Querido desconocido:

Sonando: Pesadilla en el parque de atracciones (Los Planetas)

Tú y yo no nos conocemos, valga la redundancia. Esta afirmación me produce un profundo alivio pero también incertidumbre, no lo voy a negar. Porque si andas ahí, escondido tras una esquina más o menos cercana, me vas a asustar. Y es que no me gustan los sustos, y lo que me pasa es que no quiero conocerte jamás.

Aunque tengo el gusto de no haberme encontrado contigo, sé algunas cosas sobre ti. Sé que vives oculto. Que numerosas veces no llegas a manifestarte, pero que muchas otras sí. Y que cuando lo haces, llegas así, de repente, sin avisar. Eres una mala sorpresa. Un imprevisto desagradable con el poder de lastimar tanto al sorprendido como a toda la gente que vive a su alrededor.

Sé también que, una vez llegado, te instalas cómodamente. O al menos lo intentas. Y sé que eres fuerte y es difícil pelear contra ti. Quieres expandirte y ocuparlo todo, y con ahínco cumples tu voluntad. Que desde afuera intentan obstaculizar tu tarea, pero tienes tesón. Insistes. Y rara vez decaes.

Sé que eres doloroso. En todos los aspectos en los que el dolor puede habitar, ahí estás tú. Dueles en lo físico y en lo mental. Y en lo emocional, ahí sí que dueles. De manera irreversible, incluso. Haces daño y generas daño.

Pero quizá haya cosas que tú no sabes, querido desconocido.

Que el hecho de tocar con tu rancia varita a alguien, le convierte automáticamente en luchador. Probablemente la competición más importante de su vida, para la que nunca se preparó ni entrenó. Una competición que nadie quiere disputar pero que unos elegidos se ven obligados a acometer. Un desafío a vida o muerte, un duelo al que retas por la espalda, de la manera más rastrera posible. Sí, puedes considerarte casi implacable pero debo decirte también que eres ruin y miserable. Y que quienes consiguen plantarte cara, esos luchadores improvisados, son superhéroes con la misión más importante de sus vidas, salvar la suya propia.

Que cuando invades la vida con tus ganas de muerte solo generas más ímpetu de vida. Al sorprendido y a toda la gente de su alrededor. Y que, aunque esto es solo un sentimiento, algo silencioso e intangible, no debes subestimarlo, pues tú tampoco haces ruido y te piensas invencible. Y, ¿sabes qué?

Que no lo eres. Que no lo pones fácil, de acuerdo, pero es posible frenarte, detenerte e incluso eliminarte.  Y que cuando eso sucede, sonreímos todas las sonrisas que nos arrebataste. Y lloramos otras lágrimas diferentes, que son las de alegría. Y celebramos. Celebramos LA VIDA.

Así pues, querido desconocido, ojalá nunca tengamos que vernos. No vengas.

No te espero.

No te quiero.

Y si, después de todo, me buscas y me encuentras, has de saber que te mantendré el pulso. Te miraré a los ojos y pelearé. Jugaré a tu juego macabro. Y, no lo dudes: pienso ganarte.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Dedicado a todos esos “luchadores improvisados”, mujeres, hombres y niños, que nos dan lecciones de vida a través de sus experiencias, así como a quienes luchan desde el laboratorio para tratar de poner fin a esta enfermedad.

19 de octubre, Día contra el Cáncer de Mama.

El Pez Volador

Sonando: La milonga del marinero y el capitán (Los Rodríguez)

Hace algún tiempo, existió un barco que surcaba los mares. Quizá no fuera el más grande, ni el más imponente, pero a todos gustaba por estos lares. Lleno de lustre y humildad, cada puerto que visitaba, se sentía honrado de verlo atracar.

Lo llamaban “El Pez Volador”, ya que, al igual que este animal marino, a pesar de su reducido tamaño, conseguía avanzar firme, constante, veloz . Algunos aseguraban haberlo visto volar, pero bueno, ya sabéis: a la gente le encanta hablar.

