Esa no soy yo

Sonando: Yo no soy esa (Mari Trini)

Me encanta observar. Soy una observadora nata, miro más que hablo, callo más que otra cosa. Pero mientras callo, observo.

Os observo.

Y aprendo, constantemente, de todos vosotros y todas vosotras. Almaceno y albergo cantidad de información en este mi disco duro, mi cabeza, lugar inhóspito que cada día me sorprende y apasiona más. Información consciente, he de decir. Sí: os observo, luego os pienso, luego os medito. Os mastico, os digiero. Formáis parte de mi dieta, de mi sustento. Genero energía con vuestra ayuda y me permito ser y actuar en consecuencia. Sí, podemos decir que practico una especie de voyeurismo de composición vital y social, pero, matizo, alejada de la dependencia parasitaria que, quizá, podáis estar imaginando. Funciono también con autonomía, queridos.

Pues de esta filia mía salen cosas como la que tienes entre manos. Mi forma de limpieza interior no es otra que vomitar una yuxtaposición de las ideas que me provocáis. Y le pongo título, música y letra. Y sabor a Regaliz.

Vamos más allá con una revelación: yo, que soy más bien callada pero de oído fino cual polilla, también os escucho observar. A otras cosas, a otros seres, a otras personas, a vuestra persona, a mí. El misterio aquí está representado por las diferentes vías catalizadoras que podáis adoptar como mecanismo de purificación de todo eso que ingerís, pero el resultado del proceso es siempre maravilloso. Porque habla de otros y otras, habla de mí, pero también habla de quien mira.

Así que, cuando en mi presencia me observáis y emitís veredictos, juicios y adaptaciones varias hacia lo que pensáis que mejor encaja conmigo, lo gozo extraordinariamente. Y cuando lo hacéis fuera de mi presencia, me pitan los oídos, debéis saber. He de decir que el esfuerzo que le ponéis suele surtir efecto, pero muchas otras veces erráis. Equivocarse no es algo malo, no obstante. Yo también lo hago y esto es, a su vez, otra forma de probar la eficacia de la observación. Un error bien entendido es el principio de la mejora, vaya por delante.

Por tanto la base de vuestros errores me lleva a revelaros ahora que yo no soy esa. Esa que veis es el resultado de los ojos con los que me miráis, y vuestros ojos me miran con un filtro de cualidades, virtudes, fortalezas, defectos, complejos y carencias. La composición que hacéis en base a lo visto produce unos juicios, unas  ideas y unas creencias condicionadas por, nada más y nada menos, que vosotros y vosotras. Verdaderas o no, fidedignas o no, reales o no. Cuando comunicáis lo que veis, además, os desnudáis ante mí. Y entonces, la retroalimentación. El proceso comienza.

Esa que veis, y que en ocasiones ni siquiera veis sino que intuís, imagináis o suponéis, es alguien que habéis creado. Una mezcla de realidad, fantasía y condicionamiento. Unas veces esa que queréis que sea, otras, esa que no pensabais que era. Pero siempre producto del espejo de vuestros ojos, la lectura de vuestra mirada.

Que no cunda el pánico. Lo mejor de todo esto es que tenéis la oportunidad de saber quién soy. De disipar dudas, de aclarar confusiones, de maravillaros, de decepcionaros, de sorprenderos. De desnudaros (más) bonito. Y que si esto es un toma y daca, y de desnudarse se trata, no quiero oír ni una queja: en lo que a mí respecta, os lo vengo poniendo fácil ya hace unos años… Invitándoos a Regaliz con título, música y letra.

Pronto más Regaliz para dos, amigos.

Todas mis amigas

Sonando: Todas tus amigas (La Casa Azul)

Marco el número de teléfono de mi amiga Sara. Un tono, dos tonos, tres tonos, cuatro. Varios. Cuando estoy a punto de darme por vencida y colgar, responde, por fin, con un inesperado: “¡Qué locura!”

“Qué locura” es la mejor manera en la que me han respondido una llamada telefónica en toda mi vida y lo cierto es que Sara no lo pudo definir mejor: nos conocemos desde hace casi 31 años y aquí seguimos, la una para la otra y la otra para la una. Si eso no es una auténtica y maravillosa locura, que alguien me explique cómo funciona la amistad infinita.

