Querido desconocido:

Sonando: Pesadilla en el parque de atracciones (Los Planetas)

Tú y yo no nos conocemos, valga la redundancia. Esta afirmación me produce un profundo alivio pero también incertidumbre, no lo voy a negar. Porque si andas ahí, escondido tras una esquina más o menos cercana, me vas a asustar. Y es que no me gustan los sustos, y lo que me pasa es que no quiero conocerte jamás.

Aunque tengo el gusto de no haberme encontrado contigo, sé algunas cosas sobre ti. Sé que vives oculto. Que numerosas veces no llegas a manifestarte, pero que muchas otras sí. Y que cuando lo haces, llegas así, de repente, sin avisar. Eres una mala sorpresa. Un imprevisto desagradable con el poder de lastimar tanto al sorprendido como a toda la gente que vive a su alrededor.

Sé también que, una vez llegado, te instalas cómodamente. O al menos lo intentas. Y sé que eres fuerte y es difícil pelear contra ti. Quieres expandirte y ocuparlo todo, y con ahínco cumples tu voluntad. Que desde afuera intentan obstaculizar tu tarea, pero tienes tesón. Insistes. Y rara vez decaes.

Sé que eres doloroso. En todos los aspectos en los que el dolor puede habitar, ahí estás tú. Dueles en lo físico y en lo mental. Y en lo emocional, ahí sí que dueles. De manera irreversible, incluso. Haces daño y generas daño.

Pero quizá haya cosas que tú no sabes, querido desconocido.

Que el hecho de tocar con tu rancia varita a alguien, le convierte automáticamente en luchador. Probablemente la competición más importante de su vida, para la que nunca se preparó ni entrenó. Una competición que nadie quiere disputar pero que unos elegidos se ven obligados a acometer. Un desafío a vida o muerte, un duelo al que retas por la espalda, de la manera más rastrera posible. Sí, puedes considerarte casi implacable pero debo decirte también que eres ruin y miserable. Y que quienes consiguen plantarte cara, esos luchadores improvisados, son superhéroes con la misión más importante de sus vidas, salvar la suya propia.

Que cuando invades la vida con tus ganas de muerte solo generas más ímpetu de vida. Al sorprendido y a toda la gente de su alrededor. Y que, aunque esto es solo un sentimiento, algo silencioso e intangible, no debes subestimarlo, pues tú tampoco haces ruido y te piensas invencible. Y, ¿sabes qué?

Que no lo eres. Que no lo pones fácil, de acuerdo, pero es posible frenarte, detenerte e incluso eliminarte.  Y que cuando eso sucede, sonreímos todas las sonrisas que nos arrebataste. Y lloramos otras lágrimas diferentes, que son las de alegría. Y celebramos. Celebramos LA VIDA.

Así pues, querido desconocido, ojalá nunca tengamos que vernos. No vengas.

No te espero.

No te quiero.

Y si, después de todo, me buscas y me encuentras, has de saber que te mantendré el pulso. Te miraré a los ojos y pelearé. Jugaré a tu juego macabro. Y, no lo dudes: pienso ganarte.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Dedicado a todos esos “luchadores improvisados”, mujeres, hombres y niños, que nos dan lecciones de vida a través de sus experiencias, así como a quienes luchan desde el laboratorio para tratar de poner fin a esta enfermedad.

19 de octubre, Día contra el Cáncer de Mama.

El triunfo del mediocre

Sonando: ¿Qué hace una chica como tú, en un sitio como este? (Burning)

Solo pido un poco de coherencia. Matamos en nombre de dioses, nos gobiernan descerebrados, nos dirigen los mediocres. El mundo va como va porque la batuta suele caer en manos equivocadas, la orquesta reacciona y la melodía suena inevitablemente desafinada.

Lo cierto es que no merece la pena maltratarse pensando por qué mandan los que mandan. Y me consta que pretendemos cambiar viejas tradiciones, sí, pero han sido demasiados años viviendo entre bolas de naftalina. Por desgracia estamos llenos de mitos erróneos y afrontamos nuestra vida asimilando la falsa realidad que es esa, el mundo dirigido por incompetentes. Una reluciente mierda de purpurina.

