Flashback

Sonando: Volver a ser un niño (Los Secretos)

Nací un 4 de marzo de 1985. Fijaos que han pasado 33 años de aquello, pero a mí se me ha hecho cortísimo. Obviamente no tengo consciencia de mi época de bebé más allá de fotografías, pero os aseguro que mi memoria a largo plazo es, en ocasiones, espeluznante. No imagináis la cantidad de imágenes, situaciones, momentos, olores, sabores, sonidos… Que me traje de aquellos maravillosos años.

Creo que, a lo largo de la vida de las personas, hay unas etapas más decisivas que otras, más influyentes, que marcan y dejan una huella especial. Que después de que suceden, nada vuelve a ser lo mismo. Es obvio que la infancia constituye una etapa fundamental para todo ser humano: es la base de todo, el lienzo en blanco, el libro recién abierto. Cuán importante es la época infantil para las personas, es algo que los diestros en la materia podrán explicar mejor que yo; no es ese el objeto de estas líneas.

Hoy os cuento que he tenido una revelación.

Mi asombrosa memoria, mi subconsciente más consciente, vive anclada en el pasado. En el mío, quiero decir. Y más concretamente, en mi infancia. Soy esa niña que veis en la imagen del principio, a pesar de mis 33.

He asimilado por fin la historia de Peter Pan. O mejor dicho: he entendido que los cuentos esconden verdadera sabiduría y jamás deben subestimarse. En este caso he comprendido que dentro de nosotros vive, persiste, el niño que fuimos. Me he reencontrado con esa cría de seis años que no es que viva en mí, es que soy yo. Así que desde que soy consciente de ello, estoy aprendiendo a escucharla. Y no es tarea fácil, ¿eh? Que conste. Que vivimos rodeados de demasiado ruido, muchos gritos y pocas palabras. Que nos miramos en el espejo cada mañana pensando en quiénes seremos mañana, no en quiénes somos hoy, y por qué somos así. Y resulta que delante del espejo estamos nosotros pero también el niño que somos. Y los niños, para que se les escuche hablar, necesitan silencio. Y en esas ando. Permitiéndome hablar y tratando de encontrar el entorno más propicio para ello.

Porque a veces las respuestas son más sencillas de lo que creemos. Porque incluso, buscamos respuestas pero hemos dejado de hacernos preguntas o no encontramos preguntas que hacernos.

Procurad el silencio. Dejad que ese niño o niña que sois, os hable. Escuchadle. Empapaos de esa inocencia, imaginación, permitid que vuestra mente vuele lejos. Dejad que os pregunte, preguntadles vosotros a ellos.

Se trata de vivir hoy como lo que hemos sido, somos y seremos: coged la mano del niño, agarradla fuerte, que este viaje es eterno.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

33

Sonando: Bohemian Rhapsody (Queen)

A sus 33 años, Virginia Woolf publicó su primera novela, Fin de viaje.

A sus 33 años, Steve Jobs había abandonado Apple, compañía fundada por él mismo, para crear NeXT, cuya computadora se convirtió en el primer servidor de la World Wide Web.

A sus 33 años, Marie Curie fue la primera mujer en ser nombrada catedrática de la Escuela Normal Superior de París.

A sus 33 años, Freddie Mercury escribió Crazy little thing called love, primera canción de Queen en alcanzar el número uno en las listas de Estados Unidos.

A sus 33 años, Gloria Fuertes publicó su libro Pirulí (versos para párvulos) y organizó la primera Biblioteca Pública Infantil itinerante por pequeños pueblos.

A sus 33 años, Frida Kahlo pintó Autorretrato con pelo cortado, reflejo del dolor que atravesaba tras divorciarse de Diego Rivera.

A sus 33 años, Jesús de Nazaret falleció crucificado y previamente torturado, tras ser acusado de blasfemia por declararse Hijo de Dios.

A sus 33 años, Coco Chanel vio publicadas, por primera vez, sus famosas chaquetas y prendas deportivas en la revista Vogue.

A sus 33 años, Federico García Lorca escribió Así que pasen cinco años, concluyéndola exactamente cinco años antes de su fallecimiento por asesinato.

A sus 33 años, Jaroslav Drobný se convirtió en el primer deportista de la historia en ganar un mundial de hockey y después el torneo de tenis de Wimbledon.

 

A mis 33 años, no hay algo que me atormente ni que me quite el sueño.

