Cambio de armario

Sonando: Across de universe (The Beatles)

Nunca hago cambio armario. Otoño, invierno, primavera o verano, mis jerséis, bañadores, vestidos, pantalones, camisetas y faldas conviven en perfecta armonía, sin incordiarse los unos con las otras ni los otros con los unos, en una especie de Torre de Babel de prendas de vestir.

En el fondo aquello, aunque sostenido, no deja de ser un caos, así que un día, de buenas a primeras, me atreví con mi primer cambio de armario. El objetivo era hacer un cambio de armario “de manual” y, supuestamente, tener visible, accesible y apetecible la ropa de temporada. La cosa es que yo nunca había hecho un cambio de armario, así que técnicamente no tenía muy claro su funcionamiento: ¿qué haces con la ropa que apartas? ¿La bajas al trastero? Imposible, mi vivienda no dispone de cuarto trastero. ¿La apartas y guardas bajo la cama? Imposible de nuevo, mi cama es un canapé y en el hueco interior están guardadas las cosas que tengo que guardar por carecer de trastero. ¿Destierras la ropa obsoleta en armarios de otras habitaciones de la casa? (¡¿Por qué?! ¡¿Qué culpa tienen ellos?!) ¿La hacinas en el horno y enciendes el modo “pirólisis”?

Decidí ir a por todas. ¿Vas a hacer cambio de armario y no tienes ni idea? Vale, perfecto. Pues hazlo a tu manera. Así que me volví loca. Me enajené por completo. Sufrí una ensoñación. Yo soy así: pienso una cosa y después yo misma me encargo de darle una vuelta de tuerca, y esa vuelta de tuerca es el puñetero Big Bang, y a mí se me eriza el pelo, se me ponen los ojos en blanco y se me sale el cerebro de la cabeza para echar a volar por el universo. Así que convertí mi particular “cambio de armario” en una explosión para mis sentidos y para la aparente armonía que reinaba en mi casa.

Vacié, sobre mi cama, todo el contenido de los armarios de mi habitación. Todo. TODO. T O D O. 

Los armarios quedaron huecos. La habitación se convirtió en un espacio vacío con agujeros. Mi cama, en el medio, había desaparecido: una inmensa montaña de prendas de todo tipo la sepultaba. Y yo, a un lado, exhausta, despeinada y con la mirada fija en la escena, no daba crédito. ¿Cuánta ropa había ahí? ¿Cuántas vidas iban a ser necesarias para usar cada una de las prendas? ¡¿Por qué después resulta que siempre voy vestida igual?!

Aquello me abrió los ojos. En primer lugar, consecuencia del estado de estupefacción que el mercadillo improvisado me había proporcionado, y en segundo lugar, porque recibí una bofetada de realidad. Un bofetón, mejor dicho. Fui consciente de todo lo que tenía, de lo mal que lo gestionaba y de lo lejos que estaba de optimizar nada en aquella habitación. Tuve miedo de que ese patrón de acumulación, ignorancia, desorden y obsolescencia no fuera solo cosa de mi ropa y de mi armario. Así que decidí que el cambio de armario iba a ser otra cosa. Iba a ser el comienzo de un cambio de vida.

Una a una, analicé, doblé y establecí un destino para cada una de las prendas que iban pasando por mis manos. Si se quedaba, le otorgaba su sitio, su espacio y su utilidad. Y su valor, por ínfimo que pareciera, se multiplicaba. Se queda porque tiene sentido.

La otra opción era desecharlo. Bien porque ya había sido todo lo útil que podía, bien porque había pasado a ser todo lo contrario, bien porque ya no aportaba… O sencillamente porque no. Porque a veces las respuestas se materializan en un sí o un no y no hace falta acompañar de argumentos. Lo que se siente es el mayor argumento.

El resultado se tradujo en seis bolsas grandes de inutilidades y obsolescencias. Seis bolsas de “noes”. Y una vez fuera de mi casa, de mi vida, experimenté una increíble sensación de sosiego, de paz. De aire fresco entrando en mis pulmones. Aquello sí tuvo sentido. El verdadero resultado fue descubrir que, efectivamente, menos es más. Que en realidad yo tenía menos pero la sensación era de abundancia, de riqueza. Sonreí. Acepté. Pensé. Y nuevamente, implosioné:

¿Y si empleaba aquel mecanismo en la gestión del resto de las habitaciones de mi casa, para convertirla en un entorno renovado, lleno de aire fresco y espacio? ¿Y SI DESPUÉS IBA MÁS ALLÁ, SUPERABA LO MATERIAL, Y APLICABA EL PROCESO SOBRE MÍ MISMA?

Comencé sacando afuera todo lo que guardo dentro de mí. Imaginaos: no hay cama en el mundo capaz de soportar lo que una persona posee. Que no somos conscientes de todo lo que guardamos, ni en armarios ni en nosotros mismos.

Y al igual que había hecho con la ropa, examiné uno a uno los componentes que me conformaban hasta quedar vacía. Se dice pronto. V A C Í A. Guau. Resulta que yo ya era inmensamente rica mientras anduve años y años buscando riquezas a través de la vía material. Y sí, también encontré en mi interior gran cantidad de lo que ahora consideraba sinsentidos… Pensamientos, ideas, emociones, frustraciones, relaciones personales, cosas inútiles, nocivas, desgastadas. Basura acumulada en el alma.