Comprendemos que el poder se consigue a base de sudor a veces, y a base de aprovecharse de una buena herencia o de una buena persona, otras muchas veces. Y vaya por delante que esta no es una cuestión de enchufes, sino de saber defender lo que uno representa. De mantener reputaciones y castillos de arena que un día alguien hizo por construir.

Seamos sensatos. El hecho de que los incompetentes nos dirijan no es solo cosa de ellos. Nosotros tenemos ahí nuestra parte de responsabilidad. Quizá no les hayamos colocado en el lugar que ocupan, o quizá sí, pero aceptando esa bizarra realidad lo que conseguimos es aceptarlos a ellos. Nosotros mantenemos su pantomima y nos convertimos en polinchinelas. Llegados a este punto, me encantaría crear un ejército de gente humilde, trabajadora y con inquietudes, con el que mancillar, a base de buenas acciones, la sinrazón de todos estos entes que nos dominan. Porque sí, resulta que somos más que ellos, aunque se nos oiga menos.

En mi faceta de analista empedernida intento comprender el modo de actuación de cada actor. Después de mucho observar, he llegado a la conclusión de que existe una constante: el miedo.

El que mata en nombre de los dioses, lo hace por miedo a las represalias divinas que el hecho de no hacerlo, acarrearían.

El que gobierna en el radicalismo más absurdo, lo hace preso del miedo que le causa lo desconocido, negándose a una evolución sostenida.

El que dirige en la mediocridad absoluta siente miedo a ser desbancado de su trono, y por eso descarga sus complejos, en forma de ira, sobre sus dirigidos.

Y el que se deja dirigir por las escalas superiores, cuando estas son deficientes, se resigna a ello por miedo a que puedan hacer (mal) uso de su poder.

Es una especie de rueda tenebrosa. Es puro miedo.

Así que desde este, mi rinconcito, voy a intentar disparar primero. Hoy mi mensaje va dirigido a todos los que no merecen el poder y sin embargo lo disfrutan. Escuchen bien atentos:

Queremos líderes de buena calidad, en el ámbito de aplicación que corresponda, pero sobre todo de calidad humana sobresaliente. Queremos semejantes que sostengan las riendas con firmeza y buen criterio, no que nos fustiguen con ellas convirtiéndonos en cuadriga a su antojo. Exigencia desde ambas partes. Aspirar a lo mejor motivados por el mejor.

Me pregunto entonces qué hace una chica como yo en un lugar como este, si este no es mi sitio, como dice la canción. Y creo que, llegados a este punto, nos queda ser la versión más brillante de nosotros mismos. Dejar una huella impecable, tanto, que ni el viento ni el tiempo sean capaces de borrar. He ahí el quid de la cuestión: otros no podrán decir lo mismo.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

Ilustración: http://www.jrmora.com

Un año de blog

Sonando: Un año de amor (Luz Casal)

Siempre tuve claro que de estos deditos de pianista que Dios me dio nunca saldrían melodías de piano pero sí esas ideas que me rondan la mente y la agujerean como queso Gruyere desde tiempos inmemoriales. No es que de los dedos salga literalmente algo, entendedme seres del Averno, solo trato de expresar que mis manos, a través de la escritura, iban a ser capaces de plasmar aquello que surge en mi cabeza.

La oratoria nunca fue mi mayor cualidad, mis habilidades sociales no se caracterizan por una enorme elocuencia, tampoco puedo decir que se me oiga en exceso allá donde voy. No soy la pesada que te taladrará con llamadas telefónicas para esto y aquello y rara vez seré la primera en hablar en público, lo cual no significa, por otra parte, que permanezca ausente a todo lo que me rodea. Os observo, amigos. Mucho.