Una tarde, mi amiga Laura estaba muy rara. Era marzo y era el día de mi cumpleaños, y habíamos quedado para cenar todas juntas y no cantar el “Cumpleaños Feliz”. Después de un rato haciendo acrobacias verbales con el objetivo de tener una conversación decente con ella, no lo soporté más y le pregunté qué le pasaba.

Esa noche me regalaron entradas para un concierto, una cazadora y la noticia de que, en nueve meses, sería “tía”. Jamás habría imaginado un regalo más perfecto. ¡Qué noche la de aquel día!

Mi abuelo paterno cayó enfermo y tuvieron que ingresarle en el hospital. Fue su última e improvisada casa. Toda la familia estuvimos arropándole hasta, literalmente, la extenuación. Mi amiga Mª Ángeles incluida: ella es enfermera, pero durante aquel periodo, le salieron alas y se convirtió en nuestro ángel de la guarda. Los hospitales dejan de ser fríos cuando hay gente que se esfuerza por darles calor. Mi abuelo voló alto y fuerte, más vivo que nunca.

Mis amigas Ana M., Sandra, Ana S. y la misma Sara que hace que la vida sea una locura preciosa, propusieron irnos juntas un fin de semana a Salamanca, así porque sí, sin motivo aparente más que el de regalarnos tiempo y risas. Cada persona es un mundo, incluidas nosotras, y, aunque somos de carcajada fácil, las circunstancias entonces no brillaban like a diamond de Rihanna del mismo modo para las cinco. Pero le pusimos ganas, cantamos a grito pelado “Yo no te pido la luna” e hicimos magia. De regreso, el domingo, volvimos renovadas. No pedimos lunas a nadie pero supimos que cuatro estrellas nos acompañaban.

Mi vuelo destino Niza está a punto de partir. Viajo sola, algo nerviosa. Durante el vuelo, la única confidencia que consigo es la de la azafata, que me proporciona un bocadillo de queso que termino por comerme sin ganas. Al llegar, me encuentro con Isa, una compañera de la universidad. El encuentro duró varios meses y se llenó de gente, situaciones y experiencias. Conocimos la vida bohemia. Vivir en otro país es gratificante, pero la propia tierra llama, y tira. Qué afortunada fui de que en aquellos momentos Isa se convirtiera en amiga, hermana y familia.

Buenas noticias: ¡mi amiga Violeta se casa! Una boda siempre es motivo de celebración, pero la boda de Violeta, en México lindo, es motivo para tirarse a la piscina haciendo un doble mortal con tirabuzón. Y eso hicimos. Y el salto podría haber salido regular, porque los océanos mediante implican riesgos y algún que otro peligro, pero salté con Ángela, Xiana, Esther y Violeta… Y México supo a tekila y chilorio, y a unión, amor y cariño.

Locas, fuertes, audaces, absurdas. Pacientes, generosas, tenaces, testarudas. Especiales, diferentes, atrevidas. No hay duda: así son mis amigas. Un regalo de la vida que me llena, enorgullece y que me inspira.

Pronto más regaliz para dos, ¡amigas!

Regaliz para todos

Sonando: My Way (Frank Sinatra)

Seguramente me falle la memoria, pero diría que ya son dos y pico los años que “Regaliz para dos” se publica, cada mes, en las páginas que tienes en las manos, o en la pantalla frente a tus ojos.

Estos días me dio por mirar al retrovisor de la aventura de escribir públicamente. Mi primera toma de contacto con el mundo de la publicación, por cierto, pero ya os aseguro que no será la última. Regaliz nació un poquito antes como blog personal, trascendió al papel de revista y, como cantaba Freddie, el show debe continuar. Habrá próximos pasos, nuevas etapas y en todas ellas me veréis equipada con papel y boli o con ordenador y gafas, una de dos. Oye, que las gafas me dan un aire de azafata del 1, 2, 3 que ni tan mal, ¿sabéis?