A mis 33 años, me he atrevido a ser valiente y enfrentarme a algunos miedos.

A mis 33 años, he reído hasta la extenuación y llorado hasta quedarme vacía por dentro.

A mis 33 años, he descubierto que tener muchas cosas no es sinónimo de ser más feliz.

A mis 33 años, he conocido mucha gente pero solo a unos pocos puedo llamarles amigos.

A mis 33 años, tengo tantas inquietudes o más que alguien más joven que yo.

A mis 33 años, soy hija, hermana mayor, prima, sobrina, amiga, Amiga, compañera, conocida y desconocida.

A mis 33 años, no he probado el brócoli, la alcachofa o la coliflor.

A mis 33 años, solo he acudido a los hospitales para atenciones sin gravedad, para visitar o para acompañar.

A mis 33 años, he visto publicados mis textos en papel de revista.

A mis 33 años, he viajado y he vivido en un país que no es el mío, y he comprendido lo maravilloso que resulta conocer otras culturas pero también he sabido valorar mi origen y mis raíces.

A mis 33 años, he visto morir una persona delante de mis ojos, a mi abuelo.

A mis 33 años, estoy en la recta final de la carrera universitaria que siempre quise estudiar pero no estudié en primera instancia.

A mis 33 años, sé que la edad es solamente un número.

A mis 33 años, he conseguido vivir en mi propia casa, que es reflejo de mi mundo.

A mis 33 años, cada vez leo más libros y veo menos televisión.

A mis 33 años, sé que escribir es vehículo con el que se expresa mi alma.

A mis 33 años, siento que la canción que armoniza mi vida es Bohemian Rhapsody, con su comienzo suave y su progresión apoteósica in crescendo.

A mis 33 años, soy consciente de que un 4 de marzo de 1985 inicié un camino de baldosas amarillas y que continúa infinito hacia lo lejos, y que no dejaré de caminar porque quiero saber adónde llego.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

To me, I’m perfect

Sonando: Lovefool (The Cardigans)

No sé si es obligatorio que llegue febrero para celebrar un día el amor, de hecho ya me rechina que “un día” haya que celebrar el amor en honor a un santo; en cualquier caso, no vengo yo a hablar de sanvalentinadas sino del amor en sí, que, se supone, es la verdadera esencia de tal parafernalia instaurada a su alrededor.

Conozco gente con la necesidad imperiosa de permanecer siempre en una relación sentimental con otra persona, es decir, de tener una pareja. Visto desde fuera y con los ojos de esta que suscribe, he de confesar que nunca lo he llegado a comprender del todo. Y aquí abro un paréntesis para aclarar que yo por supuesto no soy, ni pretendo ser, ejemplo para nadie más que para mí misma, solo hablo desde mi perspectiva y, como en todo, habrá quien comparta opinión conmigo y habrá quien tenga preparada una cabeza de ajos para ahuyentarme como a los vampiros… Pero, ¡tranquilidad! Si algo hay que tener claro en esta vida, es que no se puede gustar a todo el mundo. No pasa nada.

Decía, por tanto, que nunca he logrado entender a las personas que viven en el ansia constante de una relación sentimental, acudiendo a ella como remanso de oxígeno en medio de un ahogo que, por lo visto, les produce despertarse solos o afrontar los devenires de la vida contando únicamente con la propia ayuda. Y, quede claro también, que esto no es un alegato en pro de la soltería, simplemente creo que es cuestión de amor propio. Y es que nos anticipamos a pensar que estamos preparados para compartir una vida (y todo lo que ello conlleva) con otra persona, cuando posiblemente no estamos a la altura de hacerlo siquiera con nosotros mismos: las personas más importantes de nuestras vidas.

Sí, esto ya lo he dicho en contadas ocasiones, eres la persona más importante de tu vida. Este viaje lo hacemos solos, amigos, a ver si lo asimilamos de una vez. Que por supuesto somos seres sociales y sociables (unos más que otros, je je je), que nuestra realización como personas también está sujeta a la interacción con nuestros semejantes y a los distintos tipos de relación que nos unen a ellos, pero que esto es una dinámica del uno a uno. De ti para ti, de tú mismo para contigo. Y es necesario un tronco fuerte, robusto y resistente, sano y saludable, valiente, enérgico, para asegurar la mejor de las ramificaciones.