Soy de las de “la procesión va por dentro”, una especie de esponja que se pasa el día absorbiendo información, datos, comportamientos, actitudes, imágenes, palabras, conversaciones, sonidos… Después los proceso y los macero, durante tiempo indefinido, en mi chaveta loca, y cuando adquieren consistencia y forma, regresan al exterior convertidas en letras, palabras, frases, párrafos… Y entonces todo tiene sentido.

Un día comprendí que estaba acumulando demasiadas cosas en ese ámbito etéreo de mí misma, que debía hacer caso a mi intuición que ya me venía avisando de que la carrera de piano no era lo mío, y que comunicar no solo es abrir el pico, como tantas veces os digo. Así que con un poquito de aquí y otro poquito de allá… Nació Regaliz para dos, un jueves 1 de octubre, de hace exactamente hoy un año.

Vio la luz Regaliz para dos un 1 de octubre de 2015 y prácticamente nadie supo de su alumbramiento. Fue algo mío, como casi todo lo que hago, porque me paso tanto tiempo dentro de mi círculo íntimo que a veces olvido que formo parte de un colectivo llamado sociedad, con grupos cercanos que requieren atención y actividad por mi parte. Pero bueno, en este caso me perdonaréis que no anunciara a bombo y platillo el inicio de este blog, porque es algo muy mío y las cosas de uno, uno decide cuándo presentarlas.

Decidí que la entrada del 17 de noviembre sería la idónea para saludaros y haceros conocedores de Regaliz para dos. Coincidiendo con el 16º aniversario de la muerte de Enrique Urquijo, creé un relato que de verdad me habría gustado hubiera sido cierto, en el cual Enrique no moría. Estuve (estoy) muy orgullosa de esa historia y pensé que no había mejor manera de contaros mi proyecto personal, que esa. Y así hice, y así es como conocisteis Regaliz para dos, y con ello mi faceta de hablar con palabras escritas, o escribir con palabras habladas, de las que salen desde muy adentro.

Algunos os asombrasteis y otros muchos no, porque quienes más me conocéis ya sabíais que nunca fui de números y mucho de letras, por lo tanto esto era algo casi previsible. Para mí fue realmente un gran paso y forma parte de mi trabajo conmigo misma en saber manejar mi timidez y potenciar mis cualidades, porque para eso están, amigos.

Así que desde entonces y hasta hoy, he ido publicando, con mayor o menor asiduidad, una entrada o post en este blog que es muy mío pero que cada vez es más de todos; os he invitado a reflexionar, a pensar, a hacer autocrítica; también os he incitado a reír, a emocionaros, ¡a preocuparos por mí en alguna ocasión!, y a tararear canciones y tener siempre, en cada nueva entrada, una canción de fondo. Regaliz para dos se lee con música, porque las palabras fluyen y se asimilan mejor cuando tienen una melodía sobre la que apoyarse.

Hoy, además de celebrar que escribo públicamente desde hace un año, quiero presentaros la lista o playlist, en Spotify, de Regaliz para dos. Todas y cada una de las canciones que han dado soporte, y continuarán haciéndolo, a todos las publicaciones que han sido, son y serán. Os invito a localizarla y a seguirla, a leerme con ella sonando, o simplemente os propongo que la hagáis vuestra en aquellos momentos que consideréis. Podéis acceder a ella pinchando aquí.

fullsizerender-2

 

Y como hoy estamos de cumpleaños, me encantará que os toméis esa copa de vino, cerveza, refresco o Cola Cao con magdalenas a la salud de este blog, de la palabra, de comunicar y de echarle ganas a las cosas que te gustan y que te hacen feliz. Gracias a todos por invertir unos minutos de vuestro tiempo en leerme siempre, no sabéis lo gratificante que es. Seguiremos compartiendo regalices, mientras estos dedos den voz a las ideas.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

Muerte por etiquetitis

Sonando: Madness (Muse)

Sepan ustedes que me he ataviado de la siguiente manera para comenzar a escribir estas líneas:

  • En el pelo, un tupé amarrado con horquillas, y una cola de caballo.
  • Maquillaje: ojos de gata, cat-eyes o lo que viene siendo un eye-liner nivel Amy Winehouse. Y labios color cereza.
  • En el cuello, una gargantilla de perlas.
  • Una camiseta ancha, tanto, que podría decirse que es de estar por casa (pero no).
  • Unos pantalones vaqueros pitillo con rotos y dobleces en los bajos, sí, de esos que tu madre te pregunta por qué pagas por algo que viene roto de la tienda.
  • Una chupa de cuero del mismo rojo que los labios.
  • Y los zapatos que os enseñé en Mujeres luchando con la vida.

Algunos pensaréis que vaya cuadro, otros que qué pintan las perlas con los cueros y los labios con las cerezas, las camisetas anchas con los tacones y con los pantalones rotos… Otros, los menos, me diréis: ¡los pitillo ya no se llevan! Y otros, directamente, que me he vuelto loca y no tengo claro qué estilo seguir, que mi vida está abocada a un fracaso estrepitoso y que el evangelio según Santa Vogue, obviamente, nunca ha figurado entre mis lecturas de mesilla de noche (vale, esto es verdad). Si no me conoces, es posible que intentaras ubicarme dentro de alguna tribu urbana, en el colectivo pijo, dentro de los modernos o ¡dentro del Bershka! Y supongo que algunas de vuestras neuronas sufrieron un calambre fuerte al no quedar claro, según el aspecto descrito, dónde colocarme, cómo definirme y en qué grupo clasificarme, ya que, a priori, las perlas de mi cuello denotan todo lo contrario a lo que los rotos de mis pantalones expresan, y es que… ¡¿Quién osa mezclar conceptos extremadamente opuestos?! Pues yo.

Lo que ocurre aquí es que sufrimos de etiquetitis. Y me explico, camaradas.

Partimos de un concepto muy básico: comunicamos la propia esencia no solo con nuestras palabras, sino también con nuestros hechos y con elementos perceptibles por todo ojo humano, como la forma de vestir, el peinado, maquillaje, barba, bigote o las famosas perillas sobre las que ya os hablé; más allá del aspecto físico seguimos comunicándonos a través de la música que escuchamos, el tipo de cine o televisión que vemos, las lecturas que acometemos, nuestras actividades de ocio y tiempo libre o incluso la dieta que decidimos seguir; nuestros gustos generales y también los particulares, los sexuales y, en definitiva, todo aquello con lo que, de alguna manera, nos dirigimos al mundo.

La imagen que proyectamos no deja de ser eso, una imagen al fin y al cabo, y como tal, dependerá siempre de los ojos con los que sea mirada. Influirán en el veredicto los estereotipos, prejuicios, tendencias sociales, la personalidad de cada uno… Sin embargo, si algo nos ha enseñado esta nuestra sociedad, es a entender los conceptos personales que percibimos, como excluyentes entre ellos cuando no pertenecen al mismo ámbito. Así pues, y volviendo a mis pintas iniciales, si consideramos que llevar una gargantilla de perlas “es de pijas” y llevar pantalones rotos “de macarras”, algo falla ahí porque una cosa no puede ser con la otra, y viceversa. Porque si te defines dentro de un colectivo, debes permanecer en él, impertérrito, para siempre, siendo consecuente con lo que suponga la pertenencia al mismo, y por supuesto, demostrando una fidelidad que será cuestionada ante el más mínimo síntoma de evasión.