El caso es que, haciendo balance del periplo de marras, descubro que Regaliz me ha dado tanto. En primer lugar, necesitaría escribir un post especial solamente con los comentarios, respuestas, impresiones, percepciones, críticas y palabras bonitas que me habéis regalado durante todo este tiempo. Desde personas que se han sentido identificadas con lo leído, otras tantas que han llorado, reído, o que han sido inspiradas, hasta personas que se han sorprendido de esta faceta mía (¡pero si yo ya escribía dentro del vientre de mi madre!); gente que me confiesa llevarse la revista para leer Regaliz en su casa, o incluso quienes me leen desde el anonimato y en el desconocimiento por mi parte, y que después, por causalidades de la vida (que no casualidades, ya sabéis), nos descubrimos como escritora y lector/a, nos ponemos cara, yo me sonrojo porque nací con la misma habilidad para la escritura que para la timidez, y todos tan contentos. Especialmente la que suscribe, disculpad si mi reacción en esas situaciones se parece más a la de un avestruz escondiendo la cabeza bajo tierra… Estamos trabajando en ello.

También sé que algunos/as me leéis desde el silencio y apenas recibo información al respecto. No pasa nada. También escribo para vosotros, porque Regaliz nació desde la calma, la quietud y el silencio, aunque irrumpiera con el título rebelde de “La Anti-blogger”. De hecho, probablemente yo sería una de los vuestros.

Sabed que Regaliz es mío, es tuyo, es vuestro. Es de todos. De los que os emocionáis con los relatos, de los que os veis reflejados en ellos, de los que esperáis ansiosos el próximo, de los que me comentáis y de los que no lo hacéis, de los que lo buscáis y de quienes lo encontráis sin quererlo (para estos, concretamente, tengo un mensaje: ¡en realidad lo queríais tanto que el universo no tuvo más remedio que ofrecéroslo!)

Gracias por compartir Regaliz conmigo: sois el uno que hace falta para el dos. Gracias a la revista Urban Style por hacerlo todavía más vuestro; por las felicitaciones directas e indirectas, por las muestras de cariño y por los buenos deseos. Gracias. A veces me siento abrumada y otras pienso que se trata de un sueño, pero algo debo estar haciendo bien, eso es cierto.

En el fondo solo soy una chica que escribe. A mi manera.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Renacimiento

Sonando: Una noche sin ti (Burning)

Apuro los últimos sorbos de una infusión que sabe a jengibre y a canela. Ahora me ha dado por las infusiones, hay que ver. Siempre miré a “esas personas” disfrutar de sus tazas de té humeantes como si fueran bichos raros, y resulta que ahora yo soy una de ellos. En fin. La clave está en probar cosas nuevas, desde luego. Nunca se sabe lo que te va a acabar gustando. El jengibre pica en la garganta al tragar, por cierto. Pero mola.

Estaba pensando en cuando uno va a una fiesta de esas que prometen. Te pasas no sé cuánto tiempo preparando… Eligiendo, minuciosamente, vestuario, peinado, maquillaje, zapatos, complementos. Emoción. Ganas. Nervios. Voy a pasármelo bien, que dirían los Hombres G.

El caso es que, por fin, la fiesta da comienzo. El tiempo se para, o se dispara, no se sabe muy bien. A horas lo uno, a segundos lo otro. Saludas a gente, bebes, ríes, cantas, bailas, charlas. De repente todo es un huracán de gente, bebida, risas, canciones, bailes y charlas. Y al momento siguiente preguntas la hora y te contesta el final, anunciando su llegada. ¡Maldición! ¡No puede ser! ¡Detengan los relojes!

Entonces, la nostalgia. Esa sensación de desazón, de querer aferrarse al presente; de frustración porque no eres capaz de retener el momento y se te escapa entre los dedos. Cenicienta, sin duda, debió de sentir eso…

A la nostalgia le sigue la compasión, la conciencia, la recomposición de uno mismo. Vale, está bien, la fiesta ha terminado, pero la hemos exprimido. Le hemos sacado todo el jugo y nos quedamos con ello. Para siempre.

