Crujiente de otoño

Sonando: So far away (Dire Straits)

Ingredientes:

  • Panecillos tostados.
  • Paté de trufa.
  • Dos rodajitas de queso de cabra por rebanada de pan.
  • Una cucharadita de mermelada de fresas o de frutos rojos por rebanada de pan.
  • Perejil seco para decorar.

Todavía recuerdo esos días de otoño, migajas de calidez que nos dejó el verano y preludio del hastío venidero. Aún con legañas en el alma, que da rabia salir ahí afuera por el chaparrón que pueda caérsele encima a uno, compongo con mis manos los sabores delicados a través de los cuales fluyen los sentidos.

El otoño cruje en forma de panecillo tostado, y se dispone largo y eterno en tonos ocres y dorados. Aparente aridez desvanecida por las lluvias, bosques húmedos y fecundos que conservan manjares en sus adentros, trufas exquisitas no encontradas por todos los ojos que las buscan, dichosos los nuestros que se hicieron con ellas.

De las trufas preciadas nace su esencia en crema, y, cual manto de terciopelo, cubrimos el otoño, panecillo tostado infinito, arropado, que no pase frío. Viene después el sabor intenso del queso de cabra, textura blanda que nació para acoplarse sobre el manto y el pan, los dos unidos, inseparables, fundidos; de manera que ya tenemos al otoño crujiente bajo la humedad de la crema de trufas, al calor que el queso les regala.

Y los días van menguando, y al final de cada uno se adentra el ocaso, cielo rojo que en otoño sabe a los frutos del mismo bosque, aquel que atesoró las trufas y otros galones dorados emergentes en el tiempo de lluvias. Cae el atardecer con sabor a mermelada de fresas sobre nuestro panecillo crujiente vestido al completo de otoño, y por fin al posarse encima descansa, sabedor que su dulzura permanece, y que será el primer sabor que reluzca, paradojas de la vida, aunque atardecer signifique el final de cada día.

Adornará nuestro crujiente de otoño el verde polvo de la pradera, perejil seco soplado por el viento, y será entonces completo, con ocres, rojos, verdes y amarillos, por fin nuestro otoño perfecto.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

4 de marzo

Sonando: En el último trago (José Alfredo Jiménez – interpretada por Los Rodríguez)

Mira que me jode admitirlo, pero sí, ha ocurrido de nuevo. A punto de cumplir años voy yo y me asomo al balcón de la vida, a contemplar qué ha pasado ahí abajo: quién está; quién pasó, y ni me enteré; quién pasó y marchó, pero nunca se fue… Y quién sigue al pie del cañón, soportándome o disfrutándome, según los ojos que lean.

Para mí, el 31 de diciembre está sobrevalorado. Festejos dentro de festejos que transcurren por inercia. Después hay que cambiar de calendario, acostumbrarse a la nueva cifra y… poco más, porque los propósitos son trola y lo sabéis. Sin embargo va terminando febrero y ya huele a 4 de marzo, fecha que me resulta bonita de ver y de escuchar, y que provoca en mí un cosquilleo en el estómago que indica que, ahora sí, ha pasado un año más, y por consiguiente un año menos, dependiendo de nuevo, de los ojos que lo miren.

“¿Y qué he hecho yo en todo este tiempo?”, dice mi lado emocional. Mi lado racional se gira rápidamente y comienza a vomitar informaciones, logros, fracasos, errores y aprendizajes, datos, hechos acontecidos no en el solo intervalo del año transcurrido sino en el del montón acumulado, y, claro, al lado emocional no le queda otra más que callarse y complementar positivamente las aportaciones de su colega, porque, ¿sabéis una cosa? es verdad aquello de que al final tendemos a quedarnos con lo bueno, con lo que suma. Las cosas malas no parecen tan malas cuando el tiempo ha fermentado bien entre tanto y de todo eso obtenemos una copa de buen vino. Yo me tomo la mía a vuestra salud.

Pero no todo iba a ser embriaguez dulce en la senda de la vida. Lo peor de cumplir años, para quienes consideramos la edad un apéndice de la mente y no un condicionante, son las valoraciones ajenas al hecho en sí y el impacto que, según el criterio del ajeno de turno, debería significar en nuestras vidas. Esto también ocurre cuando te reencuentras con alguien a quien no ves desde hace tiempo: prejuicios, juicios y postjuicios. En algunas ocasiones me habéis leído y escuchado satirizar sobre ello o incluso disertar con mala leche (es que hay días que me levanto muy punk): no entiendo por qué debo yo obedecer un modelo de vida que a alguien (o a muchos) les encaja (o se lo encajan), si soy feliz viviendo a mi manera.

Conozco gente de mi edad, que… Rectifico. Conozco gente, que, siguiendo religiosamente con los mandamientos de “la vida social normal”, un libro no escrito que describe todo lo que hay que cumplir a cada cierta edad, vive sumergida en el océano de la frustración, profunda inmensidad donde las haya, no quisiera yo zambullirme en sus aguas. También sé de casos desesperados por empezar a formar parte de esas leyes sin papel, dando vueltas en bucle a sus relojes de arena y con la psicosis continua de que alguien les pueda señalar con el dedo. O quienes alardean de “vida social normal” y lo que tienen es una vida máximamente mierder, mierda pura, pura megde, mes amis. Si te has reconocido en alguno de estos tres grupos, quizá te convenga una de tiempo fermentado seguido de copa de buen vino.

Así que hoy, cuatro días después de haber comenzado marzo, me reafirmo, me re-libero y huyo de los estereotipos sociales dominantes. Elijo vivir mi vida, fabricármela yo a mi estilo, a veces planeando y otras improvisando, disfrutando cada etapa y quemando los cartuchos al ritmo que se me antoja. Y no es fácil, ¿eh? Os lo aseguro. Pero sé firmemente que merece la pena.

Y supongo que no tengo remedio y que, como los propósitos son trola, el año que viene me volverá a pasar lo mismo, sentiré el impulso por estas fechas de asomarme al balcón de la vida y hacer balance, y estaré tentada de llevarme las manos a la cabeza porque no me parezco a las chicas de la tele. Entonces me calzaré mis tacones, retocaré mis labios rojos, sonreiré frente al espejo y sabré que sigo allí, conmigo misma, fiel a la persona más importante de mi vida. Un año más, con tantos que quedan por delante, dispuesta a no dejarme llevar, a ser escritora de mi propio libro, que existe y que es de verdad, y que, quizá, leáis algún día.

Pronto más regaliz para dos, amigos.