Hace poco escuché decir al gran José Antonio Abellán que en España sucede algo que, en otros países (como Estados Unidos) no sucede, o al menos con la misma intensidad, y es que tenemos tan adquirido este asunto de las etiquetas, que no concebimos por ejemplo que a una persona que le gusta AC/DC, le pueda gustar también, qué se yo, Marifé de TrianaHombres G al mismo tiempo; o si eres devoto de Camilo Sesto, no puedas serlo también de Bob Dylan y de Marilyn Manson porque poco o nada tienen que ver entre ellos. Si amas el rock, solo puedes amar el rock, porque amar el rock y el flamenco es incompatible, del mismo modo que si tu apariencia dice que perteneces a determinado grupo: los góticos, hipsters, los hippies, los grunges, heavies o… los que sean, deberás seguir las directrices que cada uno marque, casi hasta el punto de tener que huir de todo lo que se aleje de ellas y pueda acercarte hacia otra corriente, pues entonces cabe la posibilidad de que te señalen con el dedo acusador y te llamen traidor, hereje e incluso de que te expulsen del selecto club en el que vivías encasillado, y claro, eso te llevaría a perder esa etiqueta necesaria para el equilibrio mental de miles de personas.

Y aunque el ejemplo de los gustos musicales ilustra a la perfección la etiquetitis que padecemos, esta es totalmente extrapolable a otros ámbitos de la vida en los que consideramos que existen reglas inamovibles que debemos seguir a pies juntillas, creyendo que decantarnos por algo concreto nos impide fijarnos en su opuesto, empeñados en definir escrupulosamente lo que somos en base a nuestra apariencia y a nuestras orientaciones y gustos, ¡condenados a no disfrutar de tantas y tantas cosas por miedo a perder nuestro cartelito, a desprendernos de nuestras etiquetas!

Y entonces, ¿quién tiene un problema aquí ? ¿Quién no es capaz de proyectarse al exterior en una imagen fidedigna a la esencia que encierra adentro? ¿Por qué reprimir las inquietudes de la mente, cuando el mundo está lleno de posibilidades? ¡Por qué no sucumbir a los encantos que nos ofrece la diversidad que nos rodea!

Llegados a este punto comprenderéis el por qué de mi atuendo, ¿verdad? Me gusta el cuero y me gustan las camisetas, sí, pero adoro también las zapatillas, los rotos, las perlas, los tacones, los tutús y los vestidos de seda; y en mi lista de favoritos de Spotify suenan, sin miramientos y en modo aleatorio, Queen, Manolo García, Elton John, Metallica, Los Tres Tenores, Luz Casal y, entre otros, Juan Luis Guerra, porque si en la variedad está el buen gusto, tengo un gusto exquisito, y las etiquetas, como pican y son molestas, las recorto, las arrugo y me deshago de ellas.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

 

 

Mi reino no es de este mundo

Sonando: Calidad de vida (Loquillo y Los Trogloditas)

Hoy parafraseo a Jesucristo porque, la verdad, no encuentro manera mejor de expresarlo: mi reino no debe ser de este mundo porque si lo fuera, yo no sería yo.

Resulta que estos días de atrás me pasó una cosa. Me topé con gente mediocre que no sabe que lo es. Es decir, ellos practican y consumen mediocridad a partes iguales y no pueden dejar de hacerlo, son una especie de adictos a la pura megde. Por lo general proyectan la imagen de lo que querrían llegar a ser pero no son. Vaya, un holograma cutre carente de identidad propia, limitado únicamente al acopio de rasgos ajenos socialmente bien vistos, según su criterio.

Me di de bruces con esta gente y fue entonces cuando comprendí lo poco identificada que me sentía con ellos y lo fuera de lugar que me encontraba a su lado. Deduje por tanto que yo no debía ser de su especie y me aferré mentalmente, como quien encuentra un oasis en medio del desierto, a mis cualidades, mis virtudes, mis inquietudes y mis proyectos, y me prometí a mí misma no abandonar ese camino lleno de pequeñas piedras y grandes recompensas, ni por supuesto ser jamás una de ellos.

La realidad nos golpea así de brusco, amigos. Sentir de manera tan clara todo eso significa que una ya, a sus treinta más uno, va siendo capaz de reconocer y diferenciar las sumas de las restas (¡ay, si mis profesoras de matemáticas me leyeran..!) Supongo que a eso se le llama hacerse mayor, pero yo prefiero decir que cada vez me conozco más y mejor. Y que sé lo que quiero y lo que no, y que encima puedo elegir, toma ya.