Cada año asistimos a una de estas fiestas. Cada año nos preparamos, con ilusión; experimentamos, reímos, lloramos, descubrimos, perdemos, ganamos. Y sentimos nostalgia. De todo lo que ya no es, de todo lo que no está, y del poco tiempo que nos queda para que todavía siga siendo.

Pero este nuevo año, será tal, y haremos algo nuevo.

Llegaremos más lejos de lo que pensamos, y nos sorprenderemos.

Gritaremos más alto de lo que se nos permite. Nos escucharán, y también escucharemos.

Trabajaremos más duro, si cabe. Las metas dependen de la actitud, la dedicación y el esfuerzo.

Seremos más amor, bondad, gratitud, respeto. A cambio, obtendremos más amor, más bondad, gratitud y respeto, en efecto.

Pensaremos, meditaremos, tendremos inquietudes y nos preguntaremos. Aprenderemos, crearemos una mejor versión de nosotros mismos, batiremos las alas y volaremos.

Comienza 2019. El año que nos verá (re)nacer.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

El (pen)último

Sonando: Salud (Los Rodríguez)

Bienvenidos a mi bar. Habrán llegado hasta él guiados por el rótulo de neón color rosa que prende de algún lugar, en la inmensidad del cielo oscuro. Adelante. Están en su casa. Pueden sentarse allí o acá, pónganse cómodos. Y no tengan prisa por marchar, hoy no hay relojes que más valgan que su presencia, que es mi compañía.

Es día de brindis y les vengo a convidar. Así que descorcho esta botella que les traigo, y que se vuelca en raudal infinito hacia todas las copas vacías. Este no es un brindis cualquiera. Es el último. Es el que se hace con el camino prácticamente andado, con los pies encallados y los hombros doloridos de soportar el peso de todo un año. Otro más que se nos va, otro más que se nos queda.

Alzo mi copa a lo alto. Va por ustedes, aquí viene el primero.

Brindo porque estamos y porque hemos venido. Que no solo ser es estar, no solo estar es haber sido. Muchos años a cuestas, quizá no tantos los realmente vividos.

Brindo por el espacio que deja, cuando nos deja, alguien a quien hemos querido. Alguien que todo lo llena, llena también el vacío.

Brindo por cada vez que lloramos: de dolor, de alegría, de tristeza o sin sentido. Lo que ayer fueron lágrimas, hoy son raíces, cimientos, respuestas y copas de vino. (Como esta).

Brindo por el sonido de tu risa, de la mía, de la armonía compuesta riendo y riendo un año más aquí contigo. Brindo porque es el alma lo que suena, felicidad lo que resuena y porque ambos fuimos testigos.

Brindo por lo que callamos, lo que dijimos, lo que pensamos pero no nos atrevimos. Brindo con fuerza y poderío, pues sé que hay palabras que debieron salir, y otras que jamás debieron haber salido.

Brindo por el esfuerzo, por el trabajo, por el sudor y el sacrificio. Y qué dura la tarea de hacerlo, pero qué satisfacción cuando lo has conseguido.

Brindo por los ojos que se miran y se hablan sin sonido. Ssshhhhhhhhh…

Brindo por los aciertos y por los errores cometidos. Y ya siento el calor en mis venas, pero ni borracha me arrepiento de haber logrado y de haber aprendido.

Brindo por quienes, nos pareció, vinieron a este mundo para maltratarnos y herirnos. Brindo por nuestra infinita compasión, brindo por el perdón, brindo por esas piedras en mitad del camino.

Brindo por la ensoñación, la imaginación, la fantasía y el delirio. Brindo por la pasión, la locura y por el impulso de saltar al vacío.

Brindo por el miedo que pasamos y paralizó nuestros sentidos. No era el final aquello, era una prueba más de que no estabas dormido.

Brindo por el amor, tan simple y complejo en sí mismo, tan lleno de matices como estas últimas gotas de vino.

Gracias por su asistencia y por haber brindado conmigo. Y ahora, si son tan amables, diríjanse hacia la salida 2018 con paso firme y decidido. Sean conscientes, sean pacientes. Sean valientes. Recuerden que la razón de la existencia no es otra que vivir. Dedíquense plenamente a ello y por favor: cierren la puerta al salir.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Cambio de armario

Sonando: Across de universe (The Beatles)

Nunca hago cambio armario. Otoño, invierno, primavera o verano, mis jerséis, bañadores, vestidos, pantalones, camisetas y faldas conviven en perfecta armonía, sin incordiarse los unos con las otras ni los otros con los unos, en una especie de Torre de Babel de prendas de vestir.