Aunque bonito por fuera, sin duda lo mejor de El Pez Volador estaba adentro: una tripulación fuerte, unida, el buen trabajo era su anhelo. Guiada por el mejor capitán, liderada por los mejores segundos de a bordo y sujetada por los mejores marineros. Todos en aquel barco eran considerados piezas importantes, pues se sabían responsables de procurar el ritmo y de mantener un rumbo certero.

En esas estuvo nuestro Pez volador, prolongando su buena fama en el tiempo, durante meses y años enteros. Un día, uno de los segundos de a bordo decidió abandonarlo en busca de nuevas rutas y nuevos puertos, y, aunque algo apenados, capitanes y marineros lo despidieron, y pensaron que era buen momento para abordar nuevos tiempos.

Llegó en su lugar alguien llamado Pistolero, (no se le veían pistolas, eso lo descubrieron luego). Y así comenzó una nueva etapa, y los nuevos tiempos parecieron buenos. Pistolero irrumpió asentando su derecho, así que el barco cambió de rumbo y al capitán le dio un mareo, pero una vez se repuso, siguió guiando en silencio.

Y pasó de nuevo el nuevo tiempo, y resultó que no era líder sino tirano, este Pistolero. Unió lazos con el patrón, que es el que tiene dinero, y este, borracho de ignorancia, le obsequió con su alma por completo. Mientras tanto el capitán, siguió guiando en silencio, y no hacían sino remar y remar, aturdidos, los tenaces marineros.

El Pez Volador perdió el otro segundo de a bordo, y así engrandeció Pistolero. Y como un tirano no es otra cosa que un poderoso lleno de complejos, se vio solo y sintió miedo. Mas el destino caprichoso puso un repuesto de lujo, un Bufón sin tapujos, un bandido perfecto. Pronto se hicieron amigos Bufón y Pistolero, y no es el orden descrito, ni lo de “amigos” lo cierto. Ambos eran mentira, y todos lo sabían, y todos lo sabemos: que el tirano necesita bufones, y los bufones pistoleros. Mientras tanto ahí abajo, remaban, sin mesura, los constantes marineros, y donde antes se alentaba, latigazos hubo luego.

Olía tanto a injusticia, que gritó algún que otro marinero. Que si de remar se trataba, ya sabían lo que hacían, ya tenían buen criterio. Desagradó la rebeldía de aquellos que con osadía, desafiaron a Bufón y Pistolero, así que resultó que desde ese día, remaron encañonados los valientes marineros.

Y el patrón en su ignorancia derrochaba y sonreía, y Bufón y Pistolero se empeñaron en hacer lo que ya hacía el guía. Capitanes no nacieron ni jamás que lo serían, y el barco turbulento navegó, a duras penas, durante noches y días.

Sin rumbo definido, avanzar resultaba complejo, y de tanto sobre esfuerzo, El Pez Volador, aunque robusto, se fue quebrando y se fue hundiendo.

El capitán permaneció en el barco, siguiendo la norma, siguiendo en silencio. Avistaba tierra firme, pero no saltaría el primero.

Sí se lanzaron al agua los maltrechos marineros, mas sus brazos bien curtidos, de remos y más remos, hicieron posible la huida, y pusieron sus pies en el suelo. Y anduvieron su camino, por la vida, recibiendo cuanto dieron.

El patrón dijo que nada creía, asombrado por aquello. Quiso encontrar la salida pero sin alma fue un “quiero y no puedo”; y con el agua ascendiendo, a todos y a nadie veía, cerró los ojos pensando que era en tristeza y no en agua donde él se sumergía.

Con el barco casi hundido, quedaban aún el tirano y su palmero. Amarrados a la borda trataban ellos de salvar su ego, pero no se sostenían, uno de los dos habría de morir primero. Empujando por la espalda, en un acto rastrero, Bufón trató de vencer a quien antes fue su amigo, a su ilustre bandolero. Que Dios los cría y ellos se juntan, dice nuestro refranero, los dos de la misma calaña, envenenados por el mismo veneno. Falló el intento homicida, y Bufón no esperaba esto: que antes le dispararía, con su pistola, Pistolero.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

 

 

 

Un año de blog

Sonando: Un año de amor (Luz Casal)

Siempre tuve claro que de estos deditos de pianista que Dios me dio nunca saldrían melodías de piano pero sí esas ideas que me rondan la mente y la agujerean como queso Gruyere desde tiempos inmemoriales. No es que de los dedos salga literalmente algo, entendedme seres del Averno, solo trato de expresar que mis manos, a través de la escritura, iban a ser capaces de plasmar aquello que surge en mi cabeza.