Se trata de recordar que primero somos nosotros, y no, esto no es egoísmo ni egocentrismo. Se trata de ubicarnos, de conocernos, de meditar nuestro papel individual dentro de este mundo, con nuestras virtudes y defectos, nuestras capacidades, expectativas y deseos. Se trata de mirarnos en el espejo y ser capaces de decir, al más puro estilo Love Actually, que, efectivamente, To me, I’m perfect. Tener, para contigo, la conciencia tranquila. Esforzarnos cada día un poquito más en apreciarnos, valorarnos y respetarnos. Y sobre todo, aprender a perdonarnos. Somos perfectos para nosotros mismos, pero no somos seres universalmente perfectos, cometemos errores. Y al primero a quien decepcionas es a ti, así que comienza por perdonarte a ti. Del mismo modo, quiérete en primer lugar, sé tu prioridad, porque entonces y solo entonces, estarás preparado para compartir tu amor con alguien más y formar parte de un camino de vida constructivo para ambos.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Mujer contra mujer

Sonando: Carmen (Georges Bizet)

Leía días atrás, sorprendida y con una incipiente media sonrisa, que en el teatro Maggio Musicale de Florencia tuvo lugar el estreno de una versión del clásico Carmen, de Bizet, en el cual el final de la historia se modificaba para lograr que la protagonista sobreviviera a Don José, pasión y tormento de ella, ella locura y capricho de él. Lejos de querer entrar en debates concernientes a si es lícito o no transformar obras maestras, y menos aún de juzgar al director de escena, Leo Muscato, por tal atrevimiento, confieso que sonreía porque sentí paz y alegría por Carmen, y porque en cierto modo, ella, con este, su inesperado acto final, nos está vengando.

Porque Carmen pudiera ser yo y pudieras ser tú, Carmen es un montón de mujeres ahí afuera, unas tan alerta y otras tan calladas; sin embargo, esta Carmen ya no será ninguna de las mujeres cuyas vidas han sido devastadas por distintos Don Josés, y, aunque tampoco esto trata de alegatos a la muerte de nadie, no voy a negar que si hubiera tenido la oportunidad de ver esta versión de Carmen en directo, habría aplaudido hasta la extenuación de mis manos.

Vaya lacra histórica profunda, el sometimiento de la mujer. Menudo germen tóxico implantado desde el prinicipio de los tiempos, vaya cáncer social del que no somos capaces de librarnos. Qué fracaso estrepitoso y cuán en evidencia deja nuestras limitaciones y complejos como seres humanos. Lo peor es el hilo de esperanza delicada, el ritmo lento de mejora y las señales de alivio tan leves. ¿Hemos avanzado? Sí, desde luego, pero el problema ha evolucionado también. Por si no teníamos suficiente con la mastodóntica confrontación dual “hombre – mujer”, con clara desventaja para la mujer, hemos conseguido dar un paso más y confrontarnos también entre nosotras. Odiarnos, faltarnos al respeto, arrebatarnos la dignidad, frenar nuestro poder y nuestras capacidades… Qué vergüenza.

A mí, toda esta patraña no me pilla de nuevas, qué queréis que os diga, soy mujer con ojos en la cara y a diario percibo ataques de diversa índole hacia mujeres, yo incluida, bien por parte de hombres, bien por parte de otras mujeres, y, siendo sensatos, no me escondo al decir que incluso probablemente yo misma también haya caído en la trampa de participar en esa orgía de repugnancia, totalmente enajenada y sucumbiendo al (des)encanto del criticar por criticar. Auto humillación pública, amigos, que os aseguro que me duele, y que del mismo modo os digo, empiezo a trabajar desde ya este error que arrastro para erradicarlo.