En el fondo aquello, aunque sostenido, no deja de ser un caos, así que un día, de buenas a primeras, me atreví con mi primer cambio de armario. El objetivo era hacer un cambio de armario “de manual” y, supuestamente, tener visible, accesible y apetecible la ropa de temporada. La cosa es que yo nunca había hecho un cambio de armario, así que técnicamente no tenía muy claro su funcionamiento: ¿qué haces con la ropa que apartas? ¿La bajas al trastero? Imposible, mi vivienda no dispone de cuarto trastero. ¿La apartas y guardas bajo la cama? Imposible de nuevo, mi cama es un canapé y en el hueco interior están guardadas las cosas que tengo que guardar por carecer de trastero. ¿Destierras la ropa obsoleta en armarios de otras habitaciones de la casa? (¡¿Por qué?! ¡¿Qué culpa tienen ellos?!) ¿La hacinas en el horno y enciendes el modo “pirólisis”?

Decidí ir a por todas. ¿Vas a hacer cambio de armario y no tienes ni idea? Vale, perfecto. Pues hazlo a tu manera. Así que me volví loca. Me enajené por completo. Sufrí una ensoñación. Yo soy así: pienso una cosa y después yo misma me encargo de darle una vuelta de tuerca, y esa vuelta de tuerca es el puñetero Big Bang, y a mí se me eriza el pelo, se me ponen los ojos en blanco y se me sale el cerebro de la cabeza para echar a volar por el universo. Así que convertí mi particular “cambio de armario” en una explosión para mis sentidos y para la aparente armonía que reinaba en mi casa.

Vacié, sobre mi cama, todo el contenido de los armarios de mi habitación. Todo. TODO. T O D O. 

Los armarios quedaron huecos. La habitación se convirtió en un espacio vacío con agujeros. Mi cama, en el medio, había desaparecido: una inmensa montaña de prendas de todo tipo la sepultaba. Y yo, a un lado, exhausta, despeinada y con la mirada fija en la escena, no daba crédito. ¿Cuánta ropa había ahí? ¿Cuántas vidas iban a ser necesarias para usar cada una de las prendas? ¡¿Por qué después resulta que siempre voy vestida igual?!

Aquello me abrió los ojos. En primer lugar, consecuencia del estado de estupefacción que el mercadillo improvisado me había proporcionado, y en segundo lugar, porque recibí una bofetada de realidad. Un bofetón, mejor dicho. Fui consciente de todo lo que tenía, de lo mal que lo gestionaba y de lo lejos que estaba de optimizar nada en aquella habitación. Tuve miedo de que ese patrón de acumulación, ignorancia, desorden y obsolescencia no fuera solo cosa de mi ropa y de mi armario. Así que decidí que el cambio de armario iba a ser otra cosa. Iba a ser el comienzo de un cambio de vida.

Una a una, analicé, doblé y establecí un destino para cada una de las prendas que iban pasando por mis manos. Si se quedaba, le otorgaba su sitio, su espacio y su utilidad. Y su valor, por ínfimo que pareciera, se multiplicaba. Se queda porque tiene sentido.

La otra opción era desecharlo. Bien porque ya había sido todo lo útil que podía, bien porque había pasado a ser todo lo contrario, bien porque ya no aportaba… O sencillamente porque no. Porque a veces las respuestas se materializan en un sí o un no y no hace falta acompañar de argumentos. Lo que se siente es el mayor argumento.