Procedí entonces con la sentencia del particular juicio: conservar o eliminar. Si el proceso con la ropa y lo material había resultado liberador, el nivel de bienestar que se alcanza reorganizando el universo personal es prácticamente magia. Desechar residuos y despojos que se han albergado adentro toda una vida supone tal sensación de desahogo, que uno se percibe más ágil y liviano.  Literalmente. Y del mismo modo, todo lo que permanece alcanza un valor infinito. Somos afortunados, ¡de verdad! La fortuna no es algo que te llega, la fortuna ya vive en ti. Pero suele ser necesario limpiar y despejar todo lo que la ensucia y la cubre, y dejarla fluir, salir, ser y estar. No es cuestión de esperarla, es cuestión de buscarla y encontrarla… Mucho más cerca de lo que pensamos.

Finalmente sonreí. Porque lo había conseguido. A veces la autocombustión espontánea mental te sacude en el momento preciso y el viaje astral merece la pena. Me había embarcado en un nuevo camino, el de mi nueva vida. Con más espacio, más oxígeno y más pureza. Con la conciencia de saberme afortunada por todo lo que tengo y lo que soy, y con la tranquilidad de atesorar la fórmula que permite dejar ir lo que suma sin realmente sumar.

Parece que empieza a refrescar, ¿no? ¿Cambiamos el armario?

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Flashback

Sonando: Volver a ser un niño (Los Secretos)

Nací un 4 de marzo de 1985. Fijaos que han pasado 33 años de aquello, pero a mí se me ha hecho cortísimo. Obviamente no tengo consciencia de mi época de bebé más allá de fotografías, pero os aseguro que mi memoria a largo plazo es, en ocasiones, espeluznante. No imagináis la cantidad de imágenes, situaciones, momentos, olores, sabores, sonidos… Que me traje de aquellos maravillosos años.

Creo que, a lo largo de la vida de las personas, hay unas etapas más decisivas que otras, más influyentes, que marcan y dejan una huella especial. Que después de que suceden, nada vuelve a ser lo mismo. Es obvio que la infancia constituye una etapa fundamental para todo ser humano: es la base de todo, el lienzo en blanco, el libro recién abierto. Cuán importante es la época infantil para las personas, es algo que los diestros en la materia podrán explicar mejor que yo; no es ese el objeto de estas líneas.

Hoy os cuento que he tenido una revelación.

Mi asombrosa memoria, mi subconsciente más consciente, vive anclada en el pasado. En el mío, quiero decir. Y más concretamente, en mi infancia. Soy esa niña que veis en la imagen del principio, a pesar de mis 33.

He asimilado por fin la historia de Peter Pan. O mejor dicho: he entendido que los cuentos esconden verdadera sabiduría y jamás deben subestimarse. En este caso he comprendido que dentro de nosotros vive, persiste, el niño que fuimos. Me he reencontrado con esa cría de seis años que no es que viva en mí, es que soy yo. Así que desde que soy consciente de ello, estoy aprendiendo a escucharla. Y no es tarea fácil, ¿eh? Que conste. Que vivimos rodeados de demasiado ruido, muchos gritos y pocas palabras. Que nos miramos en el espejo cada mañana pensando en quiénes seremos mañana, no en quiénes somos hoy, y por qué somos así. Y resulta que delante del espejo estamos nosotros pero también el niño que somos. Y los niños, para que se les escuche hablar, necesitan silencio. Y en esas ando. Permitiéndome hablar y tratando de encontrar el entorno más propicio para ello.

Porque a veces las respuestas son más sencillas de lo que creemos. Porque incluso, buscamos respuestas pero hemos dejado de hacernos preguntas o no encontramos preguntas que hacernos.

Procurad el silencio. Dejad que ese niño o niña que sois, os hable. Escuchadle. Empapaos de esa inocencia, imaginación, permitid que vuestra mente vuele lejos. Dejad que os pregunte, preguntadles vosotros a ellos.

Se trata de vivir hoy como lo que hemos sido, somos y seremos: coged la mano del niño, agarradla fuerte, que este viaje es eterno.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

33

Sonando: Bohemian Rhapsody (Queen)

A sus 33 años, Virginia Woolf publicó su primera novela, Fin de viaje.

A sus 33 años, Steve Jobs había abandonado Apple, compañía fundada por él mismo, para crear NeXT, cuya computadora se convirtió en el primer servidor de la World Wide Web.

A sus 33 años, Marie Curie fue la primera mujer en ser nombrada catedrática de la Escuela Normal Superior de París.

A sus 33 años, Freddie Mercury escribió Crazy little thing called love, primera canción de Queen en alcanzar el número uno en las listas de Estados Unidos.

A sus 33 años, Gloria Fuertes publicó su libro Pirulí (versos para párvulos) y organizó la primera Biblioteca Pública Infantil itinerante por pequeños pueblos.

A sus 33 años, Frida Kahlo pintó Autorretrato con pelo cortado, reflejo del dolor que atravesaba tras divorciarse de Diego Rivera.

A sus 33 años, Jesús de Nazaret falleció crucificado y previamente torturado, tras ser acusado de blasfemia por declararse Hijo de Dios.

A sus 33 años, Coco Chanel vio publicadas, por primera vez, sus famosas chaquetas y prendas deportivas en la revista Vogue.

A sus 33 años, Federico García Lorca escribió Así que pasen cinco años, concluyéndola exactamente cinco años antes de su fallecimiento por asesinato.

A sus 33 años, Jaroslav Drobný se convirtió en el primer deportista de la historia en ganar un mundial de hockey y después el torneo de tenis de Wimbledon.

 

A mis 33 años, no hay algo que me atormente ni que me quite el sueño.

A mis 33 años, me he atrevido a ser valiente y enfrentarme a algunos miedos.

A mis 33 años, he reído hasta la extenuación y llorado hasta quedarme vacía por dentro.

A mis 33 años, he descubierto que tener muchas cosas no es sinónimo de ser más feliz.

A mis 33 años, he conocido mucha gente pero solo a unos pocos puedo llamarles amigos.