La oratoria nunca fue mi mayor cualidad, mis habilidades sociales no se caracterizan por una enorme elocuencia, tampoco puedo decir que se me oiga en exceso allá donde voy. No soy la pesada que te taladrará con llamadas telefónicas para esto y aquello y rara vez seré la primera en hablar en público, lo cual no significa, por otra parte, que permanezca ausente a todo lo que me rodea. Os observo, amigos. Mucho.

Soy de las de “la procesión va por dentro”, una especie de esponja que se pasa el día absorbiendo información, datos, comportamientos, actitudes, imágenes, palabras, conversaciones, sonidos… Después los proceso y los macero, durante tiempo indefinido, en mi chaveta loca, y cuando adquieren consistencia y forma, regresan al exterior convertidas en letras, palabras, frases, párrafos… Y entonces todo tiene sentido.

Un día comprendí que estaba acumulando demasiadas cosas en ese ámbito etéreo de mí misma, que debía hacer caso a mi intuición que ya me venía avisando de que la carrera de piano no era lo mío, y que comunicar no solo es abrir el pico, como tantas veces os digo. Así que con un poquito de aquí y otro poquito de allá… Nació Regaliz para dos, un jueves 1 de octubre, de hace exactamente hoy un año.

Vio la luz Regaliz para dos un 1 de octubre de 2015 y prácticamente nadie supo de su alumbramiento. Fue algo mío, como casi todo lo que hago, porque me paso tanto tiempo dentro de mi círculo íntimo que a veces olvido que formo parte de un colectivo llamado sociedad, con grupos cercanos que requieren atención y actividad por mi parte. Pero bueno, en este caso me perdonaréis que no anunciara a bombo y platillo el inicio de este blog, porque es algo muy mío y las cosas de uno, uno decide cuándo presentarlas.

Decidí que la entrada del 17 de noviembre sería la idónea para saludaros y haceros conocedores de Regaliz para dos. Coincidiendo con el 16º aniversario de la muerte de Enrique Urquijo, creé un relato que de verdad me habría gustado hubiera sido cierto, en el cual Enrique no moría. Estuve (estoy) muy orgullosa de esa historia y pensé que no había mejor manera de contaros mi proyecto personal, que esa. Y así hice, y así es como conocisteis Regaliz para dos, y con ello mi faceta de hablar con palabras escritas, o escribir con palabras habladas, de las que salen desde muy adentro.

Algunos os asombrasteis y otros muchos no, porque quienes más me conocéis ya sabíais que nunca fui de números y mucho de letras, por lo tanto esto era algo casi previsible. Para mí fue realmente un gran paso y forma parte de mi trabajo conmigo misma en saber manejar mi timidez y potenciar mis cualidades, porque para eso están, amigos.

Así que desde entonces y hasta hoy, he ido publicando, con mayor o menor asiduidad, una entrada o post en este blog que es muy mío pero que cada vez es más de todos; os he invitado a reflexionar, a pensar, a hacer autocrítica; también os he incitado a reír, a emocionaros, ¡a preocuparos por mí en alguna ocasión!, y a tararear canciones y tener siempre, en cada nueva entrada, una canción de fondo. Regaliz para dos se lee con música, porque las palabras fluyen y se asimilan mejor cuando tienen una melodía sobre la que apoyarse.

Hoy, además de celebrar que escribo públicamente desde hace un año, quiero presentaros la lista o playlist, en Spotify, de Regaliz para dos. Todas y cada una de las canciones que han dado soporte, y continuarán haciéndolo, a todos las publicaciones que han sido, son y serán. Os invito a localizarla y a seguirla, a leerme con ella sonando, o simplemente os propongo que la hagáis vuestra en aquellos momentos que consideréis. Podéis acceder a ella pinchando aquí.