El resultado se tradujo en seis bolsas grandes de inutilidades y obsolescencias. Seis bolsas de “noes”. Y una vez fuera de mi casa, de mi vida, experimenté una increíble sensación de sosiego, de paz. De aire fresco entrando en mis pulmones. Aquello sí tuvo sentido. El verdadero resultado fue descubrir que, efectivamente, menos es más. Que en realidad yo tenía menos pero la sensación era de abundancia, de riqueza. Sonreí. Acepté. Pensé. Y nuevamente, implosioné:

¿Y si empleaba aquel mecanismo en la gestión del resto de las habitaciones de mi casa, para convertirla en un entorno renovado, lleno de aire fresco y espacio? ¿Y SI DESPUÉS IBA MÁS ALLÁ, SUPERABA LO MATERIAL, Y APLICABA EL PROCESO SOBRE MÍ MISMA?

Comencé sacando afuera todo lo que guardo dentro de mí. Imaginaos: no hay cama en el mundo capaz de soportar lo que una persona posee. Que no somos conscientes de todo lo que guardamos, ni en armarios ni en nosotros mismos.

Y al igual que había hecho con la ropa, examiné uno a uno los componentes que me conformaban hasta quedar vacía. Se dice pronto. V A C Í A. Guau. Resulta que yo ya era inmensamente rica mientras anduve años y años buscando riquezas a través de la vía material. Y sí, también encontré en mi interior gran cantidad de lo que ahora consideraba sinsentidos… Pensamientos, ideas, emociones, frustraciones, relaciones personales, cosas inútiles, nocivas, desgastadas. Basura acumulada en el alma.

Procedí entonces con la sentencia del particular juicio: conservar o eliminar. Si el proceso con la ropa y lo material había resultado liberador, el nivel de bienestar que se alcanza reorganizando el universo personal es prácticamente magia. Desechar residuos y despojos que se han albergado adentro toda una vida supone tal sensación de desahogo, que uno se percibe más ágil y liviano.  Literalmente. Y del mismo modo, todo lo que permanece alcanza un valor infinito. Somos afortunados, ¡de verdad! La fortuna no es algo que te llega, la fortuna ya vive en ti. Pero suele ser necesario limpiar y despejar todo lo que la ensucia y la cubre, y dejarla fluir, salir, ser y estar. No es cuestión de esperarla, es cuestión de buscarla y encontrarla… Mucho más cerca de lo que pensamos.

Finalmente sonreí. Porque lo había conseguido. A veces la autocombustión espontánea mental te sacude en el momento preciso y el viaje astral merece la pena. Me había embarcado en un nuevo camino, el de mi nueva vida. Con más espacio, más oxígeno y más pureza. Con la conciencia de saberme afortunada por todo lo que tengo y lo que soy, y con la tranquilidad de atesorar la fórmula que permite dejar ir lo que suma sin realmente sumar.

Parece que empieza a refrescar, ¿no? ¿Cambiamos el armario?

Pronto más regaliz para dos, amigos.

Flashback

Sonando: Volver a ser un niño (Los Secretos)

Nací un 4 de marzo de 1985. Fijaos que han pasado 33 años de aquello, pero a mí se me ha hecho cortísimo. Obviamente no tengo consciencia de mi época de bebé más allá de fotografías, pero os aseguro que mi memoria a largo plazo es, en ocasiones, espeluznante. No imagináis la cantidad de imágenes, situaciones, momentos, olores, sabores, sonidos… Que me traje de aquellos maravillosos años.

Creo que, a lo largo de la vida de las personas, hay unas etapas más decisivas que otras, más influyentes, que marcan y dejan una huella especial. Que después de que suceden, nada vuelve a ser lo mismo. Es obvio que la infancia constituye una etapa fundamental para todo ser humano: es la base de todo, el lienzo en blanco, el libro recién abierto. Cuán importante es la época infantil para las personas, es algo que los diestros en la materia podrán explicar mejor que yo; no es ese el objeto de estas líneas.

Hoy os cuento que he tenido una revelación.

Mi asombrosa memoria, mi subconsciente más consciente, vive anclada en el pasado. En el mío, quiero decir. Y más concretamente, en mi infancia. Soy esa niña que veis en la imagen del principio, a pesar de mis 33.