Quise otorgarles el beneficio de la duda. Imaginé cómo sería la vida dejándose uno al antojo del cauce del río más caudaloso, esperando a que todo tenga que suceder porque aquello que ha de suceder nos sobrevenga y no al revés, siendo nosotros quienes, ávidos de practicar la superación, forjemos el cauce de nuestro propio río a base de crear lo que debe suceder, que no es otra cosa que lo que nosotros, y solo nosotros, queramos que suceda.

Trabalenguas a parte, no fueron capaces de seducirme estas personas. Respeto que vivan bajo el efecto narcotizante que la mediocridad, en todas sus formas y variantes, les proporciona, pero… Yo ahí no encajo. El opio del pueblo es la mediocridad hecha programa de televisión, hecha publicación de red social, moda estúpida, o incluso personificada: en las palabras de ese ignorante que se erigió jefe pero no responsable; del conocido que grita mucho y dice poco, del compañero que presume de banalidades y carece de trascendencia, o en las de ese líder que se empeña en vender humo, y que además se le ve el plumero. Todos entretenidos con la mediocridad que mueve el mundo, siendo partícipes del sinsentido que es el sincriterio, el cual no existe porque faltó inquietud, ambición y empeño.

Ya lo dice Loquillo, “qué fácil consumir mediocridad”. Y qué difícil probarla siquiera cuando la tienes tan identificada, añado yo. Qué satisfacción tan grande provocan la autenticidad, la calidad de vida y el enriquecimiento. Cuánto sacrificio, también. Pero mi reino no es de este mundo y mi mundo consiste en eso.

Podéis ir en paz.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Forges

www.forges.com

 

 

 

El amor según Morticia y Gómez 

Sonando: Contigo (Joaquín Sabina)

#YoConfieso que no tengo ni puta idea de qué es el amor. Me refiero al amor de pareja, no al que sienten los padres por los hijos, o los amigos por los amigos. Desconozco si existe un reglamento al respecto, un libro de instrucciones, o cómo va la cosa. Ni idea. Así que por eso, trato de observar lo que vosotros, el mundo en general, entendéis por esa clase de amor. Algunos me dejáis anonadada, pues a pesar de estar inmersos dentro de una relación sentimental de características normalizadas (entiéndase relación normalizada como aquella de tipo estándar, la que la mayoría de mortales sigue y la que obedece a los cánones sociales tradicionales), a pesar de eso, decía, tampoco debéis tener el asunto del amor demasiado claro porque lo que vivís es una relación que no funciona (y eso, disculpen mi ignorancia, pero yo creo que no es amor). Y sí, soy inexperta en la materia, pero tengo ojos en la cara. Envidia cero, vaya.

No obstante, siempre he querido pensar que existen otra clase de parejas.

Individualidades conjuntas que encajan a la perfección y que se profesan algo no relacionado con prejuicios, falsos mitos o creencias tradicionales; un ente superior a todo eso, algo que apenas puede explicarse con palabras, porque no existen calificativos suficientes. Y resulta que, a veces, encontramos ejemplos en los lugares menos pensados. Sí, amigos, no tengo ni puta idea de qué es el amor, pero he descubierto un modelo al que desde ya, me gustaría aspirar. Ellos son Morticia y Gómez Addams.

¡No! No subestimes su condición de personajes de ficción, no te quedes tarareando la banda sonora de la película, ¡no chasquees los dedos! Fija tu mirada y tu capacidad de comprensión hacia la pareja que forman Morticia y Gómez Addams.

Ellos, aparentemente en la tesitura de querer evocar la antítesis al amor y a los sentimientos benévolos en general, muestran de hecho todo lo contrario. Nunca vi algo similar. Jamás encontré una devoción, admiración, pasión incesante y entrega total como la que Morticia y Gómez se profesan. Una relación tan atrayente desde afuera, tan estéticamente perfecta, tan deliciosa en forma y fondo. Sensualidad y erotismo por los cuatro costados, el uno no es sin el otro, y viceversa. Joder, ahora sí, qué envidia.