Mi propio camino de desarrollo y crecimiento personal, mi voluntad de convertirme cada día en alguien mejor y de construir un mundo también mejor para todos, unido a los acontecimientos que, en esta línea, van sucediendo a lo largo de los años, han hecho que me replantee la dirección de mi enfoque vital y que tome conciencia de todo el tiempo en el que he estado dormida, bien por pura ignorancia, bien por efecto de la mediocridad social. Y después de mucho escuchar, leer, meditar, experimentar, sufrir y observar al respecto, hoy digo BASTA. Os confesaré además que ha existido un punto de inflexión que, como todos, aparecen de repente y sin esperarlos. Anteayer llegó a mí este vídeo de Alexandra Pereira, Lovely Pepa, que ha terminado de abrirme bien los ojos, si es que me faltaba un último empujón. Os recomiendo encarecidamente que lo veáis, sin caer en la trampa del prejuicio o picar anzuelos envenenados, porque todo lo que dice en él es la realidad y es una realidad terrible. Muestra situaciones con las que convivimos e incluso de las que podemos formar parte, y que, no olvidemos, sientan las bases de lo que después, con gran estupor, llamaremos acoso, maltrato físico y/o psicológico, violencia en todas sus variedades y destrucción. Y es valiente, porque reúne todo el valor y da nombres, y quiero llamar la atención sobre este detalle no solo por la dificultad que representa el hecho en sí, sino porque en este caso, ella habla de un medio de comunicación que, para más inri, está gestionado por mujeres y dirigido fundamentalmente a mujeres. ¿Veis? Lo que os decía. Manchadas hasta las cejas de crítica destructiva y del “mujer contra mujer”. No sé qué pretendemos con ello salvo airear una vez más nuestra involución como especie humana, pero, desde luego, nos hace un flaco favor. Porque al final, quien es emisor de odio, intencionado en el daño y defensor del insulto bajo el paraguas desgastado de la libertad de expresión, constituye una zancadilla en nuestro camino de progreso e igualdad, pero además, cuando quienes tienen la boca y las manos sucias de fabricar podredumbre, y/o los que consienten semejante bazofia son medios de comunicación y/o mujeres, eso, amigos, ya no es una zancadilla: es la puerta hacia el abismo, hacia la oscuridad absoluta y hacia la autodestrucción. Y es, por supuesto, la máxima expresión de la deshonra.

Tened claro que el caso de Alexandra es “solo” un botón de la muestra. Y tened claro también que lo que ella cuenta no es algo que le ocurre por tener el trabajo o el estatus social que tiene. O dicho de otro modo: ese monstruo que es el acoso, la infravaloración, la desigualdad, el sexismo y la violencia (porque insultar, vejar y faltar al respeto también es violencia), no entiende de castas y vive con nosotros: en nuestros hogares, en las calles, en nuestros lugares de trabajo, en centros de ocio y educativos… Luchar contra él es difícil pero no imposible. Es cuestión de conciencia, perseverancia e implicación.

La última cosa que quiero que tengáis clara por hoy es que unidos, somos más fuertes ante cualquier lucha. Pero, sobre todo, que UNIDAS, es la única forma.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Querido desconocido:

Sonando: Pesadilla en el parque de atracciones (Los Planetas)

Tú y yo no nos conocemos, valga la redundancia. Esta afirmación me produce un profundo alivio pero también incertidumbre, no lo voy a negar. Porque si andas ahí, escondido tras una esquina más o menos cercana, me vas a asustar. Y es que no me gustan los sustos, y lo que me pasa es que no quiero conocerte jamás.

Aunque tengo el gusto de no haberme encontrado contigo, sé algunas cosas sobre ti. Sé que vives oculto. Que numerosas veces no llegas a manifestarte, pero que muchas otras sí. Y que cuando lo haces, llegas así, de repente, sin avisar. Eres una mala sorpresa. Un imprevisto desagradable con el poder de lastimar tanto al sorprendido como a toda la gente que vive a su alrededor.

Sé también que, una vez llegado, te instalas cómodamente. O al menos lo intentas. Y sé que eres fuerte y es difícil pelear contra ti. Quieres expandirte y ocuparlo todo, y con ahínco cumples tu voluntad. Que desde afuera intentan obstaculizar tu tarea, pero tienes tesón. Insistes. Y rara vez decaes.

Sé que eres doloroso. En todos los aspectos en los que el dolor puede habitar, ahí estás tú. Dueles en lo físico y en lo mental. Y en lo emocional, ahí sí que dueles. De manera irreversible, incluso. Haces daño y generas daño.

Pero quizá haya cosas que tú no sabes, querido desconocido.

Que el hecho de tocar con tu rancia varita a alguien, le convierte automáticamente en luchador. Probablemente la competición más importante de su vida, para la que nunca se preparó ni entrenó. Una competición que nadie quiere disputar pero que unos elegidos se ven obligados a acometer. Un desafío a vida o muerte, un duelo al que retas por la espalda, de la manera más rastrera posible. Sí, puedes considerarte casi implacable pero debo decirte también que eres ruin y miserable. Y que quienes consiguen plantarte cara, esos luchadores improvisados, son superhéroes con la misión más importante de sus vidas, salvar la suya propia.