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Y como hoy estamos de cumpleaños, me encantará que os toméis esa copa de vino, cerveza, refresco o Cola Cao con magdalenas a la salud de este blog, de la palabra, de comunicar y de echarle ganas a las cosas que te gustan y que te hacen feliz. Gracias a todos por invertir unos minutos de vuestro tiempo en leerme siempre, no sabéis lo gratificante que es. Seguiremos compartiendo regalices, mientras estos dedos den voz a las ideas.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

Campanas al suelo

Sonando: November rain (Guns’n Roses)

Cásate conmigo,

me dijo de pronto, y sus palabras retumbaron en mis tímpanos como sonido catedralicio, y pareció entonces que el tiempo se detenía, que todo, salvo yo, permanecía inerte, y me vi atrapada en una burbuja, sumergida en un océano de quietud, petrificada, sin poder moverme.

Supongo que nunca se está preparado para esa clase de proposiciones, y supongo que prepararse para esa clase de proposiciones es una absurdez rotunda, así que, en consecuencia, no conocemos con exactitud cómo reaccionaremos en ese momento proyectado en la mente como inalcanzable tras una serie de mitos y leyendas engendradas por la sociedad, pero que finalmente sucedía, ahí estaba, delante de mis narices.

No recuerdo si dejé de respirar durante los segundos siguientes pero deduje que así era, dada la sensación de asfixia que comenzaba a experimentar. Vivir treinta años bajo la etérea sombra de la posibilidad del matrimonio es una tensión vital no resuelta que se esfuma de un plumazo cuando alguien pronuncia las palabras correctas, entonces todo depende de un sí de tu boca y de repente ese sí pesa una tonelada de vida, y sostener semejante carga produce fatiga, intriga y canguelo a partes iguales; y con esa responsabilidad adquirida me hallaba, perdida, en el estupor del momento.

Alcé la vista al cielo. Esperaba encontrar, flotando, mi alma con mi cuerpo, un campo de amapolas, mariposas, unicornios y jilgueros, pero solo figuraba, hercúleo, el sol, en todo su apogeo. Ni rastro de mis alas y ni rastro de mi vuelo, tan solo yo, mi confusión y mi silencio, y pensé en voz bajita: “¡tremenda pantomima, ya lo creo!”

Vaya, así que era esto. Tanto tiempo sobrevolando el fantasma del casamiento y por fin se aparecía, sin avisar, sigiloso, de la manera en que ellos saben hacerlo. Cuando hube asimilado por fin el caos resultante del fragor interno, me sorprendí a mí misma sin ser capaz de preverlo. Aquel fantasma se transformó y dejó de serlo, lo irreal se volvió de carne y hueso. Todo era terrenal, y si pisamos encima de la tierra, no es casualidad, así que de pronto dominé todo aquello; y yo, gigante, mirando desde arriba, no atisbé con mis ojos más que la planitud suelo. Comprendí que el fantasma no era eso sino miedo, miedo acechante que se vuelve inmenso en nuestros propios pensamientos, día tras día con miedo; y ahora ahí yacía, en la banalidad del cemento. Qué carente de sentido, vaya cosa detrás de un “sí, quiero”…

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

 

 

La última vida de un gato

Sonando: Te he echado de menos (Los Secretos)

Hacía un frío espantoso aquella noche de noviembre, pero Rodri quería salir y cerrar todos los bares. Era miércoles, sí: ¿quién sale un miércoles gélido, en Madrid? Pues ya ves, parecía que nosotros. Me soltó, para convencerme, un discurso acerca de la juventud efímera, la dorada época universitaria y lo lejos que quedaban los exámenes de febrero… Además de su archiconocida teoría de que el mundo acabaría en el año 2000, claro. El caso es que faltaba mes y medio…

Qué coño, ¡quiero beber hasta perder el control, Rodri!