He asimilado por fin la historia de Peter Pan. O mejor dicho: he entendido que los cuentos esconden verdadera sabiduría y jamás deben subestimarse. En este caso he comprendido que dentro de nosotros vive, persiste, el niño que fuimos. Me he reencontrado con esa cría de seis años que no es que viva en mí, es que soy yo. Así que desde que soy consciente de ello, estoy aprendiendo a escucharla. Y no es tarea fácil, ¿eh? Que conste. Que vivimos rodeados de demasiado ruido, muchos gritos y pocas palabras. Que nos miramos en el espejo cada mañana pensando en quiénes seremos mañana, no en quiénes somos hoy, y por qué somos así. Y resulta que delante del espejo estamos nosotros pero también el niño que somos. Y los niños, para que se les escuche hablar, necesitan silencio. Y en esas ando. Permitiéndome hablar y tratando de encontrar el entorno más propicio para ello.

Porque a veces las respuestas son más sencillas de lo que creemos. Porque incluso, buscamos respuestas pero hemos dejado de hacernos preguntas o no encontramos preguntas que hacernos.

Procurad el silencio. Dejad que ese niño o niña que sois, os hable. Escuchadle. Empapaos de esa inocencia, imaginación, permitid que vuestra mente vuele lejos. Dejad que os pregunte, preguntadles vosotros a ellos.

Se trata de vivir hoy como lo que hemos sido, somos y seremos: coged la mano del niño, agarradla fuerte, que este viaje es eterno.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

 

33

Sonando: Bohemian Rhapsody (Queen)

A sus 33 años, Virginia Woolf publicó su primera novela, Fin de viaje.

A sus 33 años, Steve Jobs había abandonado Apple, compañía fundada por él mismo, para crear NeXT, cuya computadora se convirtió en el primer servidor de la World Wide Web.

A sus 33 años, Marie Curie fue la primera mujer en ser nombrada catedrática de la Escuela Normal Superior de París.

A sus 33 años, Freddie Mercury escribió Crazy little thing called love, primera canción de Queen en alcanzar el número uno en las listas de Estados Unidos.

A sus 33 años, Gloria Fuertes publicó su libro Pirulí (versos para párvulos) y organizó la primera Biblioteca Pública Infantil itinerante por pequeños pueblos.

A sus 33 años, Frida Kahlo pintó Autorretrato con pelo cortado, reflejo del dolor que atravesaba tras divorciarse de Diego Rivera.

A sus 33 años, Jesús de Nazaret falleció crucificado y previamente torturado, tras ser acusado de blasfemia por declararse Hijo de Dios.

A sus 33 años, Coco Chanel vio publicadas, por primera vez, sus famosas chaquetas y prendas deportivas en la revista Vogue.

A sus 33 años, Federico García Lorca escribió Así que pasen cinco años, concluyéndola exactamente cinco años antes de su fallecimiento por asesinato.

A sus 33 años, Jaroslav Drobný se convirtió en el primer deportista de la historia en ganar un mundial de hockey y después el torneo de tenis de Wimbledon.

 

A mis 33 años, no hay algo que me atormente ni que me quite el sueño.

A mis 33 años, me he atrevido a ser valiente y enfrentarme a algunos miedos.

A mis 33 años, he reído hasta la extenuación y llorado hasta quedarme vacía por dentro.

A mis 33 años, he descubierto que tener muchas cosas no es sinónimo de ser más feliz.

A mis 33 años, he conocido mucha gente pero solo a unos pocos puedo llamarles amigos.

A mis 33 años, tengo tantas inquietudes o más que alguien más joven que yo.

A mis 33 años, soy hija, hermana mayor, prima, sobrina, amiga, Amiga, compañera, conocida y desconocida.

A mis 33 años, no he probado el brócoli, la alcachofa o la coliflor.

A mis 33 años, solo he acudido a los hospitales para atenciones sin gravedad, para visitar o para acompañar.

A mis 33 años, he visto publicados mis textos en papel de revista.

A mis 33 años, he viajado y he vivido en un país que no es el mío, y he comprendido lo maravilloso que resulta conocer otras culturas pero también he sabido valorar mi origen y mis raíces.

A mis 33 años, he visto morir una persona delante de mis ojos, a mi abuelo.

A mis 33 años, estoy en la recta final de la carrera universitaria que siempre quise estudiar pero no estudié en primera instancia.