Que cuando invades la vida con tus ganas de muerte solo generas más ímpetu de vida. Al sorprendido y a toda la gente de su alrededor. Y que, aunque esto es solo un sentimiento, algo silencioso e intangible, no debes subestimarlo, pues tú tampoco haces ruido y te piensas invencible. Y, ¿sabes qué?

Que no lo eres. Que no lo pones fácil, de acuerdo, pero es posible frenarte, detenerte e incluso eliminarte.  Y que cuando eso sucede, sonreímos todas las sonrisas que nos arrebataste. Y lloramos otras lágrimas diferentes, que son las de alegría. Y celebramos. Celebramos LA VIDA.

Así pues, querido desconocido, ojalá nunca tengamos que vernos. No vengas.

No te espero.

No te quiero.

Y si, después de todo, me buscas y me encuentras, has de saber que te mantendré el pulso. Te miraré a los ojos y pelearé. Jugaré a tu juego macabro. Y, no lo dudes: pienso ganarte.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Dedicado a todos esos “luchadores improvisados”, mujeres, hombres y niños, que nos dan lecciones de vida a través de sus experiencias, así como a quienes luchan desde el laboratorio para tratar de poner fin a esta enfermedad.

19 de octubre, Día contra el Cáncer de Mama.

Lágrimas de Barcelona

Sonando: Barcelona (Freddie Mercury & Montserrat Caballé)

La mañana amaneció soleada. El calor y la humedad todavía podían soportarse, quizá el mejor momento del día para sobrevivir a la climatología propia de un enclave costero durante los meses de verano.

Lo mejor de amanecer un día soleado de verano es el olor que acompaña a la luz. Huele a felicidad, a bienestar. Huele al hogar confortable del que nunca querrías salir. A un montón de horas por delante en las cuales acometer miles de empresas, dar forma a múltiples ideas, atreverse con otras tantas. Huele a vida. A estar vivo.

Creo que esta historia se entiende mejor si con versos se explica.

La vida surgía aquella mañana de agosto, ajena a cualquier oscuridad que pudiera ensombrecerla, era el modo en que lo hacía. Tímida, despacio, casi de manera inocente. Poco a poco, para que cada minuto de esa mañana, fuera alimento del alma, que alimentara la vida.

El paso del tiempo hizo brillar más el sol, y la abrazó con su abrazo de fuego. Sintió pronto el calor y sonrió. Estaba tan bonita como siempre, y a la vez más bonita que ninguna, y lo sabía, y lo apreciaba, porque así se comentaba y se decía.

No sé si ha de haber noche para que exista el día. Si es necesario el negro por el blanco, la tristeza por la alegría. Odio que compense al amor, terror a la serenidad, ¿acaso es la dualidad, el gran sino de la vida?

Parecía imposible, pero no. Cando menos se le espera, que es siempre y es nunca porque, dualidades de la vida, esto es una más, una más en esa lista, surge, de las tinieblas, el demonio borracho de malicia. Lo inundó todo e hirió con sangre y muerte, y se hizo de noche y deslució aquel día.

Lloró la bella Barcelona, ultrajada, despreciada, malherida. Nacía el llanto en la plaza, bajaba la Rambla y por delante de Colón, en el mar se despedía.

Lloramos todos con ella, nuestra Barcelona bella, nuestra Barcelona querida. Limpiamos todos con lágrimas la vida derramada y la sangre allí vertida, y después nos frotamos los ojos porque ciegos no estamos y porque quisimos mirar hacia arriba.

Hoy amaneció de nuevo un nuevo día, tímido sol, pero mañana fría. “No tengo miedo”, dijo alguien, y resonó fuerte en los oídos de todos nosotros, los que amamos la vida. Que el frío del terror se disuelva con el calor de nuestro abrazo y el compás de nuestra risa. Que no tengamos más que llorar, que de emoción y de alegría.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

A las víctimas de los atentados de Barcelona y Cambrils, y a las de cualquier parte del mundo.

 

El día en el que Freddie Mercury me salvó

Sonando: Innuendo (Queen)

Que estaba yo perdida. Que no ausente, sino perdida.