A mis 33 años, tengo tantas inquietudes o más que alguien más joven que yo.

A mis 33 años, soy hija, hermana mayor, prima, sobrina, amiga, Amiga, compañera, conocida y desconocida.

A mis 33 años, no he probado el brócoli, la alcachofa o la coliflor.

A mis 33 años, solo he acudido a los hospitales para atenciones sin gravedad, para visitar o para acompañar.

A mis 33 años, he visto publicados mis textos en papel de revista.

A mis 33 años, he viajado y he vivido en un país que no es el mío, y he comprendido lo maravilloso que resulta conocer otras culturas pero también he sabido valorar mi origen y mis raíces.

A mis 33 años, he visto morir una persona delante de mis ojos, a mi abuelo.

A mis 33 años, estoy en la recta final de la carrera universitaria que siempre quise estudiar pero no estudié en primera instancia.

A mis 33 años, sé que la edad es solamente un número.

A mis 33 años, he conseguido vivir en mi propia casa, que es reflejo de mi mundo.

A mis 33 años, cada vez leo más libros y veo menos televisión.

A mis 33 años, sé que escribir es vehículo con el que se expresa mi alma.

A mis 33 años, siento que la canción que armoniza mi vida es Bohemian Rhapsody, con su comienzo suave y su progresión apoteósica in crescendo.

A mis 33 años, soy consciente de que un 4 de marzo de 1985 inicié un camino de baldosas amarillas y que continúa infinito hacia lo lejos, y que no dejaré de caminar porque quiero saber adónde llego.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Un año de blog

Sonando: Un año de amor (Luz Casal)

Siempre tuve claro que de estos deditos de pianista que Dios me dio nunca saldrían melodías de piano pero sí esas ideas que me rondan la mente y la agujerean como queso Gruyere desde tiempos inmemoriales. No es que de los dedos salga literalmente algo, entendedme seres del Averno, solo trato de expresar que mis manos, a través de la escritura, iban a ser capaces de plasmar aquello que surge en mi cabeza.

La oratoria nunca fue mi mayor cualidad, mis habilidades sociales no se caracterizan por una enorme elocuencia, tampoco puedo decir que se me oiga en exceso allá donde voy. No soy la pesada que te taladrará con llamadas telefónicas para esto y aquello y rara vez seré la primera en hablar en público, lo cual no significa, por otra parte, que permanezca ausente a todo lo que me rodea. Os observo, amigos. Mucho.

Soy de las de “la procesión va por dentro”, una especie de esponja que se pasa el día absorbiendo información, datos, comportamientos, actitudes, imágenes, palabras, conversaciones, sonidos… Después los proceso y los macero, durante tiempo indefinido, en mi chaveta loca, y cuando adquieren consistencia y forma, regresan al exterior convertidas en letras, palabras, frases, párrafos… Y entonces todo tiene sentido.

Un día comprendí que estaba acumulando demasiadas cosas en ese ámbito etéreo de mí misma, que debía hacer caso a mi intuición que ya me venía avisando de que la carrera de piano no era lo mío, y que comunicar no solo es abrir el pico, como tantas veces os digo. Así que con un poquito de aquí y otro poquito de allá… Nació Regaliz para dos, un jueves 1 de octubre, de hace exactamente hoy un año.

Vio la luz Regaliz para dos un 1 de octubre de 2015 y prácticamente nadie supo de su alumbramiento. Fue algo mío, como casi todo lo que hago, porque me paso tanto tiempo dentro de mi círculo íntimo que a veces olvido que formo parte de un colectivo llamado sociedad, con grupos cercanos que requieren atención y actividad por mi parte. Pero bueno, en este caso me perdonaréis que no anunciara a bombo y platillo el inicio de este blog, porque es algo muy mío y las cosas de uno, uno decide cuándo presentarlas.

Decidí que la entrada del 17 de noviembre sería la idónea para saludaros y haceros conocedores de Regaliz para dos. Coincidiendo con el 16º aniversario de la muerte de Enrique Urquijo, creé un relato que de verdad me habría gustado hubiera sido cierto, en el cual Enrique no moría. Estuve (estoy) muy orgullosa de esa historia y pensé que no había mejor manera de contaros mi proyecto personal, que esa. Y así hice, y así es como conocisteis Regaliz para dos, y con ello mi faceta de hablar con palabras escritas, o escribir con palabras habladas, de las que salen desde muy adentro.

Algunos os asombrasteis y otros muchos no, porque quienes más me conocéis ya sabíais que nunca fui de números y mucho de letras, por lo tanto esto era algo casi previsible. Para mí fue realmente un gran paso y forma parte de mi trabajo conmigo misma en saber manejar mi timidez y potenciar mis cualidades, porque para eso están, amigos.

Así que desde entonces y hasta hoy, he ido publicando, con mayor o menor asiduidad, una entrada o post en este blog que es muy mío pero que cada vez es más de todos; os he invitado a reflexionar, a pensar, a hacer autocrítica; también os he incitado a reír, a emocionaros, ¡a preocuparos por mí en alguna ocasión!, y a tararear canciones y tener siempre, en cada nueva entrada, una canción de fondo. Regaliz para dos se lee con música, porque las palabras fluyen y se asimilan mejor cuando tienen una melodía sobre la que apoyarse.

Hoy, además de celebrar que escribo públicamente desde hace un año, quiero presentaros la lista o playlist, en Spotify, de Regaliz para dos. Todas y cada una de las canciones que han dado soporte, y continuarán haciéndolo, a todos las publicaciones que han sido, son y serán. Os invito a localizarla y a seguirla, a leerme con ella sonando, o simplemente os propongo que la hagáis vuestra en aquellos momentos que consideréis. Podéis acceder a ella pinchando aquí.

