Poesía basada en hechos reales

Sonando: Un giro teatral (Manolo García)

Cuando todo flota en el aire,

cuando nada está decidido.

La vida se retuerce, tu vida se retuerce,

fuerte, brusca, imponente,

como si de nuevas hubiera surgido.

Mas no te asuste asomarte al abismo,

hondo es y aterra lo desconocido.

Que si caes yo caigo contigo,

que todo depende de un giro.

Que si de mí dependiera, girarías conmigo.

 

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

 

El triunfo del mediocre

Sonando: ¿Qué hace una chica como tú, en un sitio como este? (Burning)

Solo pido un poco de coherencia. Matamos en nombre de dioses, nos gobiernan descerebrados, nos dirigen los mediocres. El mundo va como va porque la batuta suele caer en manos equivocadas, la orquesta reacciona y la melodía suena inevitablemente desafinada.

Lo cierto es que no merece la pena maltratarse pensando por qué mandan los que mandan. Y me consta que pretendemos cambiar viejas tradiciones, sí, pero han sido demasiados años viviendo entre bolas de naftalina. Por desgracia estamos llenos de mitos erróneos y afrontamos nuestra vida asimilando la falsa realidad que es esa, el mundo dirigido por incompetentes. Una reluciente mierda de purpurina.

Comprendemos que el poder se consigue a base de sudor a veces, y a base de aprovecharse de una buena herencia o de una buena persona, otras muchas veces. Y vaya por delante que esta no es una cuestión de enchufes, sino de saber defender lo que uno representa. De mantener reputaciones y castillos de arena que un día alguien hizo por construir.

Seamos sensatos. El hecho de que los incompetentes nos dirijan no es solo cosa de ellos. Nosotros tenemos ahí nuestra parte de responsabilidad. Quizá no les hayamos colocado en el lugar que ocupan, o quizá sí, pero aceptando esa bizarra realidad lo que conseguimos es aceptarlos a ellos. Nosotros mantenemos su pantomima y nos convertimos en polinchinelas. Llegados a este punto, me encantaría crear un ejército de gente humilde, trabajadora y con inquietudes, con el que mancillar, a base de buenas acciones, la sinrazón de todos estos entes que nos dominan. Porque sí, resulta que somos más que ellos, aunque se nos oiga menos.

En mi faceta de analista empedernida intento comprender el modo de actuación de cada actor. Después de mucho observar, he llegado a la conclusión de que existe una constante: el miedo.

El que mata en nombre de los dioses, lo hace por miedo a las represalias divinas que el hecho de no hacerlo, acarrearían.

El que gobierna en el radicalismo más absurdo, lo hace preso del miedo que le causa lo desconocido, negándose a una evolución sostenida.

El que dirige en la mediocridad absoluta siente miedo a ser desbancado de su trono, y por eso descarga sus complejos, en forma de ira, sobre sus dirigidos.

Y el que se deja dirigir por las escalas superiores, cuando estas son deficientes, se resigna a ello por miedo a que puedan hacer (mal) uso de su poder.

Es una especie de rueda tenebrosa. Es puro miedo.

Así que desde este, mi rinconcito, voy a intentar disparar primero. Hoy mi mensaje va dirigido a todos los que no merecen el poder y sin embargo lo disfrutan. Escuchen bien atentos:

Queremos líderes de buena calidad, en el ámbito de aplicación que corresponda, pero sobre todo de calidad humana sobresaliente. Queremos semejantes que sostengan las riendas con firmeza y buen criterio, no que nos fustiguen con ellas convirtiéndonos en cuadriga a su antojo. Exigencia desde ambas partes. Aspirar a lo mejor motivados por el mejor.