Casualmente estos días de atrás, una conocida, esposa de marido y madre de unos niños, me comentaba que “con la llegada de los hijos, despídete de tu pareja, lo primero son ellos, tu marido pasa a un segundo plano”. Y entiendo de veras que eso que llamáis amor atraviesa distintos niveles de intensidad según media el concepto tiempo (eterno condicionante), pero… ¿en serio?

¿De verdad hemos de renunciar a la pasión, a la entrega, a la devoción, al “cara mía” y al “mon cheri”? Gómez y Morticia no lo hacen. Siguen bebiendo los vientos el uno por el otro, a pesar de los hijos, la suegra, el mayordomo tipo Frankenstein, los cuñados fétidos y las mascotas con forma de extremidad diseccionada. Vale, sí, que es ficción. Pero quedaos con la esencia, con la sustancia, con los posos, con el trasfondo de los personajes. Decidme si no sentís ni una pizca de admiración por tan bella muestra de afecto, ¿no os entran ganas de darlo todo?, ¿ganas irrefrenables de morirte con él/ella si se mata, y matarte con él/ella si se muere? Pues yo os diré que detrás de mis labios rojos hay una Morticia en potencia. Una romántica literal, de las del siglo XIX, que nada tiene que ver con las moñadas que se os puedan venir a la cabeza. Amor del que seduce, del que atrae, del que te engancha y al que te entregas, siendo entonces más tú de lo que nunca te atreviste a ser. Amor, con todas las letras, del cual no tengo ni repajolera idea.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Foto: rtve.es

Por qué no funciona

Sonando: Goodnight Moon (Shivaree)

Comencemos por el final: se acabó. Fin. Tu historia ha terminado.

Traguemos saliva. Se haga el silencio, por favor, que las cabezas silenciosas son más productivas.

Bien. Ahora que no nos oye nadie, que se hizo por fin el silencio, pensemos, analicemos, meditemos. Con nosotros mismos. Sí, en efecto. Tienes un YO que te escucha, que te sufre, te disfruta, que te empuja hacia adelante y que también te mata. Y ahora que recibes toda tu atención, puedes decirte a ti mismo que aquello era cuestión de tiempo. Tiempo. Esa fracción de segundos, minutos, horas, días, semanas, meses e incluso la friolera de años, que se fueron, que pasaron y que no volverán; y lo sabías, tú lo sabías, que el autoengaño ciega pero la realidad abruma, que te empeñabas en invertir tiempo pero inversión y malgasto se diferencian en el cariz de las consecuencias, de lo que aporta, de lo que queda haciendo balance. Y lo que queda, después de malgastar, es nada.

Repasemos los momentos vividos. ¿Hasta cuándo mereció la pena? No solo a ti, sino a aquello que pretendíais construir, a los dos. Y… ¿a partir de cuándo dejó de hacerlo? ¿Dónde está el punto de inflexión? ¿Cuál es el excedente? Y si te atreves, responde: ¿Por qué ese empeño en continuar, a sabiendas de que caminabas hacia un pozo sin fondo? Vamos a plantearnos qué es lo que más escuece cuando uno se dirige ineludiblemente hacia el ocaso: ¿el orgullo herido, por el intento fallido?; ¿la frustración de vivir una historia sin sustancia? o ¿quizá ese miedo a estar solo que atormenta la existencia del ser humano?

Y quitémosle hierro al asunto. No funciona porque tus pupilas dejaron de dilatarse cuando pasaba delante de ti. Porque su olor ya no es el aire que respiras. Porque un roce suyo ya no te eriza la piel, porque los únicos roces que existen entre vosotros son verbales. Porque ya no oyes su voz ni escuchas sus palabras. Porque no sientes morir y resucitar después de un orgasmo en conjunto. Porque los orgasmos dejaron de ser conjuntos y pasaron a ser solitarios. Porque los besos son insípidos, porque la sal de la vida es más sosa que nunca. Porque una cama para dos nunca fue tan grande, porque nunca hizo tanto frío haciendo afuera tanto calor. Los planes de dos ya no apetecen porque ya no sois dos, sino uno más uno. Porque te niegas a adaptar más rasgos de tu personalidad a la suya, y viceversa. Porque no te sientes tú; porque si no está, la casa no se siente vacía. Ni el alma tampoco.

