poco, del compañero que presume de banalidades y carece de trascendencia, o en las de ese líder que se empeña en vender humo, y que además se le ve el plumero. Todos entretenidos con la mediocridad que mueve el mundo, siendo partícipes del sinsentido que es el sincriterio, el cual no existe porque faltó inquietud, ambición y empeño.

Ya lo dice Loquillo, “qué fácil consumir mediocridad”. Y qué difícil probarla siquiera cuando la tienes tan identificada, añado yo. Qué satisfacción tan grande provocan la autenticidad, la calidad de vida y el enriquecimiento. Cuánto sacrificio, también. Pero mi reino no es de este mundo y mi mundo consiste en eso.

Podéis ir en paz.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Forges

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Crujiente de otoño

Sonando: So far away (Dire Straits)

Ingredientes:

  • Panecillos tostados.
  • Paté de trufa.
  • Dos rodajitas de queso de cabra por rebanada de pan.
  • Una cucharadita de mermelada de fresas o de frutos rojos por rebanada de pan.
  • Perejil seco para decorar.

Todavía recuerdo esos días de otoño, migajas de calidez que nos dejó el verano y preludio del hastío venidero. Aún con legañas en el alma, que da rabia salir ahí afuera por el chaparrón que pueda caérsele encima a uno, compongo con mis manos los sabores delicados a través de los cuales fluyen los sentidos.

El otoño cruje en forma de panecillo tostado, y se dispone largo y eterno en tonos ocres y dorados. Aparente aridez desvanecida por las lluvias, bosques húmedos y fecundos que conservan manjares en sus adentros, trufas exquisitas no encontradas por todos los ojos que las buscan, dichosos los nuestros que se hicieron con ellas.

De las trufas preciadas nace su esencia en crema, y, cual manto de terciopelo, cubrimos el otoño, panecillo tostado infinito, arropado, que no pase frío. Viene después el sabor intenso del queso de cabra, textura blanda que nació para acoplarse sobre el manto y el pan, los dos unidos, inseparables, fundidos; de manera que ya tenemos al otoño crujiente bajo la humedad de la crema de trufas, al calor que el queso les regala.

Y los días van menguando, y al final de cada uno se adentra el ocaso, cielo rojo que en otoño sabe a los frutos del mismo bosque, aquel que atesoró las trufas y otros galones dorados emergentes en el tiempo de lluvias. Cae el atardecer con sabor a mermelada de fresas sobre nuestro panecillo crujiente vestido al completo de otoño, y por fin al posarse encima descansa, sabedor que su dulzura permanece, y que será el primer sabor que reluzca, paradojas de la vida, aunque atardecer signifique el final de cada día.

Adornará nuestro crujiente de otoño el verde polvo de la pradera, perejil seco soplado por el viento, y será entonces completo, con ocres, rojos, verdes y amarillos, por fin nuestro otoño perfecto.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

4 de marzo

Sonando: En el último trago (José Alfredo Jiménez – interpretada por Los Rodríguez)

Mira que me jode admitirlo, pero sí, ha ocurrido de nuevo. A punto de cumplir años voy yo y me asomo al balcón de la vida, a contemplar qué ha pasado ahí abajo: quién está; quién pasó, y ni me enteré; quién pasó y marchó, pero nunca se fue… Y quién sigue al pie del cañón, soportándome o disfrutándome, según los ojos que lean.

Para mí, el 31 de diciembre está sobrevalorado. Festejos dentro de festejos que transcurren por inercia. Después hay que cambiar de calendario, acostumbrarse a la nueva cifra y… poco más, porque los propósitos son trola y lo sabéis. Sin embargo va terminando febrero y ya huele a 4 de marzo, fecha que me resulta bonita de ver y de escuchar, y que provoca en mí un cosquilleo en el estómago que indica que, ahora sí, ha pasado un año más, y por consiguiente un año menos, dependiendo de nuevo, de los ojos que lo miren.

“¿Y qué he hecho yo en todo este tiempo?”, dice mi lado emocional. Mi lado racional se gira rápidamente y comienza a vomitar informaciones, logros, fracasos, errores y aprendizajes, datos, hechos acontecidos no en el solo intervalo del año transcurrido sino en el del montón acumulado, y, claro, al lado emocional no le queda otra más que callarse y complementar positivamente las aportaciones de su colega, porque, ¿sabéis una cosa? es verdad aquello de que al final tendemos a quedarnos con lo bueno, con lo que suma. Las cosas malas no parecen tan malas cuando el tiempo ha fermentado bien entre tanto y de todo eso obtenemos una copa de buen vino. Yo me tomo la mía a vuestra salud.

Pero no todo iba a ser embriaguez dulce en la senda de la vida. Lo peor de cumplir años, para quienes consideramos la edad un apéndice de la mente y no un condicionante, son las valoraciones ajenas al hecho en sí y el impacto que, según el criterio del ajeno de turno, debería significar en nuestras vidas. Esto también ocurre cuando te reencuentras con alguien a quien no ves desde hace tiempo: prejuicios, juicios y postjuicios. En algunas ocasiones me habéis leído y escuchado satirizar sobre ello o incluso disertar con mala leche (es que hay días que me levanto muy punk): no entiendo por qué debo yo obedecer un modelo de vida que a alguien (o a muchos) les encaja (o se lo encajan), si soy feliz viviendo a mi manera.