Me pregunto entonces qué hace una chica como yo en un lugar como este, si este no es mi sitio, como dice la canción. Y creo que, llegados a este punto, nos queda ser la versión más brillante de nosotros mismos. Dejar una huella impecable, tanto, que ni el viento ni el tiempo sean capaces de borrar. He ahí el quid de la cuestión: otros no podrán decir lo mismo.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

Ilustración: http://www.jrmora.com

La rentrée

Sonando: J’ai deux amours (Madeleine Peyroux)

Ya sabéis que las cosas, en esta casa, siempre se han hecho como a mí me ha dado la gana, guste más o guste menos.

Primero quise escribir un post que despidiera el año. Sí, la típica perorata haciendo balance de 2016, refiriéndonos a esos logros conseguidos, a lo mucho que hemos madurado, a cuánto hemos aprendido de nuestros errores… Acompañado seguidamente, cómo no, de nuestras aspiraciones, que no propósitos, para 2017. Ya aviso que buscaré todo el tiempo sinónimos de “propósito” para evitar mencionar esta palabra que odio con la fuerza de los mares y el ímpetu del viento.

El caso es que al final fue que no. Ni resumen, ni perorata, ni nada de nada. Una vez más, sobrepasada por todo lo demás. Tsunami de realidad, de rutina, de compromisos y, por qué no decirlo, apatía. Demasiados pocos alicientes a los que dedicar el maravilloso arte de la escritura.

Comenzó 2017 y pensé en redactar algo así como un post de bienvenida. Quizá haciendo referencia, de soslayo, al año anterior, pero en este caso centrándome en los 365 días que estaban por venir. Proyectos, cambios, renovaciones por dentro y por fuera…. En fin, nada que no se os haya pasado a vosotros/as por la cabeza cada vez que llega un año nuevo.

Pues también fue que no.

Así que, un siglo mediante, ayer empezamos marzo. El mes que me verá cumplir 32 y dará el pistoletazo de salida a la primavera. Se supone que es época de florecer, de resurgir, de revivir, de volver a nacer, ¿no?

Pues como no he venido yo a este mundo para marchitarme, y además pienso mantenerme hambrienta mucho tiempo… Me he plantado, amigos.

Estamos de obras, oficialmente. He comenzado a reorganizarme la existencia y no sabéis de qué manera. No lo sabéis, entre otros motivos, porque lo estoy haciendo en voz baja. Sin hacer ruido, poco a poco, pasito a pasito. ¿Recordáis eso de “cambiar cosas para cambiar las cosas”? Pues ahí ando, aplicándome el cuento de una vez por todas.

Porque resulta que soy la persona más importante de mi vida.

Y tengo que quererme, y además demostrármelo. Así que, sencillamente, estoy construyendo mi mundo feliz. He dibujado un boceto e iré colocando ladrillos de aquello que me llene, que satisfaga mis inquietudes, que contribuya a mi desarrollo personal y que mejore mi calidad como ser humano. Quiero tener una base sólida, ya que sin ella no hay construcción que se sostenga. Por eso trato de observar más que nunca, pensar más que nunca y cuidar más que nunca el diálogo interior, ese que mantenemos con nosotros mismos y que apunta directamente a nuestra autoestima.

Quiero asegurarme de que tengo claro qué o quién entra en mi vida y qué o quién se queda en mi vida.

Y quiero que esta construcción de mí misma no tenga asignada fecha de conclusión, sino ser capaz de elevar niveles a buen ritmo y afianzando los anteriores. Quizá haya un día en el que tenga que colocar el pináculo de la torre y pueda divisar desde allí la inmensa grandiosidad de París.

Y es por eso que hoy, con el año ya en marcha y con los andamios puestos, me salto los convencionalismos y descorcho una botella que nos vamos a beber juntos. Este año os invito a que os atreváis en lugar de a que os propongáis. Que los propósitos son cosa de papel y boli pero en el atrevimiento hay coraje y alma.

Y si merece la pena como para tener coraje y dejarse el alma, entonces sí, merecerá la pena. Feliz 2017.

Pronto más regaliz para dos, amigos.