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Y como hoy estamos de cumpleaños, me encantará que os toméis esa copa de vino, cerveza, refresco o Cola Cao con magdalenas a la salud de este blog, de la palabra, de comunicar y de echarle ganas a las cosas que te gustan y que te hacen feliz. Gracias a todos por invertir unos minutos de vuestro tiempo en leerme siempre, no sabéis lo gratificante que es. Seguiremos compartiendo regalices, mientras estos dedos den voz a las ideas.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

Los 10+1 que engendraron al monstruo

Sonando: The Neverending Story (Limahl)

Como buena romántica que soy (si no entiendes el significado de “romántico” debes revisarlo aquí), de vez en cuando me gusta echar la vista atrás para recuperar ciertos elementos de mi pasado y, quizá, intentar revivirlos, o al menos experimentar esa sensación al respecto que persiste en mi memoria: una especie de retrospección placentera para espíritus decimonónicos como el mío.

He de decir que sé que odiáis la manera en que utilizo palabras inusuales, formas poco comunes del lenguaje y, en general, mi gramática y ortografía escrupolosas. No es mi culpa. Yo solo soy el monstruo en el que los protagonistas de uno de los episodios que más veces suelo rescatar de la inmensidad de mis recuerdos, me convirtieron. Los responsables de que hoy viva en mí el gusanillo de la lectura y la escritura son ellos. Os presento algunos de los libros que engendraron la filia literaria de quien suscribe, y os animo a que rebusquéis en vuestras conciencias y rescatéis los vuestros (en realidad les debemos más de lo que pensamos):

 

Los habitantes de Llano Lejano (Carlos Murciano)llano lejano

Conejo Viejo, Gayo Malayo, Vaca Retaca y compañía, reunidos en torno al Roble Redoble para expresar lo infelices que son siendo quienes son y la envidia que les tienen al de enfrente. Un clásico. Siempre queremos lo que no tenemos, cuando no hay nada más enriquecedor y satisfactorio que ser uno mismo.

 

Cuando Tina berrea (Tilman Röhrig)

Lo tomé prestado en el colegio cuando cursaba segundo o tercero de Primaria. Entonces Tina berreateníamos una especie de sistema de préstamo de libros en el que los viernes podías escoger uno, y una vez terminado lo devolvías y lo cambiabas por otro. Uno de los más codiciados en mi clase era precisamente este: cuando lo conseguías eras el niño más afortunado del mundo y te aparecía una aureola celestial en la cabeza. Y además de ser especial por eso, ¡sus páginas olían a violetas! Una delicia, lo recuerdo perfectamente. Por aquella época nos hacían gracia las rabietas de Tina, incluso nos recordaban a las nuestras propias o a las de nuestros hermanos; sin embargo, detrás de todo aquello, relucen los celos, la envidia y los diferentes traumas que acarrea el desarrollo de roles entre hermanos bajo la correspondiente batuta de los padres. Releer estas cosas cuando tu cabeza va teniendo costra, es muy recomendable.

 

La bruja Mon (Pilar Mateos)Bruja Mon

Otro best-seller en la biblioteca de mi colegio. Como estaréis empezando a notar, El Barco de Vapor ha hecho más por mi generación que los vasitos de flúor que nos daban los jueves por la tarde. En fin, a lo que vamos. La bruja Mon nos parecía una gamberra porque su frase fetiche era “¡Y un jamón!” (dijo la bruja Mon), y nos partíamos de risa. Qué inocencia tan bonita. Doña bruja Mon nos enseñó que el karma existe y que termina por golpearte duramente a medida que tú vas llenando el mundo de malas acciones. Los listillos de la vida reflejados en esta mujer con capirote y escoba, ahí quisiera verlos yo a todos convertidos en pez.

 

Macaco y Antón (Alfredo Gómez Cerdá)MacacoAntón

Por este libro, en mi colegio, rodaban cabezas. En serio. Nunca había manera de hacerse con él ¡porque siempre estaba prestado! Con Macaco y Antón nos ilusionamos porque les vimos cumplir su sueño de ser maquinistas de tren, pero lo que no sabíamos es que gracias a la interacción de este par de amigos con su tirano jefe, también nos iniciamos en el desconocido mundo de la asertividad. Saber decir que no, tener habilidades para expresar nuestras opiniones o sentimientos sin que por ello alguien pueda verse perjudicado. Es algo que si no se trabaja desde la base difícilmente podrá practicarse con éxito en el futuro, pero una vez se domina… Entonces you’ve got the power, amigo.

 

Querida Susi, querido Paul (Christine Nöstlinger)

Mucho antes de que Whatsapp existiera, antes incluso de que el chat de IRC o Messenger pervirtieran nuestra inocencia comunicativa, los niños solíamos escribirnos cartas y postales para mantener el contacto con aquellos amigos o familiares que se encontrabanSusiPaul lejos de nosotros. No seré yo quien critique los beneficios de los actuales métodos de comunicación y las nuevas tecnologías, sin embargo, el cosquilleo que producía encontrar en el buzón un sobre dirigido a ti, es insuperable. ¿Y las cosas que nos decíamos en aquellas misivas? Asuntos trascendentales, como que en la playa te había picado una medusa, que estabas harto de los ronquidos de tu padre o que ardías en deseos de llegar al pueblo y jugar a polis y cacos. Susi y Paul son una oda a todo eso, a la máxima expresión de la pureza de ser niño, a pintarse corazones y transmitir un cariño limpio de prejuicios y maldades. Soy tan consciente de que una gran parte de mi vida fue así, que no sabéis qué felicidad y qué paz interior siento. Quienes tengáis el regalo y la responsabilidad de los hijos, hacedme un favor: permitidles ser niños en todo su esplendor, sin desestimar las cosas que a vosotros, de pequeños, os apasionaban, porque resulta que a veces, lo más sencillo, termina por ser lo más valioso.