Ahora que suena el silencio y que por fin hablas contigo, sé sensato. No te tortures más. La vida es menos vida desde hace tiempo, el tiempo no soluciona tu historia. Tu historia está llena de respuestas. Y por más que te empeñes, no funciona.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Foto: mimundo.phillips.es

Breve disertación pelo-facial

Sonando: Macho Man (Village People)

Dicen que los bigotes otorgan mucha personalidad, y desde luego que sí. Algunos son icónicos, como el de Dalí o el de Chaplin, el de Hitler o el de Cantinflas; otros están y son cuestionados, como el de Frida Kahlo, y otros estuvieron y ya no están (aunque parezca que sí), como el de Aznar. En definitiva, existen tantas clases de bigotes como la imaginación, y la destreza de quien afeita, permitan.

Después tenemos las barbas, también con su propia idiosincrasia: más o menos pobladas, más o menos largas, con formas, lisas, rizadas, pelopúbicas, trenzadas, teñidas… Del mismo modo que los bigotes, dotan al macho que la porta de un factor real de diferenciación, hasta el punto de llegar a no reconocer al individuo en cuestión si, tras acostumbrarnos a verle de esa guisa, decide esquilarse el óvalo facial. Imagino esa sensación similar a la que se siente el primer día que te atreves a salir con las piernas “al aire” con el comienzo del buen tiempo… un poco liberadora, diría.

Más allá de bigotes y barbas, encontramos el híbrido: las perillas. Ufff. Ya solo el nombre, perilla, debería estar prohibido. Está claro que sobre gustos no hay nada escrito, pero, va, creo que es momento de empezar a escribir sobre ello. Perillas no, señores, háganme caso. Franjas de pelo alrededor de unos labios tienen el mismo aspecto en sus caras que en nuestra entrepierna, coño, que todo hay que decirlo. La palabra malsonante era literal, por cierto.

Según el tipo de perilla, porque sí, también los hay, el grado de rechazo a producir variará. Por lo general cuanto más fino y cuidado sea el trazo de pelo (véase fotografía: número 8), su imagen, caballero, tenderá hacia el chulo (de putas), mafioso y con gustos sexuales polémicos / ilegales. A medida que el grosor de pelo aumente (véase fotografía: números 1, 6, 7), así incrementará su grado de calaña social (hablamos siempre de imagen, cuidado), probablemente acercándose a un nivel involutivo, aunque también con gustos sexuales polémicos / ilegales (eso es inherente al concepto “perilla”, os pongáis como os pongáis).

Existe, además, un caso perillil que escapa a la razón, y es el que yo conozco internamente, para mis adentros, como “puntito de barba bajo el labio inferior”, pero al parecer tiene el nombre oficial de “parche” (véase fotografía: número 3). Me da igual. ¿Qué narices significa eso? ¿Quién osó a llevarlo por primera vez, y a santo de qué? ¿Se le jodió la máquina de afeitar justo cuando le faltaba por rasurar ese pequeño área? ¿Acaso es una protesta contra el bigote? ¿Es un contrabigote? ¿Antibigote quizá? Si pensaban que nos la iban a colar, iban listos. Cualquier manifestación, modificación o evolución de la perilla, es objetivamente una perilla, y punto.

Señores, créanme, no es una cuestión de moda, es una cuestión de evocar sensaciones agradables, no la imagen de un chocho facial. Y aquellos que con esto hayan pensado: “mmmm…”, además de gustos sexuales polémicos / ilegales, seguramente tienen una evidente perilla (mírense por si acaso).

Pronto más regaliz para dos, amigos.