Anduvimos por nuestro barrio adoptivo, Malasaña. Los dos adorábamos los resquicios ochenteros que emanaban esas calles, por eso compartíamos un apartamento enanérrimo en la zona. Preferíamos vivir en una caja de cerillas con vistas a La Bola de Cristal antes de hacerlo en un piso estándar que nos convirtiera en estudiantes de provincia de vida estándar. De antro en antro, iban corriendo las primeras cervezas y algún chupito de muerte con limón y sal: no sé si eran mis bajas expectativas de aquella noche o que los planes improvisados son los mejores, pero lo cierto es que la cosa estaba resultando de lo más divertida. Atravesamos la Plaza del 2 de mayo y seguimos sin perder ritmo en La Vía Láctea, para aterrizar por fin en El Penta, como no podía ser de otra manera.

Al entrar sonaba Déjame, de Los Secretos. Mientras Rodri iba a pedir más unas birras, yo, presa de la música (y de lo anteriormente bebido), me entremezclé con la gente que había y me entregué a la música. El Penta es ese lugar mágico que provoca un punctum instantáneo a quien lo visita, trasladándole emocionalmente a La Movida madrileña y evocando sensaciones de las que erizan la piel. Cada canción nueva superaba a la anterior y ahí estábamos Rodri y yo, coreando todos los estribillos. Bailamos como Alaska con Perlas Ensangrentadas y practicamos una buena sesión de air guitar según empezó El ritmo del garaje, de Loquillo y Los Trogloditas. Varias canciones después yo necesitaba ir al baño, así que me dirigí a él a través de las escaleras de acceso, situadas al lado de la cabina del DJ. Al comenzar a descenderlas (a paso lento debido a mi coordinación motriz de dudosa calidad), me parecía estar bajando a una gruta, o al infierno, vete tú a saber. La tenue iluminación fue suficiente para adivinar, en el mínimo descansillo, el cartel de un concierto pasado y, embobada tratando de leer las bandas que se anunciaban en el mismo, tropecé con un tipo de pelo enmarañado, ojos llorosos y cazadora vaquera, quien, sin darme tiempo para disculpas, huyó con menos artes que yo, en dirección opuesta.

Tras La chica de ayer de Nacha Pop, decidimos que era ya momento para ir poniendo fin a la velada, así que recogimos nuestros abrigos y salimos a la calle dispuestos a emprender el camino de vuelta a casa. En la Calle Espíritu Santo la última luz en el barrio se acababa de apagar, pero en aquella penumbra divisamos un cuerpo que yacía, aparentemente inconsciente, a la entrada del portal número 23. Rodri me apremió y aceleramos el paso para llegar hacia él: mi corazón dio un vuelco cuando, por su cazadora, reconocí al chico con quien antes había tropezado en El Penta. Tal y como preveíamos, estaba dormido, incosciente o… ¿muerto?, así que presa del pánico, la cosa solo dio para bloquearme y soltar improperios por doquier. Afortunadamente Rodri sabe reaccionar de un modo más coherente en situaciones límite y con gesto exhortativo me ordenó que siguera sus indicaciones. Él estudiaba enfermería y actuaba con rapidez, muy seguro de lo que se hacía. Obedeciéndole, coloqué la cazadora del chico bajo su cabeza, a modo de almohada, mientras Rodri le desabrochaba la camisa; entonces gritó que pidiera ayuda y comenzó a practicarle el masaje cardíaco. Corrí sin dirección y llegué al primer cruce, donde paré en seco para comprobar que mi amiga mala suerte, como por arte de magia, se transformaba en ambulancia.

No podía dejar de temblar, todavía aturdida, mientras la Policía, que se había personado en el lugar tras el aviso del personal sanitario, nos identificaba y tomaba declaración. Rodri se afanaba en dar todos los detalles y pidió conocer el hospital al que se dirigían con aquel chico; estaba a punto de amanecer y yo tenía la sensación de haber vivido la noche más larga del mundo. Pensativa me concentré en el encontronazo fortuito de las escaleras de El Penta: ¿acaso la vida nos pone determinadas personas en el camino, con alguna clara intención?

Dos días después de aquello, encontramos una carta manuscrita en nuestro buzón. En el sobre, como remite, figuraba la palabra “Gracias”, así que lo abrimos en casa, una vez estuvimos ambos presentes. En su interior solo un folio con la siguiente frase: “Ya sabes cómo hay que apurar la última vida de un gato”, que firmaba, debajo, Enrique Urquijo.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

A la memoria de Enrique Urquijo, 17-11-1999.