 

El pirata Garrapata (Juan Muñoz Martín)

Reconozco que me regalaron este libro y no me hizo especial ilusión, quizá fuera porque elpirataGarrapata título a priori me resultó poco atractivo (la apariencia sí importa, amigos). Finalmente decidí leerlo un día cualquiera de verano y entonces aprendí también que las apariencias engañan. Administre una buena dosis de El pirata Garrapata si quiere hacer volar su imaginación: ¡qué aventuras tan divertidas con estos rocambolescos personajes! Carafoca, Chaparrete, Floripondia… Unas ilustraciones geniales, además. Y como de apariencias va la cosa, Garrapata nos demostró lo propensos que somos a hipermaquillar la realidad para que los demás obtengan ciertas percepciones de nosotros, en lugar de invertir energías en potenciar y optimizar nuestra esencia, que por si no lo sabías, es lo que te hace auténtico e irrepetible.

 

Fray Perico y su borrico (Juan Muñoz Martín)

Sin duda, es digno de elogio el talento del escritor para la literatura infantil, no hay más que ver su prolífica obra. En esta ocasión, uno de sus buques insignia, Fray Perico, que diofray-perico-y-su-borrico de sí para toda una saga (al igual que el colega Garrapata). Que una historia para niños esté protagonizada por frailes hoy podría catalogarse de sectáreo, anticuado, puritano o incluso los más avanzados se atreverían a conspirar acerca de un posible mensaje subliminal de la Iglesia, sin embargo, amigos, yo leí varios libros de Fray Perico y aquí estoy, con la mente despejada y con las puertas abiertas de par en par. De hecho, el recuerdo que tengo al respecto es el de haberme desternillado con las ocurrencias del buen Perico y sus compañeros de convento, quienes nos transmitieron la idea de que en primer lugar somos humanos, con nuestras virtudes y defectos, y que relativizar en la vida, es una práctica que está muy bien pero que nos debe dar alergia, porque pasamos el día preocupándonos (por absurdeces), la tarea más insulsa del mundo cuando se vive de brazos cruzados.

 

Los amiguetes del pequeño Nicolás (Sempé / Goscinny)portada-amiguetes-pequen-nicolas

No os podéis imaginar el cariño que le guardo a Nicolás y su pandilla: Agnan, Clotario, Godofredo, Joaquín, Alcestes… ¡El vigilante a quien apodaban “El Caldo” porque cuando te miraba tenía “ojos de grasa”! Todos ellos entrañables, de nuevo desprendiendo esa inocencia de niño travieso pero con buen corazón que un día fuimos. El “universo Nicolás” dio para más de cinco libros e incluso una película, y recomiendo encarecidamente su lectura en formato papel para disfrutar mejor, si cabe, de las ilustraciones del gran Sempé. Si eres niño de la década de los 50, recordarás aquellos maravillosos años con una sonrisilla en la boca.

 

Charlie y la fábrica de chocolate (Roald Dahl)

Rozando un poco el eterno debate: ¿es mejor el libro, o la película? Yo soy de la opinión decharlpor que, por lo general, donde esté el libro, se quite el séptimo arte, pero hay que reconocer el mérito de quienes se atreven a dar vida a un montón de páginas escritas. La historia de Charlie Bucket me fascinó mucho antes de que el gran Tim Burton “le metiera mano” y saltara mundialmente a la fama superando a la película que le precedió en el año 1971. Este libro también estuvo muy de moda entre los niños de mi clase (sí, amigos: los de los 40 Principales se inspiraron en mi clase para crear Del 40 al 1), recuerdo que varios de nosotros nos lo leímos a la vez y solíamos comentar “por dónde íbamos”, es decir, cuántos de los niños que inicialmente consiguieron entrar en la visita a la fábrica de Willy Wonka, continuaban en la misma. Cabe destacar, en el relato, la delicadeza con la que transmite lo caprichosos que somos los niños (y no tan niños) a través del desarrollo del mismo. Tantos antojos, tanta “necesidad creada”, tanto de “todo” y tan poco de lo que realmente suma… Problemas del primer mundo, ya se sabe.

 

La cazadora de Indiana Jones (Asun Balzola)

Desconozco si los niños de ahora conocen lo que es heredar la ropa de tus hermanos / La cazadora de Indiana Jonesprimos mayores. En mi casa, cada vez que alguna de mis tías venía con ropa de mis primas, montábamos todo un rito salvaje alrededor de aquellas bolsas repletas de prendas. Eso sí, aunque molaba que de repente tu armario tuviera mayor contenido, aquello era como una lotería y a veces te tocaban unas mierdas muy ricas, y si era así pues ya podías berrear todo lo que quisieras, que te lo ibas a poner igual y punto. Guasas aparte, a Christie, la protagonista adolescente de este libro, le tocó heredar de su hermana una cazadora terrible y pensó que era justo lo que le faltaba, si es que no tenía bastante con las burlas y humillación que soportaba en el colegio, a causa de sus problemas de peso. Hoy lo llamaríamos bullying, que nos encanta incorporar anglicismos a nuestro idioma porque no debe ser lo suficientemente rico, pero el acoso escolar tiene, por desgracia, amplia tradición en nuestra sociedad. De este libro, no obstante, lo mejor no es ese drama sino la manera que acaba adquiriendo Christie para manipular a sus acosadores, a raíz de llevar la tan odiada chaqueta de su hermana, así como la lectura final que ofrece, basada en la importancia de desarrollar unas sólidas habilidades sociales y de relacionarse con personas no tóxicas.