No perdida de no estar, de no dar señales de vida (aunque también). Estaba yo perdida de cuando uno no se encuentra. De cuando viene una tormenta y entonces explota el cielo. Y cuando, en la inmensidad de la misma, piensas que no puede empeorar, pero lo hace. Y miras hacia arriba con más miedo que vergüenza, y lo de arriba te mira a ti desafiante, ceño fruncido, rostro muy negro. Que jamás vi diluviar así, romperse el todo y aparecer la nada, como aquel día.

Anduve tanto tiempo que ni sé cuándo ocurrió aquello. Solo la sensación de vagar sin rumbo hacia un horizonte continuamente inalcanzable. Y por más que me acercaba, más lejos lo veía.

Pero recuerdo estar tranquila. Dicen que así se está cuando se está en el ojo del huracán. Porque estar he estado, ¿eh? En todo momento, ocupando mi espacio vital. Que una cosa es estar presente y otra muy distinta es estar consciente, y yo he estado, presente.

Cuando se camina sin rumbo y sin destino la mente se impacienta. Somos tan simples que si no controlamos los principios y finales tendemos a bloquearnos. En primer lugar desarrollamos cierta inquietud, pero si se hace largo el sendero, la inquietud desaparece fulminada por la desesperación. A partir de ahí todo se mueve dentro de una espiral lúgubre que inexorablemente lleva a la (auto) destrucción. Que estamos programados para caminar con el hecho implícito de avanzar, pero, ¡ay! cuando el suelo que pisamos es una enorme cinta transportadora que gira, incesante, hacia el infinito.

En el transcurso del viaje no dejaba yo de hacerme preguntas. Sucede que en los momentos de estar a solas con uno mismo resulta casi imposible mantener el silencio, y como allí no había guion alguno, brotaban las preguntas, una tras otra, sin descanso, y yo no daba abasto para pensar en respuestas. Que, de nuevo, cuando no se le encuentra sentido, cuando no existe alfa y omega, la mente se satura y se bloquea. Y después de tanto tiempo a la deriva, sin obtener respuestas, uno ya no desespera sino que deja de sentir, de latir, de respirar. Y desciende, a no sé dónde, y se deja.

Y ahí es cuando se está perdido. Y ahí es cuando no existe noción del tiempo, y comienza a pasar la vida. La vida pasa, pasa por encima de ti, quiero decir. En lugar de tú sobre ella.

En la quietud de verse en esas, es fácil darse por vencido. Vamos, admitámoslo: si nos cuesta trabajo, valoramos la posibilidad de no hacerlo. También somos así de ruines. Capaces de tirar por la borda el peso de nuestra vida con tal de no emprender esfuerzos sobrehumanos que nos despierten de este tipo de letargos.

Total. Que en aquella tesitura de niebla espesa e infinidad absoluta, se ha abierto el cielo, de repente y no por casualidad, pues yo no creo en ella, y la voz más maravillosa que jamás escucharon mis oídos se me ha posado en el alma y nítidamente ha dicho:

You can be anything you want to be
Just turn yourself into anything you think that you could ever be
Be free with your tempo, be free, be free
Surrender your ego be free, be free to yourself

Y ya está, y no hay más, punto, final, finito. Que todo este embrollo era así de sencillo. Que me he tenido yo que perder para que Freddie Mercury osara salvarme. Y lo ha conseguido.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

 

Infinito

Sonando: Vivimos siempre juntos (Nacho Cano)

No le diremos a nadie cómo nos conocimos,

si se hizo la noche aquel día, si fueron tus labios o fueron los míos.

Y no contaremos tampoco, cómo fue que crecimos,

viajando adentro y afuera, los dos recorriendo el mismo camino.

Callaremos muy fuerte todo lo que nos dijimos,

miradas, palabras, silencios: fuimos, en la sombra, dos cazadores furtivos.

Maldito seas, tiempo, siempre que quisiste haberte ido,

mas gracias por quedarte cuando te volviste eterno e infinito.

Ni cómo, ni cuándo, ni dónde, ni locura cuerda o sin sentido,

no le diremos a nadie que soy muy tuya, y tú muy mío.

 

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

El Pez Volador

Sonando: La milonga del marinero y el capitán (Los Rodríguez)

Hace algún tiempo, existió un barco que surcaba los mares. Quizá no fuera el más grande, ni el más imponente, pero a todos gustaba por estos lares. Lleno de lustre y humildad, cada puerto que visitaba, se sentía honrado de verlo atracar.

