Veinte años de sexo en el Kronen

Sonando: Chup, chup (Australian Blonde)

Recuerdo la primera vez que vi la película Historias del Kronen. No tendría más de doce años y fue “sin querer”, es decir, sin premeditación y alevosía, sino más bien con la inocencia de una cría que a las cuatro de la tarde de un verano cualquiera enciende el televisor y se encuentra con “ese percal” (ventajas o inconvenientes de tener el Plus por aquel entonces). Me acuerdo perfectamente de que la cogí ya avanzada, y recuerdo el ardor de mis mejillas al presenciar esas escenas de sexo que tanto me asombraron, porque a mis doce escasos años yo había oído hablar de “hacer el amor”, pero de “follar”, ni idea. No sabía muy bien qué, pero lo que estaba claro es que algo pasaba por ahí abajo, o por ahí adentro. Carlos (Juan Diego Botto) me parecía el chico más guapo que jamás hubiera visto y yo de mayor quería un novio como él. Dejé la peli sin terminar (después de afanarme luchando contra mi inocente cuelgue) porque temía que mi madre entrara en cualquier momento y “me pillara” ahí embelesada con ese vaivén de sexo, drogas y rock & roll… y con el rubor al rojo vivo.

Pocos años después, estábamos algunas primas y yo en la casa del pueblo de nuestra abuela, disfrutando allí las fiestas. Una de mis primas “las mayores”, tenía pululando por el cuarto de estar un libro que leía a ratos, y los ratos que no lo leía ella, ya lo estuve leyendo yo. Al principio ni siquiera había llamado mi atención, era un libro más bien delgado y con las pastas endebles y amarillentas. Pensé que era un catecismo, una Biblia de bolsillo, el Evangelio según San Marcos edición coleccionista… yo qué sé, es que en mi familia son muy católicos y los libros que acostumbraba a ver solían ser de ese tipo. El caso es que un día me dio por hojear (de pasar páginas) y ojear (de mirar) páginas sueltas y… Sí amigos, allí estaba de nuevo mi Carlos, a quien afortunadamente yo ya ponía cara, teniendo más (y mejor) sexo, consumiendo más (que no mejores) drogas y gozando del mejor rock & roll. ¡Qué descubrimiento! Historias del Kronen en sus cimientos más puros, ¡y ahora entre mis manos! El plan resultaba genial, pues a ojos de todos solo era una niña buena con un libro, sin embargo me había convertido en una yonki, bebiéndome un capítulo tras otro, sin poder parar, elevando a un millón la temperatura de mis entrañas con cada escena sexual (porque la fuente de inspiración que otorga la lectura a la mente para que esta ejerza su poder de interpretación, es infinita y brutal), y empezando a ser consciente de aquello que pasaba por ahí abajo, o por ahí adentro, una sensación placentera que yo era capaz de alimentar entonces con las historias que se contaban Carlos y sus amigos en el Kronen.

No se quedó en esas el asunto y volvió a mí en la época universitaria, cuando ya había florecido lo que tenía que florecer y cuando más ebullen los instintos… Seguro que me entendéis. Mi estilo de vida se asemejaba en cierto modo al de estos chicos, aunque no a ese nivel de excentricismo y límite sensorial que las sustancias estupefacientes provocan, aclarado sea. Pero tuve la suerte de vivir fuera de casa mientras estudiaba, con todo lo bueno (y lo malo) que eso conlleva, y mentiría si dijera que no nos pasábamos las semanas haciendo planes que nada tenían que ver con ir a clase, botellones improvisados y juergas varias. Con todo y con eso, Historias del Kronen reapareció un mes de septiembre, estudiando en la biblioteca para recuperar los cates consecuencia de tan holgada vida estudiantil. Una amiga y yo la alquilamos en DVD y la vimos en su casa. Sabía de sobra de qué iba aquello y tenía muy localizadas las escenas tórridas, sin embargo las esperaba con ansia y no podía evitar gozarlo (interiormente) como si de la primera vez se tratara cada vez que estas se sucedían. La intensidad de mi empatía era tal, que prácticamente podía sentir a Carlos embistiéndome con fuerza, nutriéndome de sexo y desprendiendo para conmigo sus esporas de pasión. Después lo remataba con esa actitud rebelde y rompecorazones y ahí me vi, siendo una más en su lista de presas degolladas.

Y parece que no quedé satisfecha.

El viernes pasado volví a toparme con él. No habíamos quedado ni nada parecido, pero puse La2 de TVE y allí estaba. Carlos, mi Carlos, aquel chico que, según mi consciencia, follaba (ahora sí) como una bestia y que lo inundaba todo de feromonas implacables. Y sí, encontré a Carlos, pero no a quien yo recordaba, sino a otro Carlos, delgaducho, prácticamente imberbe, déspota, con dejes de maltratador en potencia, vacío por dentro… y con un peinado a lo Cristóbal Colón que no podía parar de analizar. Sabía cuándo tocaban las escenas que en otros tiempos me habían hecho enrojecer, pero las veía y no me impresionaban. No me llamaban la atención, ni siquiera me excitaban. Los polvos me parecían mal echados, el trato mezquino, él un mierda. Eché cuentas. Historias del Kronen se había estrenado en 1995. Joder, veinte años ya. Dos tercios de mi vida, que se dice pronto, que me han servido para experimentar, saber, descubrir, probar, decidir y en definitiva, crecer. Y conocerme, importante. Veinte años que comprenden la evolución de mi yo niña a mi yo mujer, nada más y nada menos. Pero la rueda no se detiene aquí.

Siempre habrá un Carlos del que colgarse, una imagen impactante, estremecimientos de entrañas y sexo real que erice la piel. Y el Kronen, mientras tanto, seguirá abierto para que entre todos le contemos cómo pasa la vida.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

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