 

Melodía siniestra (R.L.Stine)

Con trece o catorce años, y tras no haber superado un trauma infantil con Freddy Krueger, me sentí preparada para abordar otro tipo de lecturas más allá de El Barco de Vapor. La Melodía siniestraserie literaria Pesadillas, en la cual se encontraba Melodía siniestra, se hizo muy popular por aquella época y quien más quien menos se hacía con alguno de los ejemplares que formaba parte de la colección. Hasta mis manos y mis ojos llegó este en forma de regalo de cumpleaños, y me decidí a leerlo presa del morbo y la curiosidad de enfrentarme por primera vez a una lectura a priori misteriosa o de terror. Quizá no resulte memorable por su calidad estilística o narrativa, sin embargo, a mi cabeza pre adolescente le sirvió para comprender que también los libros pueden conseguir generar a quien los lee sensaciones de intriga, suspense y por qué no decirlo, miedo. Realmente algo muy especial que no sucede con el cine, por ejemplo: cuando experimentamos miedo viendo una película, es probable que algunos reaccionemos cerrando los ojos o desviando la mirada, pero la escena continuará inexorablemente, miremos o no. La magia de leer te “obliga” a atravesar cada instante de la historia, te enfrenta a ella, y quizá ser dueño de tus propios temores te sirva saber gestionarlos y, en definitiva, para conocerte mejor a ti mismo.

 

Como suele decirse, son todos los que están, pero no están todos los que son. Haciendo balance me doy cuenta de que realmente tuve una infancia muy marcada por los libros, si bien es cierto que durante mis años de niña (y no hace tantísimo de aquello) no vivíamos en una sociedad tan hiper tecnológica como la de ahora, ni había doscientos canales en la telévisión, ¡ni siquiera teníamos ordenador en casa!, con lo cual dedicábamos nuestro tiempo de juego u ocio a actividades entretenidas al alcance de nuestra mano (incluimos, por ejemplo, y aparte de la lectura, el laborioso oficio de cortarle el pelo a las muñecas hasta dejarlas calvas, esto también lo petaba, amigos, Eduardo Manostijeras era un aficionado a nuestro lado). En fin. He aquí un pedacito de mi esencia más pura, un pequeño granito de arena que ha derivado, tras un paulatino horneado, en lo que véis / leéis ahora. ¡Y a mucha honra, eh!

Por cierto, mirad qué he encontrado cuando buscaba imágenes de Freddy Krueger: esto sí que traumatiza.

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Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

 

 

4 de marzo

Sonando: En el último trago (José Alfredo Jiménez – interpretada por Los Rodríguez)

Mira que me jode admitirlo, pero sí, ha ocurrido de nuevo. A punto de cumplir años voy yo y me asomo al balcón de la vida, a contemplar qué ha pasado ahí abajo: quién está; quién pasó, y ni me enteré; quién pasó y marchó, pero nunca se fue… Y quién sigue al pie del cañón, soportándome o disfrutándome, según los ojos que lean.

Para mí, el 31 de diciembre está sobrevalorado. Festejos dentro de festejos que transcurren por inercia. Después hay que cambiar de calendario, acostumbrarse a la nueva cifra y… poco más, porque los propósitos son trola y lo sabéis. Sin embargo va terminando febrero y ya huele a 4 de marzo, fecha que me resulta bonita de ver y de escuchar, y que provoca en mí un cosquilleo en el estómago que indica que, ahora sí, ha pasado un año más, y por consiguiente un año menos, dependiendo de nuevo, de los ojos que lo miren.

“¿Y qué he hecho yo en todo este tiempo?”, dice mi lado emocional. Mi lado racional se gira rápidamente y comienza a vomitar informaciones, logros, fracasos, errores y aprendizajes, datos, hechos acontecidos no en el solo intervalo del año transcurrido sino en el del montón acumulado, y, claro, al lado emocional no le queda otra más que callarse y complementar positivamente las aportaciones de su colega, porque, ¿sabéis una cosa? es verdad aquello de que al final tendemos a quedarnos con lo bueno, con lo que suma. Las cosas malas no parecen tan malas cuando el tiempo ha fermentado bien entre tanto y de todo eso obtenemos una copa de buen vino. Yo me tomo la mía a vuestra salud.

Pero no todo iba a ser embriaguez dulce en la senda de la vida. Lo peor de cumplir años, para quienes consideramos la edad un apéndice de la mente y no un condicionante, son las valoraciones ajenas al hecho en sí y el impacto que, según el criterio del ajeno de turno, debería significar en nuestras vidas. Esto también ocurre cuando te reencuentras con alguien a quien no ves desde hace tiempo: prejuicios, juicios y postjuicios. En algunas ocasiones me habéis leído y escuchado satirizar sobre ello o incluso disertar con mala leche (es que hay días que me levanto muy punk): no entiendo por qué debo yo obedecer un modelo de vida que a alguien (o a muchos) les encaja (o se lo encajan), si soy feliz viviendo a mi manera.

Conozco gente de mi edad, que… Rectifico. Conozco gente, que, siguiendo religiosamente con los mandamientos de “la vida social normal”, un libro no escrito que describe todo lo que hay que cumplir a cada cierta edad, vive sumergida en el océano de la frustración, profunda inmensidad donde las haya, no quisiera yo zambullirme en sus aguas. También sé de casos desesperados por empezar a formar parte de esas leyes sin papel, dando vueltas en bucle a sus relojes de arena y con la psicosis continua de que alguien les pueda señalar con el dedo. O quienes alardean de “vida social normal” y lo que tienen es una vida máximamente mierder, mierda pura, pura megde, mes amis. Si te has reconocido en alguno de estos tres grupos, quizá te convenga una de tiempo fermentado seguido de copa de buen vino.