Conozco gente de mi edad, que… Rectifico. Conozco gente, que, siguiendo religiosamente con los mandamientos de “la vida social normal”, un libro no escrito que describe todo lo que hay que cumplir a cada cierta edad, vive sumergida en el océano de la frustración, profunda inmensidad donde las haya, no quisiera yo zambullirme en sus aguas. También sé de casos desesperados por empezar a formar parte de esas leyes sin papel, dando vueltas en bucle a sus relojes de arena y con la psicosis continua de que alguien les pueda señalar con el dedo. O quienes alardean de “vida social normal” y lo que tienen es una vida máximamente mierder, mierda pura, pura megde, mes amis. Si te has reconocido en alguno de estos tres grupos, quizá te convenga una de tiempo fermentado seguido de copa de buen vino.

Así que hoy, cuatro días después de haber comenzado marzo, me reafirmo, me re-libero y huyo de los estereotipos sociales dominantes. Elijo vivir mi vida, fabricármela yo a mi estilo, a veces planeando y otras improvisando, disfrutando cada etapa y quemando los cartuchos al ritmo que se me antoja. Y no es fácil, ¿eh? Os lo aseguro. Pero sé firmemente que merece la pena.

Y supongo que no tengo remedio y que, como los propósitos son trola, el año que viene me volverá a pasar lo mismo, sentiré el impulso por estas fechas de asomarme al balcón de la vida y hacer balance, y estaré tentada de llevarme las manos a la cabeza porque no me parezco a las chicas de la tele. Entonces me calzaré mis tacones, retocaré mis labios rojos, sonreiré frente al espejo y sabré que sigo allí, conmigo misma, fiel a la persona más importante de mi vida. Un año más, con tantos que quedan por delante, dispuesta a no dejarme llevar, a ser escritora de mi propio libro, que existe y que es de verdad, y que, quizá, leáis algún día.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Every teardrop is a waterfall

Sonando: Fix You (Coldplay)

…y me sumergí en aquel mar de aguas cristalinas y brillo escarchado, ni sé por qué lo hice, no hubo razón primera, solo me dejé a su merced, a la del instinto que me empujó a ello, abandonarme en aquel océano infinito de superficie iridiscente y profundidad azabache, que asusta y atrae a partes iguales, venciendo por fin el irrefrenable deseo de ser yo ese agua, y de ser ese agua mi propio ser.

Y bucear en la inmensidad de lo inmenso significa perderse en las entrañas de algo que nunca se acaba, mas supone también un horizonte de distancia eterna, que dura la vida, una vida entera, y que lo inunda todo, y que igual que fatiga la sola idea de tener que recorrerlo, tener que recorrerlo amenaza el cometido más maravilloso de esta vida mía.

Así que, valiente de intenciones y libiana de preocupaciones, en esas me encontré yo, deslizándome por el precipicio que aboca al abismo, fea cosa le parece al oído. Pues resultó la inmersión la experiencia más cálida que sintieran jamás mis entrañas, y me acomodé, y me regocijé en ese agua que, para mi asombro, olía a madera, a roble fornido, a pradera, y pensé entonces que sí existía paraíso sobre la faz de la Tierra.

Más tarde llegó , inexorable, el ocaso, con la oscuridad por bandera, y las aguas se tornaron turbias, y subió la marea. La calma fue bravura, hubo olas guerreras. Y me dolía, y le dolía, y lloró, y lloré, y por aquel océano encontré una salida, río de lágrimas surqué, y acababa aquel camino cuando ya solo pensaba que era El Fin ese destino.

Al irse la tempestad regresó la que siempre impera, y sin palabras mediante, todo volvió a ser lo que era. Arduo encontrar modo y manera para explicar los caprichos de la naturaleza, antojo el mío cuando alcanzó mi mirada el balcón de tus ojos, y…

…me sumergí en aquel mar de aguas cristalinas y brillo escarchado, ni sé por qué lo hice, no hubo razón primera…

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Qué bonito duermes

Sonando: A que no me dejas (Alejandro Sanz)

Anoche estuve soñando contigo. Déjame decirte que toda la noche la pasé a tu lado, inundándonos la vida y alejándonos la muerte, que nunca desaparece pero sí se difumina cuando tu tiempo y el mío no es tuyo ni mío sino que son uno y son el mismo.

Y quiero que sepas que toda la noche fui tuya, y que no solo el cuerpo estuvo desnudo, que vestirse o desvestirse no es solo cosa de ropas y abrigos, pues al calor de las almas fundidas la noche encendió, y toda la noche ardió, y no hizo frío.

Que tanto que habló tu boca junto a la mía, tanto que se dijeron nuestras miradas perdidas, en aquel horizonte donde no alcanzan los mortales, allí donde se pierde el miedo y la vida nace, pasaron, interminables, los minutos, las horas y los días.

Y cada momento ocurrido fue tan real como si vivido, tan especial como infinito. El brillo de tus ojos es hoy el de los míos, el perfume de tu cuello es el aire que respiro, poco a poco, lentamente, que al faltarme siento ahogo, y no lo siento de otro modo, soy muy tuya, y tú muy mío.

Y “qué bonito duermes”, me dirías, si al verme soñarte tan fuerte, soñaras conmigo en mi sueño, que no dormidos, sino despiertos, amaneciera el alba así ardiendo, yo a tu vera, y tú a la mía.

Pronto más regaliz para dos, amigos.