Breve disertación pelo-facial

Sonando: Macho Man (Village People)

Dicen que los bigotes otorgan mucha personalidad, y desde luego que sí. Algunos son icónicos, como el de Dalí o el de Chaplin, el de Hitler o el de Cantinflas; otros están y son cuestionados, como el de Frida Kahlo, y otros estuvieron y ya no están (aunque parezca que sí), como el de Aznar. En definitiva, existen tantas clases de bigotes como la imaginación, y la destreza de quien afeita, permitan.

Después tenemos las barbas, también con su propia idiosincrasia: más o menos pobladas, más o menos largas, con formas, lisas, rizadas, pelopúbicas, trenzadas, teñidas… Del mismo modo que los bigotes, dotan al macho que la porta de un factor real de diferenciación, hasta el punto de llegar a no reconocer al individuo en cuestión si, tras acostumbrarnos a verle de esa guisa, decide esquilarse el óvalo facial. Imagino esa sensación similar a la que se siente el primer día que te atreves a salir con las piernas “al aire” con el comienzo del buen tiempo… un poco liberadora, diría.

Más allá de bigotes y barbas, encontramos el híbrido: las perillas. Ufff. Ya solo el nombre, perilla, debería estar prohibido. Está claro que sobre gustos no hay nada escrito, pero, va, creo que es momento de empezar a escribir sobre ello. Perillas no, señores, háganme caso. Franjas de pelo alrededor de unos labios tienen el mismo aspecto en sus caras que en nuestra entrepierna, coño, que todo hay que decirlo. La palabra malsonante era literal, por cierto.

Según el tipo de perilla, porque sí, también los hay, el grado de rechazo a producir variará. Por lo general cuanto más fino y cuidado sea el trazo de pelo (véase fotografía: número 8), su imagen, caballero, tenderá hacia el chulo (de putas), mafioso y con gustos sexuales polémicos / ilegales. A medida que el grosor de pelo aumente (véase fotografía: números 1, 6, 7), así incrementará su grado de calaña social (hablamos siempre de imagen, cuidado), probablemente acercándose a un nivel involutivo, aunque también con gustos sexuales polémicos / ilegales (eso es inherente al concepto “perilla”, os pongáis como os pongáis).

Existe, además, un caso perillil que escapa a la razón, y es el que yo conozco internamente, para mis adentros, como “puntito de barba bajo el labio inferior”, pero al parecer tiene el nombre oficial de “parche” (véase fotografía: número 3). Me da igual. ¿Qué narices significa eso? ¿Quién osó a llevarlo por primera vez, y a santo de qué? ¿Se le jodió la máquina de afeitar justo cuando le faltaba por rasurar ese pequeño área? ¿Acaso es una protesta contra el bigote? ¿Es un contrabigote? ¿Antibigote quizá? Si pensaban que nos la iban a colar, iban listos. Cualquier manifestación, modificación o evolución de la perilla, es objetivamente una perilla, y punto.

Señores, créanme, no es una cuestión de moda, es una cuestión de evocar sensaciones agradables, no la imagen de un chocho facial. Y aquellos que con esto hayan pensado: “mmmm…”, además de gustos sexuales polémicos / ilegales, seguramente tienen una evidente perilla (mírense por si acaso).

Pronto más regaliz para dos, amigos.

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