Así que hoy, cuatro días después de haber comenzado marzo, me reafirmo, me re-libero y huyo de los estereotipos sociales dominantes. Elijo vivir mi vida, fabricármela yo a mi estilo, a veces planeando y otras improvisando, disfrutando cada etapa y quemando los cartuchos al ritmo que se me antoja. Y no es fácil, ¿eh? Os lo aseguro. Pero sé firmemente que merece la pena.

Y supongo que no tengo remedio y que, como los propósitos son trola, el año que viene me volverá a pasar lo mismo, sentiré el impulso por estas fechas de asomarme al balcón de la vida y hacer balance, y estaré tentada de llevarme las manos a la cabeza porque no me parezco a las chicas de la tele. Entonces me calzaré mis tacones, retocaré mis labios rojos, sonreiré frente al espejo y sabré que sigo allí, conmigo misma, fiel a la persona más importante de mi vida. Un año más, con tantos que quedan por delante, dispuesta a no dejarme llevar, a ser escritora de mi propio libro, que existe y que es de verdad, y que, quizá, leáis algún día.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Impertigente

Sonando: Feo, fuerte y formal (Loquillo y Los Trogloditas)

Quienes trabajamos cara al público o tenemos relación diaria con personas ajenas (a veces no tan ajenas) a nuestra organización o entorno, lo sabemos: un importante sector de la población folla muy poco y padece de estreñimiento crónico.

Entiendo de veras que esas carencias y desórdenes vitales tienen sus consecuencias, no es para menos. Quizá estos seres echan, cada mañana, un chorrito de vinagre al café, y en lugar de galletas, mojan… qué se yo, plantillas Devor Olor usadas. Quizá llevan ropa interior de esparto y quizá no cuidan su depilación íntima, lo cual imagino un espectáculo en conjunto. La camisa no les cierra en el botón crítico porque el tránsito intestinal irregular es lo que tiene, que aumenta volúmenes no deseados, y el espejo solo muestra ese pelo que no hay manera de domar, esa arruga que no hay manera de disimular, esa cana que no hay manera de teñir o ese grano que no hay manera de espachurrar (sin parecer Jack El destripador). Con todo y con eso, se atreven a salir a la calle dispuestos a mostrar al mundo cuán desagradable es vivir ajeno al buen sexo y al saludable hábito de evacuar cada día, siendo su pretensión máxima trasladar esa sensación interna que experimentan al mayor número posible de personas con las que tengan la desgracia suerte  de cruzarse. Y además pretenden hacerlo sonoro y vistoso, porque oye, el no follar y el no cagar dan a cambio mucho tiempo para especializarse en impertigencia.

Impertigencia: Dícese de la cualidad del impertigente, es decir, persona perteneciente a este colectivo (impertigentes) cuyo patrón habitual de relación social se manifiesta molesta, irrespetuosa, insolente, susceptible a la irritabilidad y descarada. Los dos factores principales que suelen fundamentar esta actitud son la ausencia de actividad sexual satisfactoria, y/o las irregularidades en el funcionamiento del aparato excretor.

Llegados a este punto, el ser impertigente lleva a cuestas toda una campaña promocional de su impertigencia, diseñada especialmente para impactar sobre un público aleatorio (o no). Cuenta con unas técnicas infalibles (a la par que rastreras) de humillación, despotismo y prepotencia, y no tendrá ningún reparo en utilizarlas para lograr la única satisfacción que su condición de impertigente le permite: hundir al interlocutor de turno. Vaya por delante que todo ataque proveniente de impertigentes es de “mucho lirili y poco lerele”, es decir, a ojos de cualquier persona, una actuación estelar de este colectivo puede alcanzar un nivel 8 en la escala de Ritcher, sin embargo detrás de tanto desprecio, insulto, grito y dedo apuntador, hay, sencillamente, nada. Ni una sola razón de peso, un argumento válido o comentario enriquecedor. Nada, absolutamente. No obstante si sigues hurgando, si arañas un poquito, levantas su coraza.

Y tras la coraza, irrumpe estrepitosamente a la superficie un cóctel de amargura, frustraciones varias, complejos de inferioridad, falta de criterio, carencias afectivas y autoestima por los suelos. Agitado, no mezclado. ¿El inconveniente? Muy poca impertigente se deja rascar la coraza, en primer lugar porque el tiempo en el que interactúan con “sus presas” lo copan de las vergonzosas técnicas antes mencionadas, y segundo, porque son tan conscientes de ello, que lucharán con todas sus fuerzas para mantener a salvo la fina línea que protege sus debilidades. El ser impertigente no buscará a sus víctimas: se las encontrará. Y las cazará sin piedad. Morderá en la yugular, y con sus alimañas hará creer al herido que además de herido es culpable. Y no.