A mis 33 años, sé que la edad es solamente un número.

A mis 33 años, he conseguido vivir en mi propia casa, que es reflejo de mi mundo.

A mis 33 años, cada vez leo más libros y veo menos televisión.

A mis 33 años, sé que escribir es vehículo con el que se expresa mi alma.

A mis 33 años, siento que la canción que armoniza mi vida es Bohemian Rhapsody, con su comienzo suave y su progresión apoteósica in crescendo.

A mis 33 años, soy consciente de que un 4 de marzo de 1985 inicié un camino de baldosas amarillas y que continúa infinito hacia lo lejos, y que no dejaré de caminar porque quiero saber adónde llego.

Pronto más regaliz para dos, amigos.

To me, I’m perfect

Sonando: Lovefool (The Cardigans)

No sé si es obligatorio que llegue febrero para celebrar un día el amor, de hecho ya me rechina que “un día” haya que celebrar el amor en honor a un santo; en cualquier caso, no vengo yo a hablar de sanvalentinadas sino del amor en sí, que, se supone, es la verdadera esencia de tal parafernalia instaurada a su alrededor.

Conozco gente con la necesidad imperiosa de permanecer siempre en una relación sentimental con otra persona, es decir, de tener una pareja. Visto desde fuera y con los ojos de esta que suscribe, he de confesar que nunca lo he llegado a comprender del todo. Y aquí abro un paréntesis para aclarar que yo por supuesto no soy, ni pretendo ser, ejemplo para nadie más que para mí misma, solo hablo desde mi perspectiva y, como en todo, habrá quien comparta opinión conmigo y habrá quien tenga preparada una cabeza de ajos para ahuyentarme como a los vampiros… Pero, ¡tranquilidad! Si algo hay que tener claro en esta vida, es que no se puede gustar a todo el mundo. No pasa nada.

Decía, por tanto, que nunca he logrado entender a las personas que viven en el ansia constante de una relación sentimental, acudiendo a ella como remanso de oxígeno en medio de un ahogo que, por lo visto, les produce despertarse solos o afrontar los devenires de la vida contando únicamente con la propia ayuda. Y, quede claro también, que esto no es un alegato en pro de la soltería, simplemente creo que es cuestión de amor propio. Y es que nos anticipamos a pensar que estamos preparados para compartir una vida (y todo lo que ello conlleva) con otra persona, cuando posiblemente no estamos a la altura de hacerlo siquiera con nosotros mismos: las personas más importantes de nuestras vidas.

Sí, esto ya lo he dicho en contadas ocasiones, eres la persona más importante de tu vida. Este viaje lo hacemos solos, amigos, a ver si lo asimilamos de una vez. Que por supuesto somos seres sociales y sociables (unos más que otros, je je je), que nuestra realización como personas también está sujeta a la interacción con nuestros semejantes y a los distintos tipos de relación que nos unen a ellos, pero que esto es una dinámica del uno a uno. De ti para ti, de tú mismo para contigo. Y es necesario un tronco fuerte, robusto y resistente, sano y saludable, valiente, enérgico, para asegurar la mejor de las ramificaciones.

Se trata de recordar que primero somos nosotros, y no, esto no es egoísmo ni egocentrismo. Se trata de ubicarnos, de conocernos, de meditar nuestro papel individual dentro de este mundo, con nuestras virtudes y defectos, nuestras capacidades, expectativas y deseos. Se trata de mirarnos en el espejo y ser capaces de decir, al más puro estilo Love Actually, que, efectivamente, To me, I’m perfect. Tener, para contigo, la conciencia tranquila. Esforzarnos cada día un poquito más en apreciarnos, valorarnos y respetarnos. Y sobre todo, aprender a perdonarnos. Somos perfectos para nosotros mismos, pero no somos seres universalmente perfectos, cometemos errores. Y al primero a quien decepcionas es a ti, así que comienza por perdonarte a ti. Del mismo modo, quiérete en primer lugar, sé tu prioridad, porque entonces y solo entonces, estarás preparado para compartir tu amor con alguien más y formar parte de un camino de vida constructivo para ambos.

Pronto más regaliz para dos, amigos.