Lo llamaban “El Pez Volador”, ya que, al igual que este animal marino, a pesar de su reducido tamaño, conseguía avanzar firme, constante, veloz . Algunos aseguraban haberlo visto volar, pero bueno, ya sabéis: a la gente le encanta hablar.

Aunque bonito por fuera, sin duda lo mejor de El Pez Volador estaba adentro: una tripulación fuerte, unida, el buen trabajo era su anhelo. Guiada por el mejor capitán, liderada por los mejores segundos de a bordo y sujetada por los mejores marineros. Todos en aquel barco eran considerados piezas importantes, pues se sabían responsables de procurar el ritmo y de mantener un rumbo certero.

En esas estuvo nuestro Pez volador, prolongando su buena fama en el tiempo, durante meses y años enteros. Un día, uno de los segundos de a bordo decidió abandonarlo en busca de nuevas rutas y nuevos puertos, y, aunque algo apenados, capitanes y marineros lo despidieron, y pensaron que era buen momento para abordar nuevos tiempos.

Llegó en su lugar alguien llamado Pistolero, (no se le veían pistolas, eso lo descubrieron luego). Y así comenzó una nueva etapa, y los nuevos tiempos parecieron buenos. Pistolero irrumpió asentando su derecho, así que el barco cambió de rumbo y al capitán le dio un mareo, pero una vez se repuso, siguió guiando en silencio.

Y pasó de nuevo el nuevo tiempo, y resultó que no era líder sino tirano, este Pistolero. Unió lazos con el patrón, que es el que tiene dinero, y este, borracho de ignorancia, le obsequió con su alma por completo. Mientras tanto el capitán, siguió guiando en silencio, y no hacían sino remar y remar, aturdidos, los tenaces marineros.

El Pez Volador perdió el otro segundo de a bordo, y así engrandeció Pistolero. Y como un tirano no es otra cosa que un poderoso lleno de complejos, se vio solo y sintió miedo. Mas el destino caprichoso puso un repuesto de lujo, un Bufón sin tapujos, un bandido perfecto. Pronto se hicieron amigos Bufón y Pistolero, y no es el orden descrito, ni lo de “amigos” lo cierto. Ambos eran mentira, y todos lo sabían, y todos lo sabemos: que el tirano necesita bufones, y los bufones pistoleros. Mientras tanto ahí abajo, remaban, sin mesura, los constantes marineros, y donde antes se alentaba, latigazos hubo luego.

Olía tanto a injusticia, que gritó algún que otro marinero. Que si de remar se trataba, ya sabían lo que hacían, ya tenían buen criterio. Desagradó la rebeldía de aquellos que con osadía, desafiaron a Bufón y Pistolero, así que resultó que desde ese día, remaron encañonados los valientes marineros.

Y el patrón en su ignorancia derrochaba y sonreía, y Bufón y Pistolero se empeñaron en hacer lo que ya hacía el guía. Capitanes no nacieron ni jamás que lo serían, y el barco turbulento navegó, a duras penas, durante noches y días.

Sin rumbo definido, avanzar resultaba complejo, y de tanto sobre esfuerzo, El Pez Volador, aunque robusto, se fue quebrando y se fue hundiendo.

El capitán permaneció en el barco, siguiendo la norma, siguiendo en silencio. Avistaba tierra firme, pero no saltaría el primero.

Sí se lanzaron al agua los maltrechos marineros, mas sus brazos bien curtidos, de remos y más remos, hicieron posible la huida, y pusieron sus pies en el suelo. Y anduvieron su camino, por la vida, recibiendo cuanto dieron.

El patrón dijo que nada creía, asombrado por aquello. Quiso encontrar la salida pero sin alma fue un “quiero y no puedo”; y con el agua ascendiendo, a todos y a nadie veía, cerró los ojos pensando que era en tristeza y no en agua donde él se sumergía.

Con el barco casi hundido, quedaban aún el tirano y su palmero. Amarrados a la borda trataban ellos de salvar su ego, pero no se sostenían, uno de los dos habría de morir primero. Empujando por la espalda, en un acto rastrero, Bufón trató de vencer a quien antes fue su amigo, a su ilustre bandolero. Que Dios los cría y ellos se juntan, dice nuestro refranero, los dos de la misma calaña, envenenados por el mismo veneno. Falló el intento homicida, y Bufón no esperaba esto: que antes le dispararía, con su pistola, Pistolero.

Pronto más regaliz para dos, amigos.