Querido herido desconocido: está usted siendo víctima de impertigencia. Probablemente se siente desvanecer hasta rozar el núcleo interno de la Tierra, mas tengo noticias que le harán ascender a la estratosfera: el ser que tiene enfrente es un espejismo. Está hecho de cartón piedra. Aparenta ser un ogro de estos, pero solo es un ogro de estos. Se le cae el moco, fíjese. No pierda el tiempo con impertigentes, no les regale sus cinco minutos de gloria. Porque usted, querido herido desconocido, tiene más y mejor que follar y… Bueno, de cagar no hablamos porque seguro que se está quedando bien a gusto mientras les sufre delante.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Veinte años de sexo en el Kronen

Sonando: Chup, chup (Australian Blonde)

Recuerdo la primera vez que vi la película Historias del Kronen. No tendría más de doce años y fue “sin querer”, es decir, sin premeditación y alevosía, sino más bien con la inocencia de una cría que a las cuatro de la tarde de un verano cualquiera enciende el televisor y se encuentra con “ese percal” (ventajas o inconvenientes de tener el Plus por aquel entonces). Me acuerdo perfectamente de que la cogí ya avanzada, y recuerdo el ardor de mis mejillas al presenciar esas escenas de sexo que tanto me asombraron, porque a mis doce escasos años yo había oído hablar de “hacer el amor”, pero de “follar”, ni idea. No sabía muy bien qué, pero lo que estaba claro es que algo pasaba por ahí abajo, o por ahí adentro. Carlos (Juan Diego Botto) me parecía el chico más guapo que jamás hubiera visto y yo de mayor quería un novio como él. Dejé la peli sin terminar (después de afanarme luchando contra mi inocente cuelgue) porque temía que mi madre entrara en cualquier momento y “me pillara” ahí embelesada con ese vaivén de sexo, drogas y rock & roll… y con el rubor al rojo vivo.

Pocos años después, estábamos algunas primas y yo en la casa del pueblo de nuestra abuela, disfrutando allí las fiestas. Una de mis primas “las mayores”, tenía pululando por el cuarto de estar un libro que leía a ratos, y los ratos que no lo leía ella, ya lo estuve leyendo yo. Al principio ni siquiera había llamado mi atención, era un libro más bien delgado y con las pastas endebles y amarillentas. Pensé que era un catecismo, una Biblia de bolsillo, el Evangelio según San Marcos edición coleccionista… yo qué sé, es que en mi familia son muy católicos y los libros que acostumbraba a ver solían ser de ese tipo. El caso es que un día me dio por hojear (de pasar páginas) y ojear (de mirar) páginas sueltas y… Sí amigos, allí estaba de nuevo mi Carlos, a quien afortunadamente yo ya ponía cara, teniendo más (y mejor) sexo, consumiendo más (que no mejores) drogas y gozando del mejor rock & roll. ¡Qué descubrimiento! Historias del Kronen en sus cimientos más puros, ¡y ahora entre mis manos! El plan resultaba genial, pues a ojos de todos solo era una niña buena con un libro, sin embargo me había convertido en una yonki, bebiéndome un capítulo tras otro, sin poder parar, elevando a un millón la temperatura de mis entrañas con cada escena sexual (porque la fuente de inspiración que otorga la lectura a la mente para que esta ejerza su poder de interpretación, es infinita y brutal), y empezando a ser consciente de aquello que pasaba por ahí abajo, o por ahí adentro, una sensación placentera que yo era capaz de alimentar entonces con las historias que se contaban Carlos y sus amigos en el Kronen.

No se quedó en esas el asunto y volvió a mí en la época universitaria, cuando ya había florecido lo que tenía que florecer y cuando más ebullen los instintos… Seguro que me entendéis. Mi estilo de vida se asemejaba en cierto modo al de estos chicos, aunque no a ese nivel de excentricismo y límite sensorial que las sustancias estupefacientes provocan, aclarado sea. Pero tuve la suerte de vivir fuera de casa mientras estudiaba, con todo lo bueno (y lo malo) que eso conlleva, y mentiría si dijera que no nos pasábamos las semanas haciendo planes que nada tenían que ver con ir a clase, botellones improvisados y juergas varias. Con todo y con eso, Historias del Kronen reapareció un mes de septiembre, estudiando en la biblioteca para recuperar los cates consecuencia de tan holgada vida estudiantil. Una amiga y yo la alquilamos en DVD y la vimos en su casa. Sabía de sobra de qué iba aquello y tenía muy localizadas las escenas tórridas, sin embargo las esperaba con ansia y no podía evitar gozarlo (interiormente) como si de la primera vez se tratara cada vez que estas se sucedían. La intensidad de mi empatía era tal, que prácticamente podía sentir a Carlos embistiéndome con fuerza, nutriéndome de sexo y desprendiendo para conmigo sus esporas de pasión. Después lo remataba con esa actitud rebelde y rompecorazones y ahí me vi, siendo una más en su lista de presas degolladas.

Y parece que no quedé satisfecha.

El viernes pasado volví a toparme con él. No habíamos quedado ni nada parecido, pero puse La2 de TVE y allí estaba. Carlos, mi Carlos, aquel chico que, según mi consciencia, follaba (ahora sí) como una bestia y que lo inundaba todo de feromonas implacables. Y sí, encontré a Carlos, pero no a quien yo recordaba, sino a otro Carlos, delgaducho, prácticamente imberbe, déspota, con dejes de maltratador en potencia, vacío por dentro… y con un peinado a lo Cristóbal Colón que no podía parar de analizar. Sabía cuándo tocaban las escenas que en otros tiempos me habían hecho enrojecer, pero las veía y no me impresionaban. No me llamaban la atención, ni siquiera me excitaban. Los polvos me parecían mal echados, el trato mezquino, él un mierda. Eché cuentas. Historias del Kronen se había estrenado en 1995. Joder, veinte años ya. Dos tercios de mi vida, que se dice pronto, que me han servido para experimentar, saber, descubrir, probar, decidir y en definitiva, crecer. Y conocerme, importante. Veinte años que comprenden la evolución de mi yo niña a mi yo mujer, nada más y nada menos. Pero la rueda no se detiene aquí.

Siempre habrá un Carlos del que colgarse, una imagen impactante, estremecimientos de entrañas y sexo real que erice la piel. Y el Kronen, mientras tanto, seguirá abierto para que entre todos le contemos cómo pasa la vida.

Pronto más regaliz para dos, amigos.